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jueves, 20 de agosto de 2015

"Los transportes públicos son una especie de hábitat" - Entrevista a Néstor Mendoza por Raquel Abend van Dalen



Cuando somos pasajeros vemos cosas que no estamos supuestos a ver. No solo desde la ventana al exterior sino también hacia el interior del “vehículo”. Así leí tu poemario Pasajero, porque más allá del título, me refiero a la labor de contemplación y reflexión que llevas a cabo a través de estos poemas. ¿Qué opinas?

A veces pienso y siento que los transportes públicos son una especie de hábitat, de ecosistema. Son pequeñas islas móviles. Dentro de ellos, específicamente cuando el sol está más alto y fuerte, dictatorial, nos sumimos en un letargo momentáneo, bien sea que estemos sentados o de pie, apretujados, oliendo o intentando evitar el roce con los demás. Últimamente, casi sin proponérmelo, detallo la vestimenta, la contextura de los pasajeros; intento ver en ellos su individualidad, que muchas veces se anula por la cantidad de personas que confluyen en el vehículo. Quizá lo hago por ocio, pero principalmente como una manera de ver sus intenciones encubiertas, es decir, de ver si solo son simples pasajeros o potenciales delincuentes. Es un miedo que compartimos quienes tienen como alternativa el traslado en este tipo de “unidades colectivas”, aquí, en alguna ciudad venezolana, de evidente peligrosidad a ciertas horas del día o incluso a cualquier hora del día. No obstante, celebro, secretamente, el esfuerzo de los viajantes que van o regresan del trabajo, uniformados y con el bolsito del almuerzo. Valoro su constancia y su dignidad a prueba de todo.  He afinado un poco la visión, la ejercito diariamente. Sé que hay algo de voyerismo. Con Pasajero intento mirar doblemente: hacia afuera y hacia adentro, desde el carnet que cuelga del cuello, desde las marcas brillantes que deja el planchado prolongado en algunas prendas, hasta la sencillez de un gesto descuidado que refleja bondad o incluso cuando alguien duerme y el que está al lado lo contempla, lo cuida sin darse cuenta. Reflexiono y pienso, es verdad, pero no siempre con la finalidad de que estas percepciones se materialicen en el poema. Ese es otro proceso, más largo y no siempre fructífero. Me gusta la noción de tránsito, de movilidad, de contemplación. Esto puede ser útil en un poema o en varios poemas del libro, pero no me propongo una poética general. El pasajero es un ciudadano, venezolano específicamente, que mira a través del cristal manchado o sucio y juzga el entorno con cierta nostalgia, decepción, rabia o apatía, muy pocas veces con júbilo.

Sentí que la voz poética va de ver lo que rodea al hablante a verse a sí misma. Del "jabón que está siendo parte del cuerpo" al "día que no le cede su puesto a la noche". ¿Qué es este paisaje que rodea al personaje, que no termina de construirse o de destruirse?

Premeditamente, la voz poética se hace presente de diversas formas en Pasajero. Lo que no pude prever fue su trayecto o desembocadura. La voz puede ser el pasajero común, cotidiano, también puede ser el médico forense del poema “Dócil”, el espantapájaros, Prometeo, un entomólogo, un simple paseante del centro de Valencia. Siempre, o casi siempre, hay una voz que observa lo que otro u otros hacen. Es un testigo que toma cierta distancia, pero inevitablemente forma parte de lo que está presenciando. Ciertamente, en el poema que has citado, “Orden”, hay un proceso de transformación nada elocuente, diríase más bien sencillo, muy usual. Quise que esa “construcción o destrucción”, que cada lector ve, se diera de manera más natural, como el giro monótono de una llave o el cierre de una ventana, tras un anuncio de lluvia. También sucede algo parecido en el poema “Ladrillos”, en el cual lo que observa el yo poético se acerca y se confunde, se mezcla, mientras el muro se eleva ante su mirada atenta. El paisaje, como tú dices, se va construyendo o destruyendo, alternativamente, en varios poemas de Pasajero.

¿Qué espacio le das al pájaro o al ave en Pasajero? ¿Es un animal que te persigue desde tu primer libro Andamios?

Me persigue sin darme cuenta. Es una presencia que surge espontánea, nunca forzosamente. En Andamios, por ejemplo, está el poema “Indecisión”. Desde el mismo inicio, el epígrafe de Enrique Mujica me acompaña, me “persigue” de algún modo: “Un pájaro solo hace/ dos cosas: / o vuela o está sobre/ las ramas. // Pero es tanto/ tener dos vidas”.  Es un poema que suelo recordar en silencio. En Pasajero hay varios textos en los cuales el ave aparece, directa o indirectamente. Me genera especial emoción la paraulata del poema “Deja vu”, ave que vivió en casa de mi abuela paterna, por muchos años, y que recuerdo en su encierro lleno de excremento, cantando. Además del ave como animal concreto, me interesa la noción del vuelo, de elevación, que ya se perfila en Andamios. No me propongo destacar reiteraciones místicas, solo intento mostrar algunas preocupaciones o reflexiones, que parten, en su mayoría, de objetos o situaciones que están al alcance del ojo. Es un proceso retiniano.

