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miércoles, 2 de abril de 2014

"Yo vivo, actúo, respiro y escribo por sed" – Entrevista a Patricia Guzmán por Raquel Abend van Dalen


En tu poesía se deja sentir un tono emparentado con la poesía mística occidental, ¿cómo lo vives  en el momento de la escritura?, ¿ese influjo es evidente para ti?

No ha sido evidente, ha sido un ahogo, un llamado, un impulso…maravilloso, y sobre todo enigmático. Quizá todo deriva de cómo acontece mi diario transcurrir, transcurrir en el que he adquirido hábitos, rituales que necesito oficiar, y de los que tomo conciencia solo en el instante cuando los expreso, sin proponérmelo, sobre la página que tengo delante de mí. Recuerdo que Juan Liscano fue el primero en advertir(me) que yo no componía poemas, que parecía que me los iba arrancando, que los arrancaba de mi jardín. Para atestiguarlo está el “Pájaro de corazón arrancado”, y el hecho de que “En mi casa todo pájaro amanece curado”.

En mi primer libro (De mí, lo oscuro) dije “Estoy hecha de sed”, una sed abrasadora y asfixiante que apenas me permitía balbucear silencios hasta que sentí palpitar en mi pecho el latido de lo improbable y del corazón de un pájaro. Ese pájaro que incesantemente aleteaba en torno a mí, irrumpió en Canto de oficio y desplegó sus alas transparentándose en ángel, figura que “me exigiría otra respiración –como asentase en un texto que escribiese a manera de Testimonio, publicado en Trilogía, y que creo necesario referir aquí-, una nueva modulación que se tradujo en experiencia espiritual misteriosa, extrema y extenuante: el canto, la invocación, el conjuro, las salmodias...”

A no dudar, la figura del pájaro, luego vuelto ángel, se la debo a San Juan de la Cruz, a su Cántico Espiritual que mientras leía reflejaba en mis pupilas “La herida del ángel”, herida que, repito aquí, tuve que portar como marca de la travesía al borde filoso y punzante de la enfermedad del amado, transfigurado en El Esposo. Mi sed original fue saciada con fervor cuando se me apareció el Esposo, y en medio del vivir viviendo, se volvió mi esposo y se abrió el cielo y asomó la enfermedad del amado, y me entregué a sanarle, y enterré en el jardín el ala de amar, porque preguntándome si lo que sentía eran “…¿delirios, delicias de Santo?”, asentí “En mi casa todo pájaro amanece curado”. 

Ciertamente, como refieres en la pregunta, en mi poesía -estimo desde El poema del esposo-, “se deja sentir un tono emparentado con la poesía mística occidental” que tal y como he tratado de expresar, vivo de una manera diríase espiritual que me abruma, me asombra y al unísono, me complace.

¿Qué autores reconoces como influencia?

Como se hace evidente en lo que dijese previamente, los autores que me imantan son  aquellos que me han inspirado y dispensado imágenes y ritmos con los que mi alma dialoga en armonía, como el santo y poeta, San Juan de la Cruz, y la santa de Ávila, por sus Moradas, Santa Teresa de Jesús, precedidos por los poetas Sufí persas del siglo XIV: Hafiz, Shabistari y Rumi. No ha sido menos importante para mí la emoción que he sentido ante los textos que hallamos en libros sagrados como la Biblia y  la Torá, y ante aquellos en los que se recogen otros misterios como los que visitaron William Blake y Emmanuel Swedenborg que, junto a la órbita de libros que trazan el poético filosofar de María Zambrano, los poemas y cartas de Rainer Maria Rilke, así como las de Paul Celan, y la poesía y el pensamiento de Friedrich Hölderlin, a más de los versos de Novalis, de Emily Dickinson y de Sylvia Plath, conforman parte del entramado original de las voces que me han inspirado y de las que doy fe.

Pero, quienes sí intuyo que me han influenciado y que sin leerlos no hubiese podido escribir los poemas que conforman mis libros son César Vallejo,  Armando Rojas Guardia, Ana Enriqueta Terán, Eugenio Montejo y de una manera diría enigmática, Hanni Ossott, pues apenas leí su primer libro tanto ella como sus poemas desencadenaron en mí una especie de mimetismo psíquico que me condujo a escribir versos con “sus” palabras. Su Ángel fue mi Ángel. Y cuando me llegó la enfermedad y tuve que entrar a un quirófano, antes, recuerdo que presa del miedo me persigné y dije: “porque se cierre la herida del ángel”. Acababa yo de escribir mi segundo libro, Canto de oficio, cuya dedicatoria reza así: “A Hanni Ossott por haberme mostrado la herida del ángel”.

¿Has sentido la necesidad de escribir otros géneros literarios aparte de la poesía y el ensayo?, ¿qué te proporcionan la poesía y el ensayo a la hora de escribirlos?, ¿te da algo distinto cada género?, ¿de qué manera?

Me complace mucho que te refieras a “sentir la necesidad”, porque para mí es imposible intentar un poema, acometer la escritura de un poema como proyecto, desde la cabeza. Yo vivo, actúo, respiro y escribo por sed, por deseo, por apetito, por necesidad de aire, de belleza, de cantos, de ofrendas, de ceremonias, de rituales...evitando caer en lo demasiado biográfico, cuidando las palabras, los silencios, los ruidos… 

Comencé a adentrarme en la poesía lenta y progresivamente, mientras frecuentaba los límites del cuerpo, del padecimiento físico y del goce que depara la efímera belleza.  Fui caligrafiando páginas signadas por el pálpito de lo vivo amenazado. Restaba palabras para anotar imágenes de lo inmenso que agobia, en agónica búsqueda, ayuna de espacio donde habitar con mis heridas y junto al pájaro y la flor extinta.