La figura de Dios, tanto en Andamios como en Pasajero, algunas veces está presente como lo está en el hablar venezolano, como una presencia completamente natural y encubierta en las palabras, y otras veces es lo que provoca una pregunta. Así lo vivo como lectora… Ahora, lo que quiero saber es: ¿cómo lo vive el autor?

No soy partidario de las generalizaciones, pero en ocasiones es necesario echar mano de ellas. En nuestro caso, veo que la presencia de Dios está bastante arraigada en el refranero popular venezolano. Dios como interjección, como dicho, como frase de todos los días. En este momento me viene a la mente la frase “Si Dios quiere”, o “Dios mediante”, tan habitual entre nosotros. Ahora bien, en ambos libros, esa presencia no es eclesiástica, es un Dios que nace de una naranja y sin feligresía, como en Pasajero; o es un niño que corre detrás de Dios, en Andamios. Tú lo has dicho muy certeramente, su presencia está “encubierta en las palabras”, casi siempre. Yo lo vivo así, como un compañero de viaje, fraterno.


En Andamios, ¿cómo viviste el trabajo de la memoria?

Mucho de lo que escribo pasa por la red de la memoria. La memoria como paisaje reconstruido, que
se forma con retazos y fragmentos. Como arena cernida, las vivencias se confunden con las lecturas y las estructuras estróficas o métricas que le dan forma física como discurso lingüístico. Sobrenaturaleza, diría José Lezama Lima. En Andamios es evidente el trabajo de la memoria, la memoria vista como insumo que posibilita la escritura, es decir, lo que rescato y logro reconstruir como imagen en el poema. Es necesario, sin embargo, ir más allá del simple recordar cosas y dejar testimonio de ellas en el papel o la plantilla de Word. La memoria, en sí misma, no sirve para el hallazgo o el logro formal y vital del poema. Es un proceso más complejo, dinámico, que maneja matices que intento dominar. La memoria como un recurso más.

¿Crees que el utilizar el transporte público para moverte por la ciudad ha influido en tu forma de vivir la literatura?

Movilizarme en transporte público ha repercutido en mi particular manera de vivir y leer la literatura. No sé hasta qué punto, pero no puedo negar esta circunstancia. Esta influencia, obviamente, no es excluyente. También valoro el encierro y las reflexiones que se suscitan allí. No descarto ninguna experiencia, venga de donde venga. Diría que vivo la literatura, y especialmente la lectura de poesía, como un hábito hermoso y doloroso. Soy una persona de roles, como todo el mundo. Creo que vivir así, de esa manera, sin peldaños o jerarquías, me ha dado una identidad, o mejor, una forma de estar. Convierto ese vivir en un músculo y lo voy ejercitando con la mancuerna de la lectura ocasional, de la relectura de mis autores más filiales.

¿Qué te atrae de la literatura clásica del Siglo de Oro español?

El Siglo de Oro español se traduce, en mí,  en la lectura de algunos poemas de Góngora y Quevedo. En Góngora, por ejemplo, suelo recordar los primeros seis versos de las Soledades y el poema “Celos”. De Quevedo, un par de poemas burlescos y aquellos muros de la patria mía. Hay un poeta muy poco conocido, quien también fue contemporáneo de ambos, Baltasar del Alcázar. Este poeta, que algunos llaman “menor”, escribió un poema festivo que, como pocos, sí hace reír. Se trata de “Una cena”, largo poema de versos cortos que cuenta una jocosa historia mientras los comensales intentan cenar. En esa lista también incluyo a Sor Juana, sus “hombres necios” y esa basílica barroca llamada Primero sueño, leída muchas veces durante mi carrera universitaria. En definitiva, la lectura del Siglo de Oro a veces es pospuesta reiteradamente, y los tomos duermen verticalmente en mi biblioteca. Independientemente de los autores, ya en el terreno de la “creación”, he intentado ensayar algunas formas estróficas, la cuaderna vía, el soneto y la sextina, que se extienden más allá del siglo XVII hasta el iniciador de la poesía castellana, Gonzalo de Berceo, y cierta tradición trovadoresca.

Si pudieras ganarte una beca para vivir un mes en cualquier ciudad del mundo y desarrollar un proyecto literario, ¿a dónde irías, sobre qué escribirías?

Es muy interesante esta pregunta. Pienso en Lima, por ejemplo, para estudiar con más profundidad a varios poetas peruanos que estimo especialmente, como José Watanabe y Carlos Germán Belli. También pienso en Sevilla, Salamanca o Madrid para realizar algunos estudios sobre poesía española del siglo XX. A veces me paseo por algunas antologías de poesía rusa o rumana  y me gustaría trasladarme a Moscú o  Bucarest, por ejemplo. Pero no solo desde el punto de vista de la investigación literaria, sino con el interés de apropiarme, al menos parcialmente, de la atmósfera de esas ciudades y su paisaje natural y humano, su gastronomía y sus bebidas. El poema “Lluvia moscovita”, de Mandelshtam, encaja en ese deseo: “¿Hacia dónde cae tan avaramente/su frío de gorrión/ un poco para nosotros, un poco para los bosques/ y para el canasto de cerezas?”.
Hace tiempo leí un buen ensayo de Eugenio Montejo sobre el rumano Lucian Blaga. En él, nos retrata a un gran poeta y crítico que pudo haber ganado el Nobel de Literatura, pero que se circunscribió en los predios de su lengua materna, distante lengua romance que suena tan lejana a nuestros oídos. Al final, Montejo nos comenta que el jurado del Premio falló a favor de Juan Ramón Jiménez y toda la tradición hispánica. Desde ese momento, y quizá por ese caso anecdótico, a veces me he sentido atraído por las tradiciones poéticas menos difundidas en Venezuela y, en general, en Latinoamérica. El hecho de hablar y escribir en español te proporciona un vasto mapa lingüístico, que se traduce en la posibilidad de leer a poetas de tu mismo idioma: colombianos, peruanos, mexicanos, uruguayos, españoles, entre otros. Sin embargo, me ha imposibilitado leer en otras lenguas, de cortejar otras lenguas con disciplina. Me siento con desventaja, manco. La lengua es una casa, es cierto, pero puede ser una cárcel en algunos casos.

Cuéntame sobre tu labor como parte del comité de redacción de la revista Poesía en Venezuela.

Pertenezco a la redacción de Poesía desde hace 5 años. Es un gran grupo de poetas amigos, que a pesar de la severa situación presupuestaria llevan adelante una publicación que hoy llega a 160 números desde su fundación, en 1971. Mi tarea es, esencialmente, de colaborador. Por ejemplo, para el número 157, gestioné la inclusión de algunos poemas del poeta austriaco Friedrich Achleitner, traducidos directamente del alemán por Claudia Sierich. Asimismo, algunos poemas del norteamericano Micah Ballard, quien fue traducido por Guillermo Parra y Dayana Freire. Ocasionalmente aparecen textos de mi autoría, ensayos, sobre todo. La revista Poesía es una escuela para nosotros: tengo el gran gusto de conocer y leer a dos de sus fundadores, quienes residen en Valencia: Alejandro Oliveros y Reynaldo Pérez Só. Actualmente, Víctor Manuel Pinto es el director de la revista, y ha logrado mantenerla en pie con la intervención de jóvenes poetas nacionales y un equipo de corresponsales en varias ciudades latinoamericanas.

¿En qué proyectos estás trabajando?

Después de Pasajero, he estado trabajando en un par de textos que podrían perfilar otros escenarios de escritura. Por ahora, es solo un proyecto que inicia y no sé cuánto se pueda prolongar. Me gusta la lentitud en este caso. Necesita olvido y silencio para verlo mejor. Del mismo modo, estoy agrupando algunos de mis ensayos y reseñas sobre poetas hispanoamericanos y venezolanos. Por otra parte, junto con Diosce Martínez, preparo una antología de poesía venezolana, que esperamos culminar próximamente. En definitiva, cuando la oferta y el dinero lo permiten, compro libros e intento reseñar algunos para publicarlos en mi blog personal y algunas revistas electrónicas.



Néstor Mendoza. Poeta y ensayista nacido en Maracay, Venezuela, en 1985. Licenciado en Educación, mención Lengua y Literatura (Universidad de Carabobo). Realizó estudios de Literatura Latinoamericana en el Instituto Pedagógico de Maracay. Ha publicado los libros Andamios (Editorial Equinoccio, 2012) y Pasajero (Dcir ediciones, 2015). En el 2011, recibió el IV Premio Nacional Universitario de Literatura «Alfredo Armas Alfonso», mención Poesía.


viernes, 7 de agosto de 2015

"Hay cosas que me importan mucho de las cuales no he escrito" - Entrevista a Berta García Faet por Raquel Abend van Dalen

En tu poesía ocurre algo muy interesante... Sentí que se vive la religión con el mismo erotismo y la misma decepción brutal que las relaciones amorosas. ¿Qué opinas?

Exactamente. Es una decepción muy parecida. También un éxtasis similar. Una gracia, un colmarse. Y un caerse.

En tus libros se pueden encontrar poemas de muy largo aliento, incluso algunos divididos en cortos capítulos por decirlo de alguna forma, y estos subdivididos a su vez en más secciones. ¿De dónde surge esta necesidad? ¿Está asociada a un estilo narrativo?