De ese ahogo nació De mí, lo oscuro. Y con el pecho un poco menos apretado decidí cantar e invoqué “Las razones del pájaro” que al levantar vuelo se hizo Ángel y me condujo a convocar a mis hermanas y a mi Esposo, y portar “La herida del ángel”, integrando así ese libro que registra un cambio en mi respiración, una más lenta y larga, reposada, esa que se escucha en Canto de oficio
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Luego, para acometer el vivir sólo se me daba el poema largo, con cadencia de salmodias, de oración. Entonces escribí El poema del esposo que, aunque todavía me resulta entrañable, por momentos he llegado a pensar que me fue dictado… Casi de seguido la vida, a la luz de cirios y ecos de bisturí, me llevó a escribir La Boda, y luego otros poemas de menor extensión que nombré “La rosa acallada” y que cierran la antología que reúne todos los libros que publicase desde 1987 y hasta el 2003, titulada Con el ala alta

En cada uno de los textos que escribiese en esos años puedo apreciar la estructura secuencial, una inclinación hacia lo ritual, y una pulsación religiosa que impregnó igualmente el poemario La casa de los afligidos y que bien puede identificarse en la edición antológica Soledad intacta que editase Bid&co, en 2009. La poesía me proporciona el aliento necesario para cimentar mi corazón y mi alma, para no sentirme escindida. La poesía me vivifica.  Al releer en voz alta algunos de mis versos me turbo por lo que escribiese sin tener conciencia de lo que había cifrado. Me ha deparado extrañas y benditamente perturbadoras experiencias. 

La escritura del ensayo la fui cultivando al unísono con la de la poesía, entendiendo  el ensayo como escritura que intenta develar lo que palpita en otro texto -no explicarlo-,  si no envolverlo con un manto para que emerjan las ideas que otro expuso. Cuando escribo ensayos sobre poesía o sobre poetas siento como si escribiese poesía. Intento aprehender lo allí volcado sin forcejeos, de la manera más amable posible. Intento despertar el poema, la idea del otro. Mi guía para la práctica escritural del ensayo ha sido María Zambrano, su noción de razón poética, propuesta filosófica que la autora fundamenta en la idea de que las palabras dan cuenta de la interioridad, se hacen eco de lo que se siente y se significa gracias a la ayuda iluminadora de la razón que logra insertarlo en un sentido. Y es la poesía, insiste constantemente Zambrano, como repuesta al lenguaje de lo sagrado, la que puede dar cuenta de la desvalidez y del amor, de la plenitud y la carencia que han cimentado la posibilidad de la vida humana. También reconoce a la palabra poética como fiel a las contingencias humanas en tanto que no requiere decir por qué existe, ni qué es lo que pretende.

Al llegar hasta aquí con mis respuestas, para seguir siendo clara y sincera, siento que debo dejar que sea la misma María Zambrano quien dé cuenta de la razón poética, en su incomparable y envolvente manera de expresarse. Según asienta en Notas de un método: “De la razón poética es muy difícil, casi imposible, hablar. Es como si hiciera morir y nacer a un tiempo; ser y no ser, silencio y palabra, sin caer en el martirio ni el delirio que se apodera del insomnio del que no puede dormirse, solamente porque anda a solas. ¿Lo llamaríamos desamparo? Tal vez. Terror de perderse en la luz más aún que en la oscuridad, necesidad de respiración acompasada, necesidad de la convivencia, de no estar sola en un mundo sin vida; y de sentirla, no sólo con el pensamiento, sino con la respiración, con el cuerpo, aunque sea el minúsculo cuerpo de un animal, que respira: el sentir la vida, donde está y donde no está todavía. En este “logos sumergido”, en eso que clama por ser dentro de la razón." Esa “necesidad de respiración acompasada (…) y de sentirla, no sólo con el pensamiento, sino con la respiración (…) el sentir la vida, donde está y donde no está todavía” me las proporciona la escritura del ensayo.


¿Cómo se relacionan el tema de la enfermedad y la poesía?

El tema de la enfermedad y de la poesía se relacionan profundamente, tal y como me lo hiciera interiorizar Hanni Ossott al recorrer sus Ensayos sobre el habla poética. Por sus labios fui avisada que el poeta “retoma desde la enfermedad la vida, es decir, la escritura del poema que lo redime del hundimiento”.

Esa idea de Ossott, en mi caso encarnó en una experiencia dura que hizo temblar y helar mi corazón, y que me la supo identificar Armando Rojas Guardia al decir, en ocasión de la presentación de mi libro Con el ala alta, que deseaba destacar un aspecto por el que sentía particular afinidad: “la transfiguración de la enfermedad”.

Para transmitir esa experiencia tan radical en mi vida que permease todo cuanto escribo, necesito referir el resto de lo que entonces le escuchase a Rojas Guardia:  “Digo bien: trans-figurar, es decir, otorgarle a la dolencia un sentido que, transcendiéndola, haga que ella cobre otra figura psíquica y espiritual. A la amarga experiencia de la enfermedad pudo extraerle Patricia –y nosotros a través de ella- el oro verbal de su poema “La Boda”. Es como si con ese texto ella hubiera hecho algo mejor que demostrarnos, es decir, mostrarnos de manera palpable y contundente que no hay objeto, hora ni lugar, por duros o crueles que puedan en primera instancia parecer, que no sean capaces de ser visitados y nimbados por el aliento primordial y genésico de la voz poética, del poder transfigurador de la poesía”.
  
Y si no fuese así, cómo pude entrever estos versos que vertiese en El poema del esposo:Si amas, tendrás que ir al hospital / En el hospital cuidan de lo amado / En el hospital cuidan del esposo// (Siempre hay un pájaro y una rama y un beso a la salida del hospital) // La enfermedad tiene una sola ala / (Voy a enterrar en el jardín el ala de amar) //   En mi casa todo pájaro amanece curado”.