Tengo una imaginación muy poco narrativa, o al menos no soy capaz de organizarme en términos de lógicas narrativas, pero en los poemas pasan cosas, o nos referimos a cosas que pasan, y a veces sí pasan como en una narración… No sé, tal vez las enumeraciones o las yuxtaposiciones sean mis simulacros de narración, o tal vez sea justo al revés. No tengo ni idea de dónde surge la necesidad de que buena parte de mis poemas sean largos y tengan 1.000 subsecciones, supongo que mi cabeza contiene todos estos cajones apilados y flechitas y diagramas y triángulos.

Tengo entendido que también has escrito teatro. ¿Sientes que se entrecruza lo que te interesa decir en este formato y lo que vuelves material poético?, ¿o más bien escoges distintos intereses para cada género?

He escrito teatro, pero pésimo… Mi problema es que odio los problemas e intento resolverlos todos y sufro si no se acaban, y el teatro precisamente funciona vía conflictos. Veo un conflicto y quiero que haya paz o al menos tranquilidad y no quiero ver ya más la tensión, de ahí que el poco teatro que he hecho sea teatro del absurdo (nada logrado) o puros fracasos.

¿Para ti: cuál es la diferencia entre el personaje dramático y el yo lírico?

El personaje dramático (la punta del iceberg) demuestra en sus acciones y omisiones toda la complejidad psicológica que el autor ha pensado para él. El yo lírico, por el contrario, no tiene estructura, no es un yo (y es una paradoja), es un relámpago. No hay un autor “fuerte” detrás moviendo los hilos, construyendo. Hay un autor, pero debilucho, tenue.

¿Existe, hoy día, tal cosa como el género literario?

Pienso que sí. Es una convención, por supuesto, pero pienso que aún funciona. Aunque sea para permitirnos detectar cuándo sucede que un texto está resultando extrañamente híbrido.

Actualmente, la mayoría hemos sido víctimas de la distancia entre seres queridos. Aquí llegan las nuevas tecnologías al rescate y por lo tanto, se cuelan en la obra literaria de más de uno. ¿Crees que su aparición significa más que el mero hecho de ser parte de nuestra vida como extranjeros?

Sí, creo que las nuevas tecnologías han cambiado nuestra vida, seamos extranjeros o no. Siendo emigrantes, nos salvan, a la vez que hacen nuestra vida (¿nuestra doble vida? ¿nuestra múltiple vida? ¿un pie aquí y otro allí? ¿una vida de cabeza de Hidra?) más compleja. Es una complejidad buena, por lo que respecta a mantenernos en contacto y crear intimidad y cotidianidad con los seres queridos lejanos. Luego hay complejidades no tan buenas, y que nos afectan a todos, estemos exiliados o no. El modo de relacionarnos (y de sentir) está mutando mucho. La película “Men, Women, & Children” de Jaison Reitman lo muestra muy bien. Lo positivo, lo negativo, lo neutro y lo que sencillamente es diferente a lo anterior.

Y hablando de extranjeros... ¿cuál fue el cambio principal que notaste en tu escritura cuando te fuiste de España? ¿Recuerdas algo en particular que inmediatamente asociaste con el desarraigo?

Excepto por dos poemas, “La edad de merecer” lo escribí todo antes de irme de España, o sea, antes de enero del 2014. Desde entonces me dediqué más que nada a pulir, y a cosas académicas, y a leer, y a otros proyectos lentos. Lo nuevo que he escrito, y que todavía no tiene ni estructura ni idea de libro, no refleja (no al menos temáticamente, que yo sepa) el desarraigo que sí que sentí cuando me fui, y que siento hoy en día. No sé bien por qué pero esta es una cuestión que está en mi vida, pero no en mi poesía. Hay cosas que me importan mucho de las cuales no he escrito.

Podría decirse que te gusta escribir status de Facebook. ¿Qué opinas de esta exposición-aprobación que algunos buscan y algunos consiguen a través de esta red social?