O estos otros en La Boda? :  Yo tenía un Esposo / Pero no me había casado / Las bodas sólo se celebran / Cuando llega la muerte // A mí la enfermedad me obsequió una alianzas

¿Qué lugar ocupa la experiencia vital en la escritura poética?

Luego de intentar, tantear, y aproximarme a la escritura poética por más de veinte años, y a la luz de siete libros publicados, no podría negar que las experiencias que he vivido configuran el sustrato sobre el que ésta se apoya. Mas, se me impone aclarar, que no ha sido un “calco” ni una reproducción literal de acontecimientos y/o episodios de mi diario devenir, porque siempre me he afanado en honrar el oficio, y en especial, en no profanar la página en blanco trazando frases malsonantes o imágenes que no remitiesen más allá de su connotación convencional o inicial sino que fuesen iniciáticas tanto para mí como para los otros.

Al rastrear mis repuestas a esta especie de intenso conversatorio que me has planteado, vienen a mi auxilio para continuar explicando el vínculo entre mi experiencia vital y mi escritura poética expresiones como “todo deriva de mi diario transcurrir”,  para acometer el vivir sólo se me daba el poema largo, con cadencia de oración”,  la vida, a la luz de cirios y ecos de bisturí, me llevó a escribir La Boda”, “la poesía me vivifica”.

Necesito añadir: gracias a la poesía pude atravesar la dura y lacerante experiencia de una enfermedad mortal como la que padeciese. Quizá por ello me siento tan agradecida por haberme sido concedida la posibilidad de escribir poesía y por ello también la poesía se me dé como oración, como plegaria, como canto celebratorio. Y me exija además gran modestia: prefiero decir que escribo poesía a calificarme yo misma como Poeta –aunque no ignoro el reconocimiento que se le ha otorgado a mis libros, y el que se me distinga como una voz diferente…-.

Reyna Rivas me abrumaba al sostener que mi quehacer poético y mi quehacer vital estaban consubstanciados. Y aseveraría en el prólogo de Soledad intacta que: “En todo su quehacer poético está presente su autenticidad, su entrega total esencial y existencial”.

Tu poética está recorrida por la imagen del pájaro, ¿de qué forma hace eco en ti esta imagen?

La imagen del pájaro que, ciertamente recorre mi poética, tiene consabidas alusiones literarias y hasta ontológicas. Los místicos la enaltecieron, baste recordar que a la figura del pájaro solitario San Juan le otorgó virtudes que enumerara entre sus “Avisos y Sentencias Espirituales”. En Keats, hallamos el ruiseñor, el ave que las sintetiza a todas. En las “Elegías de Duino”  de Rilke  el pájaro ha transmutado en ángel y no cesa de desplegar sus alas.  Y en la poesía venezolana le debemos a Eugenio Montejo haber identificado la terredad del pájaro.

Mi libro Canto de oficio es en el que sobrevuelan más pájaros, hasta que aparece el ángel. Ambos, pájaro y ángel, pueblan todos mis poemarios. Gravitan sobre mis horas.

Pero el eco de esa imagen, proviene de mi infancia, ese reino que muchos filósofos han enunciado como el mundo perdido; el lugar que la imaginación puede recrear con la ayuda de la memoria o gracias a las ensoñaciones. Yo crecí rodeada de pájaros. Mi abuelo materno tenía el bello hábito de adquirir jaulas para pájaros “nacidos en cautiverio”, jaulas que ocupaban el segundo patio de su casa y la de mi inolvidable abuela, que fue la casa –un gran reino- de mi infancia. Los pájaros eran atendidos por un ser muy delicado y especial –familia, más que consanguínea, de corazón-, todas las mañanas. Verla cambiarles el papel  del piso, además del agua, y servirles el alpiste, así como escoger las hojas de lechuga o las frutas para cada especie, me hacía sentir como si presenciara un espectáculo, me quedaba hechizada…y me hacen recordar que intenté recrear en un breve poema el humedecer un trozo de pan en agua o leche y con la mano llevárselos hasta el pico…En uno de mis primeros poemas dicha imagen se tradujo así: “Recojo pájaros / con la boca //… Les cubro los ojos / con pan mojado / Les abro la boca / para que recen // Por mí”.

Requerí de su presencia, de su compañía, mientras me afanaba en curar a mi amado en El poema del esposo. Le inquirí : “¡Detente, pájaro! / (Al pájaro se le grita si tienes esposo) / ¿Por qué no me dijiste antes que era reducido el espacio del corazón? / ¿Por qué no me dijiste antes que la luz del infierno puede ser buena para los ojos? / ¿Por qué no me dijiste antes que no era pecado estar cansada?”

Necesitada de consuelo, le pedí a mi amado: “Esposo / Pon un pájaro dentro de mi taza // Esposo / Pídele al pájaro que me bese // Esposo / Pídele al pájaro que ponga más oscura mi casa // Esposo / Ampárame de tanto pájaro mío”.

El eco del canto del pájaro, su silabear, su silencio, sus alas me atraviesan desde mi infancia y aún su presencia en mí no se acalla.

No refiriéndome específicamente a los pájaros, te pregunto, ¿qué lugar ocupa la naturaleza en tu escritura poética?

La naturaleza, todo lo que en ella acontece, me produce placer y me plantea interrogantes sobre el origen de tanta belleza y la conjunción armoniosa de tan diversas especies vivas, a más de enigmáticos fenómenos naturales de orden astronómico, meteorológico o geofísico. Pero el paisaje, el lugar circunscrito a una extensión física y determinada y con la presencia de elementos naturales que podemos divisar sobre la línea del horizonte logra imponérseme a tal extremo que lo interiorizo. Pero no dejo huellas de paisajes ni de naturaleza en mi escritura poética.
Diría  que más que ocupar un lugar en mi escritura poética, la naturaleza, en su dimensión de paisaje, me ocupa; es una experiencia de orden emocional que me ayuda a crear un ámbito de gestación de la idea que se tornará verso. A algún boscaje, al vuelo de algún pájaro, a los acantilados y cumbres que he divisado, a las iluminadas rosas o a la aurora, o la oscuridad más oscura del firmamento, así como a los cirios encendidos, a la penumbra de un recodo de alguna capilla, al fuego que emana del Sagrado Corazón de María, les he de agradecer por haberme asistido para alcanzar la escritura de poesía que lleva mi nombre.

 ¿En qué proyecto literario estás trabajando ahora?

El texto que en los últimos meses ha reclamado toda mi energía física y emocional deriva de una imagen que saliera a mi encuentro entre las Odas de Hölderlin y que me condujo hasta la figura de Él , a quien el poeta identifica y señala: “Tú que no desdeñas la casa de los afligidos”. En esa casa me adentré, con el corazón jalonado por el sentimiento de la aflicción. Y con el corazón afligido anduve, deambulé largos meses –quizá durante todo el año 2007- hasta hallar consuelo en la tórtola que entreví en el hermosísimo tratado místico “Moradas de los Corazones” de Abu-L-Hassan-al-Nuri de Bagdad y bajo el árbol del almendro, árbol de las nupcias, el árbol que anuncia la luz cuando nadie la espera, cuya fragancia percibí entre las páginas del Éxodo, de la que nos da cuenta la Biblia.

Sentí que esas dos fuentes –de orígenes tan contrastantes como la que proviene de un motivo sagrado del Islam expresado en la simbología musulmana sufí, y la que proviene del conjunto de libros canónicos del judaísmo y el cristianismo que según las religiones judía y cristiana, transmite la palabra de Dios-  podía entrelazarlas con asombrosa fluidez, en especial gracias a la tórtola que me parecía entonaba su queja ante los versos de poetas que habían ido sembrándose en mí, como ese en el que asoma la última rosa de Ajmátova, los de las rosas de Rilke, aquel de la rosa enferma de Blake y los de las rosas salvajes de Di Giorgio. También se me hizo imperativo atender el llamamiento que impregna un poema de Hermann Hess y varios en los que aflora la desolación de Paul Celan.

Y así ha ido naciendo, así ha ido prefigurándose ante mí, y sobre las páginas en blanco El almendro florido. Y aunque ya el texto se sostiene como poesía lograda, no ha terminado de nacer ni de prefigurarse. Sigo entregada a cultivar ese árbol maravilloso y sagrado. Permanezco esperanzada por ver El almendro florido completamente erguido.

Patricia Guzmán (Caracas / 1960) es autora de siete libros de poesía: De mí, lo oscuro (Pen Club / 1987), Canto de oficio (Pequeña Venecia / 1997), El Poema del Esposo (Pen Press /1999 y 2000), La Boda (Casa Nacional de las Letras / 2001), Con el Ala Alta Obra poética reunida 1987-2003 (El otro & el mismo / 2004), Soledad intacta (Antología y addenda crítica / Bid&co.editor / 2009), y Trilogía (hilos editora/ Buenos Aires/ 2010), títulos que han merecido la atención de la crítica internacional que distingue su voz como infatigable e impregnada de resonancias de la literatura mística de Occidente.
Obtuvo el Doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de La Sorbona (Paris III) y en su trayectoria profesional destaca la dirección de secciones especializadas en arte (El Nacional) y de los suplementos literarios de otros de los más importantes periódicos venezolanos: “Bajo Palabra” (El Diario de Caracas) y “Verbigracia” (El Universal). Con rango de Profesor Agregado investiga y dicta clases en la Escuela de Comunicación Social de la UCAB, de la que fue Directora. En calidad de Profesor Asociado invitado, en el primer semestre del 2007, impartió dos cursos en el Departamento de Estudios Hispánicos de Brown University (Providence, Rhode Island).

domingo, 2 de febrero de 2014

"Escribir es siempre una manera de resistencia contra el paso del tiempo" – Entrevista a Camila Charry Noriega por Raquel Abend van Dalen


¿Cómo fue tu primer encuentro con la literatura?

Viví muchos años, desde que era muy chiquita, en un lugar cerca a Bogotá, se llama La Calera. Mi casa quedaba entre un bosque de pinos y un bosque nativo, un hermoso paisaje de verdad. Era difícil en ese momento que hubiera luz, así que en las noches no había mucho qué hacer, entonces mis papás, como a muchos niños de entonces, cosa que no se ve mucho hoy en día, me leían cuentos. Una rutina al parecer muy simple, pero ese tipo de cosas determinan cómo se va a mirar el mundo después. Con el tiempo fui encontrando libros que me gustaban, no eran especialmente de cuentos, me gustaba leer poesía en voz alta y solía hacerlo cuando estaba sola. Leí los libros de poesía que encontré en mi casa aunque no eran muchos, por lo que los repetía y memoricé muchos poemas, la mayoría de autores españoles o franceses. Cuando tuve oportunidad de ir a la biblioteca del colegio o a comprar algún libro, pues aproveché y supe entonces que de verdad me gustaba la poesía…las palabras que se alzaban sobre su rigor cotidiano, la música que aparecía, pero confieso que no entendía mucho lo que decían, aún hoy, cuando leo algo que me gusta, sé que aparece primero el ritmo, ese encantamiento extraño, y después lo que dice o asumo que dice, lo que quiero que diga, lo que creo hallar. Escribir fue más complicado, escribía en secreto, pequeñas cartas, frases sueltas que guardaba y después en los cuadernos del colegio, palabras que llegaban con la desilusión, no sé, porque alguien que quería no me quería, porque mi amiga se había muerto, porque tuve que dejar a mis perros cuando mi papás se separaron y vine a vivir a Bogotá, cosas así, muy contestarías porque frente a esas cosas poco podía hacer. En ese momento no pensaba mucho en lo que escribía, escribía lo que vivía, como llegaba, solo emoción y sin pensar mucho. 