No sé, tengo opiniones contradictorias sobre esto. Por un lado, desapruebo (moral y políticamente) el bucle egocéntrico de exposición-aprobación del que hablas. Es aburrido y me da vergüenza, tanto ajena, cuando lo veo en otros, como de mí misma, cuando soy yo quien caigo en eso. Por otro lado, es un poco lo que se espera de nosotros, y esa es la lógica de las redes sociales, y por eso existen, y por eso nos atrapan, y es lo fácil, y es una putada: todos somos los protagonistas (idealísimos: ¡cómo editamos todo!) de nuestros propios perfiles. Es como el sueño pop, Andy Warhol, etc.; de nuevo estamos en el debate sobre cuáles son las relaciones entre lo pop, el consumismo y la democratización de la cultura, y de nuevo no sabemos bien qué pensar… Me gustaría ir más allá de eso, y creo que la manera de lograrlo es el trabajo y la desacralización. Es decir, en primer lugar desconfío de vincular redes sociales y proceso creativo acríticamente (estoy muy en contra de la inmediatez y muy a favor de entender la poesía como un esfuerzo, como algo que cuesta). Una cosa es lo que yo considero que es mi “exploración” estética y sentimental (mi poesía; esto suena muy pedante, no sé cómo bajar el tono, pero para entendernos) y otra cosa es mi muro del Facebook, que es una grandísima tontería: una mezcla entre autopromoción (ojalá que no muy ridícula), promoción de los escritores o escritoras que me gustan, diálogo con mis amistades, humor absurdo, cabreos o alegrías de índole ético-ideológica, links a informaciones sobre cosas que me importan (literatura, feminismo, justicia social, derechos de los animales, REGGAETÓN), souvenirs, entradas de diario personal, etc. Además, la comunidad literaria cada vez más se hace y se vive ahí, en la red. En segundo lugar, rebajo mis humos todo lo que soy capaz. El Yo que sale ahí es un Yo que yo (¿yo?) ideo, claro, lo que pasa es que me lo tomo a la ligera, y si algo quiero mostrar de mí es justamente eso: que trato de tomarme toda esta cuestión del Yo bastante a la ligera (y es una paradoja, otra vez). Y que lo que sí que me importa es divertirme y conversar y ver y hacer. Lo que no me parece bien, en todo caso, es des-problematizar la cuestión, actuar como si esta orgía de exhibicionismo interesado no fuese algo sobre lo que debemos reflexionar y sobre lo que sí cabe debatir, cuanto más a fondo mejor. De hecho es urgente.

Me encantan los títulos de tus poemarios: Manojo de abominaciones (2008), Night club para alumnas aplicadas (2009), Fresa y herida (2011), Introducción a todo (2011) y La edad de Merecer (2015). Siempre me llama la atención el trabajo de titulador...¿me cuentas un poco el proceso de cómo llegas a ellos? Si quieres cuéntame el de alguno en particular que te guste.

“Manojo de abominaciones” lo saqué de un verso del libro, de un poema que era un autorretrato, por lo que me sonó como a una síntesis, aunque no lo es (y aparte me encanta la letra jota). “Night club para alumnas aplicadas” es otro oxímoron que me pareció un buen resumen medio bicéfalo de lo que ocurría en ese libro (y por el tono experiencial y, claro, pop). “Fresa y herida”, ni idea, es un misterio. “Introducción a todo” también me sonó como a una síntesis (y aparte la letra i es amarilla y un poco dorada y me gusta eso). “La edad de merecer” es otro sumario, aunque en este caso me costó muchísimo más llegar ahí. En cuatro años que estuve sin publicar creí tener un libro terminado en varias ocasiones, y barajé otros títulos. El que más tiempo me duró fue “Culpar a Beethoven”. Luego me di cuenta de que solo un poema de este libro tenía un vínculo importante (a aquellas alturas de la reescritura, digo) con eso. “La edad de merecer” aludía, por el contrario, a una expresión idiomática más bien machista que, cuestionada, recogía mejor el espíritu del poemario: ironía y ternura, la deconstrucción crítica de la feminidad, las distintas edades, los distintos merecimientos, el peso (la acumulación histórico-semántica) de las palabras… Enseguida lo pensé un poco naranja, un poco violeta y muy beige.

¿Qué pasó en Perú?

Perú es poesía y amistad, ambas eternas. Y restaurantes vegetarianos a 13 soles el menú. VIVA.

Imagina que David Foster Wallace fuera a dar un seminario de narrativa en la actualidad en Brown, y tuvieras la oportunidad de ser su alumna. ¿De qué hablarías con él en tu primera oportunidad?

Como soy tímida, haría el ridículo, sobre todo la primera vez que hablara con él. Hace unos meses fui a ver a Jonathan Franzen en una presentación de un libro que hubo en McNally Jackson y (teniendo en cuenta que Franzen es uno de los escritores que más me han marcado, a muchísimos niveles) me puse nerviosísima, puse una cara rarísima y seguramente como de loca, tartamudeé, me tropecé, me salió una voz como de alien ronco… Solo atiné a declararle muy poco elocuentemente “I love your books, I read Freedom twice”. Y en realidad tengo muchísimas ideas y sentimientos respecto a la literatura que hace Franzen, es decir, que creo que podría haber dicho algo más inteligente y profundo… Algo parecido pasaría con David Foster Wallace, supongo… Idealmente, o sea, quitando los nervios, la vergüenza, los complejos, las prisas, querría hablar con él sobre cómo compaginar el amor romántico con la enfermedad mental, y sobre cómo apaciguar la hiperconsciencia, y sobre cómo ser buenos, y también sobre cómo o el realismo no existe o bien todo es realismo.

¿En qué proyecto estás trabajando ahora?

Es un poco top-secret. No sé si me atreveré. Tiene que ver con César Vallejo.