¿Cómo fue el proceso de escritura de tu poemario Detrás de la bruma? ¿Fue distinto a tu segundo libro El día de hoy?
El proceso de escritura de ese libro fue largo, la mayoría de los poemas que hay en él los escribí, no sé, como a los 16 años, claramente su estructura fue cambiando y lo leí y corregí muchas veces, hasta que me aburrí de leerlo y quise librarme de él. Cuando lo leo ahora reconozco que hay una distancia muy grande entre lo que buscaba en ese momento y lo que busco ahora. No quiere decir que no lo quiera o que no me reconozca en él, claro que lo hago, pero también pertenece a otro momento y responde a otra forma de buscar y de mencionar la vida y su transcurrir de entonces.
Con El día de hoy fue distinto. Los poemas pertenecen a varios años, algo más recientes y creo que se nota, es una reunión más organizada, pienso, de poemas más elaborados y en los que pretendí cierta continuidad a pesar de la distancia que hay entre unos y otros. Me refiero a que obedecen a la búsqueda de una identidad, de un ritmo y una voluntad que quise encontrar en él y que sigo buscando. En ellos hay más reflexión, por llamar de alguna forma ese espacio o esa distancia que uno trata de tomar entre lo que escribe y uno; también hay más consciencia sobre las palabras, sobre lo que cada una intenta decir y sobre aquello que de verdad resulta importante; lo que cabe mencionar, lo que merece ser callado. Esa “consciencia” hace que uno vuelva constantemente sobre lo mismo aunque se nombre diferente.
Sin embargo, escribir es siempre una manera de resistencia contra el paso del tiempo, contra todo lo que existe y duele, contra el tedio y el desencanto. También es un acto solitario de búsqueda y de reencuentro con lo que uno es. Por eso mismo uno trata de dar valor nuevamente a lo que se piensa y siente, a las palabras tan agotadas y tan poco valoradas a veces; un estrellarse con todo lo que nos atraviesa e intentar liberarlo mientras se domestica, o eso cree uno. Por eso nunca es un camino tranquilo. Con esto no quiero decir que siempre sea lo triste, lo trágico, lo insalvable lo que mueva ese pulso interno de la poesía, pues eso sería agotador y no revelaría casi nada. La vida es también la felicidad, lo cotidiano que nos hace día a día y en ello es donde las palabras encuentran asidero y voluntad.
Así que en los dos libros, teniendo en cuenta la distancia que hay entre uno y otro, también está todo lo que menciono, diferente, pero está.


¿Qué cambia en ti cuando tus obras inéditas se vuelven libros publicados?
Cambia que ya no son solo míos, de alguna manera sigo en ellos, pero cuando uno se encuentra, con mucha sorpresa y con gran felicidad, con alguien que menciona algo que uno ha escrito y expresa su cariño, parece que uno no lo hubiera escrito, que hubiera aparecido de repente frente a uno; eso es algo que de verdad sorprende y que agradezco profundamente. Cambia también que, a pesar de creer haber trabajado lo suficiente, de haber sido dura y crítica, cuando lo leo ya publicado, siento un poco de vergüenza y siempre creo que no fue suficiente lo que hice o que hubiera podido cambiar alguna palabra, cortar un verso, ser más juiciosa.

Tus poemarios han tenido muy buena recepción. ¿Esto te anima a probar otros géneros literarios o más bien te disuade?
Primero que todo, es una alegría inmensa que digas eso, creo que el que hayan sido bien recibidos es una fortuna, de verdad no lo esperé. Por otro lado, me gusta el ensayo e intento ser más disciplinada al respecto, intento escribir todos los días un poco, pero soy mucho más dura a la hora de corregirme que con la poesía, debe ser porque con la poesía me siento más cómoda y me muevo con más facilidad; con la poesía no me siento como haciendo una tarea, con el ensayo sí. Aunque la tarea la ponga yo, pienso que aunque los dos géneros sean cercanos o se pueda lograr acercarlos, el tiempo al que obedecen es distinto y su proceso también. Pero me gusta y seguiré trabajando en eso.

Además de poeta te desempeñas como profesora de Arte y Literatura. ¿Encuentras relación entre la acción de dar clases y recitar poesía ante una audiencia?
Dar una clase es más sencillo, aunque también se deja en evidencia quién es uno, se hace desde otra perspectiva; uno está frente a sus estudiantes actuando, porque creo que en este tipo de labores siempre hay algo teatral. Uno busca que, después de la presentación o en medio de ella, los ojos sigan atentos, aparezcan las preguntas, la desaprobación, no sé, haya risas y en este discurso, el de la clase, se tiene la oportunidad de rectificar, de devolverse, de corregir, de preguntarles, de quedarse en silencio y pensar. 
Recitar poesía es una exposición total, tiemblan las manos, la voz falla, es difícil pensar en que si hay una equivocación haya posibilidad de devolverse, de rectificar y que todo siga fluyendo. No existe la distancia que sí hay con el discurso de la clase, pues allí uno es el mediador. Con la poesía, de alguna manera uno es el objeto, el mediador y el resultado y pararse frente a un auditorio, a pesar de lo emocionante que es, también es, terrible decirlo, un examen: se hace bien o se hace mal, se encuentra el tono, la fuerza y el ritmo o no hay diálogo con la audiencia. En la poesía uno es eso que está leyendo y nada más y pensar en que se tiene que leer o recitar desde la emoción y con el cuidado que implica pensar también en qué se está diciendo, es muy difícil, para mí por lo menos lo es. 
También es cierto que no hay muchos espacios en los que se pueda leer o recitar con menos formalidad, sin que todo entre en un tiempo espeso y un poco fúnebre, por llamar de alguna manera ese estado en el que todo entra por un momento. Siento que los auditorios y los espacios para la poesía (no siempre, claro) son un poco fríos y todo el mundo, los que recitan y los que asisten de repente se ponen muy serios. Esas cosas me ponen muy nerviosa, aunque es probable que sea una equivocada percepción que tengo.

¿Quiénes son los autores que te suelen acompañar en tu cotidianidad?
Pues hay muchos, pero tengo favoritos de siempre, siempre  y otros que llegan en momentos particulares. De los favoritos puedo mencionar en poesía a Jorge Gaitán Durán, quizá, mi poeta colombiano preferido, están también Aurelio Arturo, José Manuel Arango, Raúl Gómez Jattin, Jorge Carrera Andrade, Jorge Enrique Adoum, Idea Vilariño, Blanca Varela, René Char, Paul Celán, Baudelaire, Lasse Söderberg, a quien encontré hace poco, Hugo Mujica, Li Po, Borges, Cesare Pavese, César Vallejo, Czeslaw Milosz, Giorgos Seferis, Konstantino Kavafis, Rabindranath Tagore, Roberto Juarroz, Vicente Huidobro, otros serían, Nicolás Gómez Dávila, Octavio Paz, María Zambrano, Chesterton, entre otros.

¿Recuerdas algún libro en particular que haya cambiado drásticamente tu forma de concebir la literatura?
Pues no, no recuerdo ahora uno en particular.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?
En este momento me encuentro corrigiendo y revisando un libro de poesía que se llama “Otros ojos” y que espero esté listo para febrero de este año. Es un libro sobre la naturaleza, sobre los animales a quienes quiero y respeto profundamente. Este libro será amablemente publicado por la editorial El ángel editor, en Ecuador y lo estoy esperando con mucha emoción pues los poemas que hay allí hacen parte totalmente, de la claridad que es el mundo animal, ese mundo que late y vive tan a la sombra de los hombres hoy en día y que resulta tantas veces más bueno y real que aquel en el que creemos hemos construido lo mejor, así, con esa amarga distancia de aquello que con toda certeza debería ser parte esencial de la vida de todos.
Las clases para mis estudiantes también ocupan siempre mi tiempo y de alguna manera todos los días son un pequeño proyecto, allí me entretengo y leo lo que me gusta, estudio y repaso para poder mostrarle algo nuevo siempre.


Camila Charry Noriega nació en  Bogotá, Colombia. Es Profesional en Estudios Literarios y trabaja como profesora de Literatura. Tiene publicados los libros de poesía: Detrás de la bruma del 2012, editado por la Fundación Común Presencia, Colección Los conjurados,  El día de hoy del 2013 de Garcín Editores y Otros ojos de El ángel editor del 2014.  Sus poemas y reseñas han aparecido en diversas revistas y magazines del país y el exterior, siendo algunos de sus poemas traducidos al inglés y al francés. Ha dirigido talleres de poesía y cuento para jóvenes y ha organizado encuentros intercolegiados de literatura y poesía en Bogotá. Hace parte diversas  antologías de poesía y ha participado en Festivales y recitales de poesía en su país y fuera del mismo. 

viernes, 31 de enero de 2014

"Barco de papel que intenta navegar una geografía ignorada" – Entrevista a Fernanda Trías por Raquel Abend van Dalen


Tienes dos novelas publicadas y has sido incluida en varias antologías narrativas con cuentos y crónicas. ¿Qué ves en cada uno de estos géneros que te haga escogerlos a la hora de contar una historia?

El género no es algo que yo elija de manera consciente, sino que es el material, la historia, los que exigen su forma. Cuando una historia aparece (lo que en mi caso suele ser a partir de una imagen o de un sonido, una línea de diálogo) ya trae consigo su estructura, aunque yo no pueda identificarla en ese momento. A medida que voy deshilvanando la historia, descubriendo hacia dónde me lleva esa imagen inicial, también voy descubriendo la forma que pide. Al fin de cuentas se trata de aprender a escuchar lo que el texto necesita, sin tratar de imponerle mi voluntad. No siempre lo logro, por supuesto, y así van quedando textos inconclusos, escenas sueltas, fragmentos. El género con el que me siento más cómoda es la novela corta porque mantiene parte de esa intensidad del cuento, su unidad de efecto, pero permite más divagaciones y detalles caprichosos, permite habitar la atmósfera, que muchas veces es lo que más me interesa, si no lo único.

¿Qué tanto de ficción permites que se filtre a la hora de escribir una crónica?

Mucho. Realmente nunca me he propuesto escribir una crónica, ni siquiera en las columnas sobre crónicas de viajes que escribía para una revista uruguaya. Siempre estoy escribiendo ficción. Soy fiel al alma de los hechos, como dijo Onetti: “Se dice que hay varias maneras de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos”. Personalmente no creo en los hechos o en la realidad. La verdad —concepto casi místico— para transmitirse necesita de todo un aparato que la sostenga, como un gigantesco arnés construido sobre hechos, a veces incluso absurdos o inverosímiles. Hay más verdad en una novela de Aira que en un artículo periodístico.

En el 2004 obtuviste la beca Unesco-Aschberg, hecho que te llevó a Francia, donde terminaste viviendo cinco años. ¿Qué proyectos desarrollaste durante ese tiempo? ¿Influyó especialmente la geografía donde te encontrabas?