Berta García Faet (Valencia, España, 1988). Es autora de los libros La edad de merecer (La Bella Varsovia, 2015), Fresa y herida (Premio Nacional de Poesía “Antonio González de Lama” 2010; Diputación de León, 2011), Introducción a todo (IV Premio de Poesía Joven “Pablo García Baena”; La Bella Varsovia, 2011), Night club para alumnas aplicadas (VII Premio Nacional de Poesía “Ciega de Manzanares”; Vitruvio, 2009) y Manojo de abominaciones (XVI Premio de Poesía “Ana de Valle”; Ayuntamiento de Avilés, 2008). www.bertagarciafaet.com

jueves, 23 de julio de 2015

"El hijo único soy yo" – Entrevista a Juan Luis Landaeta por Raquel Abend van Dalen

Naciste en un entorno en donde el contar historias era parte de la vida cotidiana, en una familia grande, ruidosa y fiestera. ¿En un comienzo, esto te impulsó a querer escribir narrativa?

Yo creo que todos ellos eran y son escritores, lo que pasa es que no escriben. Por el lado de mi familia materna toda la escena es desmedida: son más de veinte hermanos, hijos de mi abuelo con tres señoras distintas. Lo cierto es que ellos decidieron ser simplemente hermanos, por encima de todas esas posibles diferencias. Creo que es imposible, tratándose de una familia tan grande, que la variedad no fuera el precepto. ¡Son tantos! Eso hizo (y hace) que cada reunión familiar, por más pequeña que sea, reúna una tremenda cantidad de historias, tropiezos y anécdotas. Creo que no hay abstemios entre ellos, por lo que en pocas horas la sazón de los cuentos es genial. Estoy hablando de 10 personas felices cantando en la sala de una casa, compartiendo despechos, persecuciones políticas, confesando penas o brindando el nacimiento de un hijo. Todo eso al mismo tiempo. Las fiestas son una imagen frecuente (ya que preguntas por mi familia) porque solían durar mucho. En las horas de esas reuniones, se iban (por empatía) armando pequeños grupos, de los mayores, los menores, los adolescentes, los más borrachos. Casi siempre era el menor en el sitio, así que me tocaba callar. Andar por ahí jugando, escuchando. Insisto, más allá de que ellos escriban “formalmente”, en mi cabeza, eran escritores. Contaban bien. Con pausas, intrigas, gestos y con una patente: el humor. Mi familia, como cualquier familia grande, venezolana, del siglo XX, tuvo militantes políticos, perseguidos, profesores. Pero en revisión, lo que une cada una de las “sesiones” de esos patios empapados de cerveza, ron o whisky es el humor. Nada fue grave en esos discursos que me rodearon. En ese sentido, es esto último lo que sentí y siento como un impulso. No el hecho (bastante arbitrario) de escribir o empezar a escribir, sino de hacerlo con humor.


Tu primer poemario, Destino del viento, ganó Mención Especial en Poesía del III Premio Universitario de Literatura otorgado por la Universidad Simón Bolívar. Pareciera que ganar este premio es una especie de rito de iniciación al mundo literario venezolano para cierta generación. ¿Qué opinas de esto?

(Risas) (Más risas) la verdad es que todos los ritos de iniciación me parecen terribles, incluyendo los abiertamente violentos, pero no es el caso. La verdad es que no creo que sea ningún rito y mucho menos de iniciación. Es una muy buena iniciativa, eso sí. El tema me parece que va orientado hacia dos posibilidades: 1) ganar un premio (el que sea) suele ser más que un honor, el camino más corto para publicar un texto y 2) naturalmente obtener un cierto “aval” o reconocimiento. Como sabemos, ambas cosas pueden mutar en un mero ejercicio de vanidad. No hablo específicamente del PNUL, que me parece necesario y positivo, sino de los premios en general. No se sabe muy bien nunca por qué alguien gana un premio o no. Habría que ser muy necio para obviar los cientos, miles de obras que todavía siendo geniales, no reciben reconocimiento alguno. Los premios, bien orientados, están destinados a promover, apoyar y difundir. En el caso de autores jóvenes (o muy jóvenes) ya el rigor de ordenar, editar e imprimir un conjunto de textos para ser presentados, es un buen paso. Parece un comentario absurdo pero no lo es. Alguien que quiera participar en estos concursos, si decide, aun estando en la sede de la organización no depositar los manuscritos, ya ganó algo para sí. Tiene un cuerpo unido en sus manos, una disposición de su propuesta. Bajo ese sentido, “emprender” la tarea de concursar de lleno, implica un rigor mínimo que encuentro positivo. Sin lugar a dudas, si el jurado está integrado por personas cuyo criterio sea respetado y se garantice la imparcialidad, pues mejor. Ahora hay muchos concursos. Están en el mapa de las posibilidades, así como los talleres. Quizás hace un par de décadas un premio de literatura era tan raro como un taller literario. Ahora hay muchos talleres y muchos concursos (indistintamente de su calidad) cosa que parecería fortalecer el tránsito de una cosa a otra, hecho este que me parece un poco mecánico y triste. Si un libro se escribe y gana un premio, hay que tener muy claro que ese premio, es lo menos importante que le puede pasar a ese libro. Lo importante para un texto es que encuentre sus lectores, con o sin medallas. En cualquier caso, el PNUL ha tenido una buena tradición y una magnífica visión, ya que ha concertado entre sus ganadores, premiados y mencionados, a muchos buenos y jóvenes escritores, además de permitirles ser publicados en la Editorial Equinoccio, siendo estudiantes universitarios.