Estuve sobre todo experimentando, buscando o afinando una mirada, que es al fin y al cabo lo único que tiene un escritor. Escribí una novela que no me satisfizo, hice cortometrajes, escribí crónicas (a veces apócrifas) de viajes, llevé un blog, A Happy Disease, y empecé a interesarme más en el género del cuento. Fueron años luminosos, de cierta apertura y expansión del lenguaje, pero de una apertura aún contenida. Luego eso iba a hacer eclosión en Buenos Aires y ahora en Nueva York. La geografía creo que siempre influye; te convertís en una especie de barco de papel que intenta navegar una geografía ignorada, a veces hostil.

Eres una escritora uruguaya que ha pasado casi más tiempo en el extranjero que en su país de origen. Francia, Argentina, Estados Unidos, por nombrar algunos. ¿Cómo imaginas la escritura de una Fernanda Trías que se hubiera quedado en Uruguay todos estos años?

Hace nueve años que vivo fuera de Uruguay. Eso no hace la mitad de mi vida, pero sí la mitad de mi vida como persona que escribe. Imagino una escritura más sofocada, más replegada sobre sí misma y tal vez menos propensa a la experimentación.

¿Qué elementos sientes que necesitas repetir en tus textos, una y otra vez? ¿Algún nombre, personaje, objeto, espacio temporal?

Intento no pensar en eso, en parte porque prefiero mantener una sana ignorancia de mis materiales. A vuelo de pájaro te diría que vuelven con insistencia el padre, los animales, algún objeto o detalle lateral que perturba, especie de punctum, o alguna cosa en el cuerpo —la ceja, el ojo, el labio— que no esté en su lugar.

¿Alguna vez has pensado en escribir poesía o ensayo?
Como Bartleby, preferiría no hacerlo.


Cuando estás trabajando en un texto, ¿sueles acompañar tu trabajo de la lectura?

Sí, a veces busco un autor que me inspire en cuando al tono, la cadencia. Mientras escribía determinado cuento, por ejemplo, que tenía una voz más coloquial, leí Cerrado por melancolía, de Isidoro Blaisten. Lo mismo me pasa con la música. Según el texto, a veces necesito escuchar jazz, otras, música clásica, a veces algo más punk, básico y enojado, o (un favorito mío) Explosions in the Sky. Es casi como acompañar el ritmo de la respiración.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Dándole los toques finales a un volumen de cuentos y trabajando con Fernanda Montoro, fotógrafa uruguaya y amiga, en un proyecto de colaboración que incluye textos y fotos. 


Fernanda Trías publicó “Cuaderno para un solo ojo” y “La azotea”, novela premiada en la categoría de narrativa édita del Premio Nacional de Literatura (2002, 3er premio). Participó en la creación de De los flexes terpines, colección dirigida por Mario Levrero, donde se publicaron quince títulos, casi todos de autores noveles uruguayos. Obtuvo la beca Unesco-Aschberg (2004) y viajó a Francia, donde finalmente vivió cinco años. En 2006 recibió el primer premio de la Fundación BankBoston a la Cultura Nacional. Una versión corregida y final de “La azotea” se reeditó para Argentina, Uruguay y Venezuela. Vivió los últimos dos años en Buenos Aires. Actualmente cursa la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York.

martes, 14 de enero de 2014

Los módicos milagros de la literatura – Entrevista a Ezequiel Zaidenwerg por Raquel Abend van Dalen

Tienes dos poemarios publicados: Doxa y La lírica está muerta. ¿Cómo fue la creación de cada uno de estos libros? ¿Eran proyectos premeditados o se hicieron en la medida en que fuiste escribiendo y agrupando textos?

Escribí Doxa entre los 21 y los 22 años, inspirado –como creía ingenuamente en ese entonces– en Trilce de César Vallejo, la “Noche Oscura” de San Juan de la Cruz y Stanzas in Meditation, de Gertrude Stein. Afortunadamente, el resultado no fue tan macarrónico como ese recalentado de influencias podría sugerir, sino más bien un ejercicio métrico y estilístico que me sirvió de aprendizaje, a la vez que me permitió quitarme la chaqueta de plomo del inédito.
En efecto, el libro tenía un programa previo: dar cuenta de una experiencia extática laica, una especie de mística inmanente, en la que la primera persona apareciera diluida en ciertas impresiones sensoriales, y el cuerpo encontrara una conciencia exterior a sus miembros. Luego, por suerte, escribí en un rapto el último poema –que da título al libro–, y eché por tierra lo que había hecho: es un texto violentamente confesional, que asume la primera persona desde el primer verso, y que sigue siendo lo que más me gusta de lo que tengo escrito.
La lírica está muerta es decididamente un libro programático, cuyo objetivo primigenio era participar de una polémica del campo literario argentino: la idea, proclamada por un poeta de la generación del noventa –la anterior a la mía– de que la lírica era apenas una manifestación social que había alcanzado su obsolescencia. Sin embargo, dado que compuse el libro entre los 25 y los 30 años, fui perdiendo interés en pelearme con mis mayores, y el resultado final es más bien una elegía por la idea de la pérdida del afán de trascendencia por medio de la poesía. O al menos eso me gustaría creer.
En cualquier caso, creo que a la hora de escribir siempre parto de una idea, y trato de subsumir lo que escribo a su realización, en vez de agrupar textos escritos a partir de disparadores menos programáticos. Por supuesto, envidio muchísimo a quienes son capaces de permitirse semejante libertad.  

Siendo un poeta argentino, ¿cómo influye en tu escritura el vivir en Nueva York?