Aunque por un tiempo te dedicaste a ejercer el derecho en Caracas, durante los últimos dos años realizaste la Maestría en Escritura Creativa en Español de la New York University. ¿Esto cómo influyó en tu escritura y en tu forma de vivir la literatura? 


Esa pregunta habría que invertirla, porque lo que podía afectar esos procesos era precisamente estar estudiando Derecho y luego trabajando como abogado. La verdad es que mi vínculo con ese instinto es bastante vital. Está (por lo menos el impulso) bastante alejado de lo que esté haciendo en el día a día. Los textos que terminaron componiendo Litoral central empezaron a aparecer en escenarios, horas y sitios bastante disímiles. Terriblemente disímiles. Una antología de poesía budista en el oscuro mesón de espera del archivo del Tribunal Supremo de Justicia es algo que visto hacia atrás, me provoca mucha risa. Sin lugar a dudas, para mí es mucho más importante y duradero lo que pienso, a las cosas que me pasan (aunque de la experiencia viene la reflexión). Creo que siempre he sentido muy claras esas cosas. Podía, como pude, llevar esa vida y estar haciendo estas otras cosas que realmente me interesaban y que nada sabían de archivos, oficinas o papeles. Es más, algo en mí disfrutaba saber que a pesar del trajín cotidiano, algo mucho más valioso (al menos para mí) se tramaba. Además, de manera autónoma. La Maestría representó para mí, una descongestión y claro, muchísima libertad. Más y mejor tiempo para hacer lo que siempre hago. La verdad es que la pasé muy bien y siento que es un privilegio para quienes “escriben” contar con un espacio de reflexión, lectura y trabajo así.


¿Qué es La conocida herencia de las formas?


¡Qué buena pregunta! Bueno, debo afirmar lo primero que me viene a la mente: un verso del libro homónimo. El texto que lo incluye fue escrito en mayo o junio de 2010, junto a otra imagen que me rondaba en ese momento “la convulsión de la marea”. Recuerdo el momento en que escribí ambas líneas en una libreta de dibujo que usaba por ese entonces. Son dos imágenes asociadas, por un lado, me gusta pensar en la convulsión –ese movimiento perenne, que siempre está y que implica, una conversión. Ese libro, que como casi todas las cosas de la vida, apareció en medio de “algo más”, terminó reflejando muchos arquetipos y sin romanticismo, el tema del amor. Ahora que digo “tema del amor” recuerdo una bellísima picardía que me dijo Eleonora Requena cuando lo leyó: el amor también es un género literario. Allí pues, sin lo típicamente romántico, está reflejado el encuentro, el acercamiento vital de dos personas. Casi todos los textos de ese libro estuvieron antecedidos por un dibujo. Dibujé mucho en esa época, para mí era indivisible una cosa de la otra. Tomé los poemas o los dibujos como devenires de la tinta, sin más. En esos dibujos, mayormente abstractos, también notaba formas comunes. Pienso, cinco años después, que todos esos elementos, así descritos, conforman esa “conocida herencia” a la que nadie se puede hacer ajeno.



Tu tercer poemario, Litoral Central, recién publicado por Sudaquia Editores en Nueva York, conversa sutilmente con el elemento de la luz en la obra del pintor venezolano Armando Reverón. ¿Cómo concibes la relación entre la obra plástica y el quehacer poético?