Supongo que muchísimo. En primer lugar, tengo que decir que el desarraigo y el descentramiento a los que obliga el hecho de vivir afuera me resultan sumamente productivos, espiritual e intelectualmente, porque uno tiene que reinventarse, correrse de foco todo el tiempo, incluso para cosas tan prácticas como pedir café para llevar. En este caso, habida cuenta de la incapacidad de los estadounidenses para pronunciar mi nombre, decidí rebautizarme Carlos, una pequeña esquizofrenia funcional que sin duda ejerce una poderosa influencia en todo lo que hago.
En segundo lugar, hace muchos años que llevo un blog dedicado en gran medida a la traducción de poetas estadounidenses, y llegué al país con una idea respecto de la poesía que se producía acá que luego resultó muy parcial o directamente equivocada.

Sientes un interés particular por la métrica en la escritura poética. ¿De dónde surge este interés y cómo afecta tu forma de leer y escribir?

En efecto, me obsesiona la métrica, pero eso tal vez tenga una explicación más clínica que estética (T.O.C., etc.). En cualquier caso, me gustaría pensar que mi interés por la técnica y la forma va más allá de la métrica, y que tiene que ver con una fascinación por la música de la poesía y su poder de encantamiento. Y se me ocurre que mi decisión de estudiar los modelos clásicos se relaciona con haberme dado cuenta de que no era un virtuoso, y que si quería hacer mejores mis versitos iba a tener que dedicarle algo de tiempo a la preceptiva.

¿Qué lecturas te acompañaron en tus inicios como escritor?

Siempre me acompañó una poderosa fascinación por la palabra, incluso antes de formarme una idea más o menos brumosa de lo literario. La primera revelación tuvo lugar en mi temprana infancia, mientras leía una traducción de Huckleberry Finn de Mark Twain: en mi recuerdo, durante su huida por el Mississippi, Huck se detiene en un pueblo vecino y compra una larguísima serie de cosas (una botella de whisky, un cuchillo, tocino y provisiones varias) por apenas un dólar. Yo, que tenía cierta idea del valor del dinero, tuve la intuición de que en ese módico milagro se cifraba la fuerza de la literatura. Muchos años después, leí Huckleberry Finn en su lengua original, con la ilusión de reencontrarme con ese pasaje y recrear aquella sensación. Por supuesto, jamás volví a encontrar el episodio.
Esa intuición se confirmó con el descubrimiento de la poesía. Si bien era un lector voraz, mi interés se había centrado en la narrativa. Mi profesor de literatura de tercer año de la secundaria llevó a la clase “Oficina y denuncia”, un poema de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca. Al leerlo, tuve una súbita certeza: había para mí en ese nuevo género algo radicalmente distinto y de orden superior, que no había experimentado con la prosa.

Además de poeta, también te dedicas a la traducción. De hecho, llevas un blog en el que publicas tus propias traducciones de textos literarios. ¿Cómo es el proceso de selección? ¿Por qué estos autores y estas obras?

El blog cumple en agosto nueve años, de modo que el criterio de selección original –traducir mis poemas preferidos– hace tiempo que mutó a un rol editorial más realista: tratar de difundir un panorama poético interesante, pero no necesariamente los poemas que a mí más me gustan.

¿Qué buscas cuando lees?

Ojalá lo supiera. ¿Le felicidad? ¿Un estremecimiento? ¿Algo que me haga sentir la imperiosa necesidad de escribir?

¿Crees que las redes sociales han cambiado el modo de leer literatura?

Sé que se habla de cierta democratización en la circulación de los textos vinculada a la internet 2.0; yo, personalmente, creo que hay algo de eso, pero también veo un regreso a formas de circulación más propias de épocas pretéritas (pienso, por ejemplo, en la latinidad clásica o en los Siglos de Oro españoles), en que los autores hacían circular sus manuscritos entre un público compuesto por sus amigos y conocidos letrados. En este sentido, estaríamos asistiendo a una reafirmación del carácter cenacular de la literatura, oculto bajo el disfraz de una supuesta accesibilidad.
Me parece que ese carácter cenacular tiene menos que ver con el gabinete alquímico del poeta hermético que con las formas de sociabilidad que se observan por ejemplo en la escena del rock “alternativo”: básicamente, se establecen lazos de promoción cruzada (yo le pongo “me gusta” a tus poemas si vos hacés lo propio con los míos). Lo mismo pasa con las lecturas de poesía, en general los amigos o clientes (uso este término en el sentido clásico, en referencia a las personas que están bajo la protección o tutela de otra) son los únicos que asisten, menos por interés por la poesía del poeta que lee (y a menudo, a pesar del desinterés por la misma) que por una voluntad de pertenencia y por la esperanza de ver esa asistencia retribuida en otros eventos que los tendrán a ellos como protagonistas. En ese sentido, como venía diciendo, veo a las redes sociales, como su nombre lo indica, más como instancias de promoción de la sociabilidad que de la literatura. Y con esto no estoy necesariamente abriendo un juicio de valor negativo al respecto: está claro que la amistad y el sexo son infinitamente más importantes que la literatura.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Tengo un libro de limericks para niños ilustrado por la artista Raquel Cané que espera pronta publicación. Estoy trabajando en un libro de entrevistas a poetas estadounidenses, que no está muy avanzado. Hace años vengo compilando una antología de poetas estadounidenses jóvenes poco conocidos, que tengo la esperanza de publicar este año. Eso entre otros varios proyectos que sería prolijo mencionar.

Ezequiel Zaidenwerg es un poeta y traductor argentino (Buenos Aires, 1981). Publicó dos libros de poemas, Doxa (2008) y La Lírica Está Muerta (2011). Tradujo a Anne Carson, Ezra Pound, Robert Creeley, W.H. Auden, y ha publicado poemas en Alemania, Estados Unidos y México, Brasil. Ezequiel Zaidenwerg vive en Nuva York. Poema original seguido de las traducciones al inglés y portugués.