Esa ha sido una experiencia reveladora. Iniciática “a todas luces”, porque yo empecé a escribir Litoral central bajo la muy potente, pero natural, incidencia del sol en Venezuela. Esos procesos de detención y aletargamiento próximos al mediodía en que las cosas parecen desaparecer, desdibujadas. La luz en exceso enceguece. No hay que estudiar mucho para saber que uno puede quedar deslumbrado en segundos. Esa concepción me llevó a otra, más fantástica: lo que vemos brillar emprende un viaje de vuelta hacia su fuente. Es decir, toda la luz de la tierra, “va” hacia otra, que es su fuente: nuestro sol. Aunada a la libertad de esos planteamientos, estaba la vieja, subterránea y escolar fascinación por la obra de Armando Reverón. A mí siempre me pareció una torpeza que la gente (mucha gente) se refiera tanto a él y no a su obra. Más gente sabe de sus habilidades histriónicas que de su técnica. En fin. Sin mayor instrucción me empecé a dirigir a los cuadros que estaban disponibles en Caracas y a algunos libros. Allí sí empezó la instrucción y el recorrido. Leí todo lo que estuvo a mi alcance en ese momento de ese fabuloso artista. Recién llegado a Nueva York, mi primera clase fue sobre écfrasis poética, que sería un diálogo entre la manifestación plástica y la imagen poética. El poema que cierra Litoral central fue escrito de un tirón (su primera y antiquísima versión) en una especie de trance escuchando allí mismo en el salón el poema del espejo convexo de Ashbery. Años atrás, había leído el “Hopper” de Mark Strand y creo que esas relaciones entre imágenes me dejaron impresionado. Por último, creo que en todos los casos se trata de traducciones. Lo mismo que hacían los rayos de Macuto lo hacían aquellos de Caracas. Ese impacto de la luz como definición fue lo que impulsó y unió esos textos. Es evidente que las manifestaciones artísticas son eso, distintas manifestaciones, en diálogo, incorporadas, complementarias. Ya quisiera yo que al menos alguno de esos versos causara en alguien (mínimamente) lo que la visión del período sepia o blanco de Reverón genera en mí. Luz.



¿Qué te diría Borges si te escuchara citarlo?

¡Jajajaja! Borges tenía un maravilloso sentido del humor, además de un interés especial por todas las cosas, incluyendo las que lo implicaban. Un gran porcentaje de las veces que lo cito, lo imito, cosa que me hace suponerlo ante la impresión de escucharse imitado. Creo que se habría preocupado de que lo imitara bien y no usara falsas fórmulas. Estoy seguro de que hubiera corregido cualquier cliché que “sonara” argentino. Vivió los últimos 26 años de su vida acostumbrado (quizás padeciendo) que lo trataran como a una estatua, un honor vivo, un dragón enjaulado. Es más. En una ocasión supo de alguien que había firmado y dedicado un libro suyo “a la manera de” y lo encontró ingenioso. Creo que no se molestaría y de hacerlo, me haría polvo con Bioy, donde sea que estén.


Tengo entendido que tienes un libro inédito llamado El hijo único. Háblame de él. 
(Adalber me dijo que no te preguntara sobre esto porque es inédito, pero igual lo hago por si quieres decir algo).

Es así. Fue mi libro-tesis de la Maestría y de alguna manera la condensó. Lo escribí en un año, con una calma tremenda porque cada texto aparecía entero. No por brillantez sino por su síntesis. La búsqueda (ahora lo veo un poco más claro) era que cada uno de los textos respondiera a un momento (por demás doloroso) en mi memoria. La vida o el destino, hizo que yo tuviera dos madres. Al momento de venirme a Nueva York una de ellas, había muerto unos meses atrás. Murió enferma de un cáncer tremendo que la dejó sudada y débil en la misma cama de su cuarto en Maracay, un lunes después de semana santa. Lo sorpresivo del hecho, más las tristes circunstancias familiares que lo rodearon me dejaron prácticamente mudo, adolorido y asqueado. No tenía planteado escribir sobre eso pero uno no decide esas cosas. Un día me senté y escribí “Yo tuve un padre hasta los huesos” con todo el hartazgo y la ironía que encierra aquello. Allí empecé ese libro que en su forma final tiene 100 páginas divididas en cuatro partes, más o menos asociadas a cuatro “estadios” previos a la muerte misma. Si tuviera que pensar en “presencias” mentales que atravesaran los textos, pensaría en las lecturas de Parra, Kozer, Watanabe, Pacheco y Zurita. No se parece a nada de lo que escribí antes y tampoco a lo que he escrito después. En cualquier caso, fue honestamente, un libro necesario de escribir. No me sanó ni enfermó de nada. Creo que tanto el dolor como la alegría, en sus estados más exaltados, son incomunicables. Hay algo de un torturado o de un místico en su éxtasis que nunca podremos saber. Solo cumplí con una cosa: no hablar de la muerte con un tono sobrio, elegíaco, a todas voces ajeno. Creo que quien lo lee me siente hablar. El hijo único soy yo.


Eres editor asociado de la revista cultural Viceversa. ¿Qué tal la experiencia de promover a artistas hispanoparlantes en Nueva York?

ViceVersa es principalmente una plataforma de promoción de la excelencia de América Latina en el mundo y especialmente, Estados Unidos. Ese principio rige su forma principal, la de revista digital y pronto demostrará su presencia en otros ámbitos comunicacionales. Como tuve la oportunidad de decir en un editorial publicado en sus primeras semanas, ViceVersa está en el ingenio y el talento de millones de personas que están trabajando en tantos ámbitos como el ingenio humano permite. Por ello no es una publicación de entrevistas, a pesar de tenerlas, o de crónicas, arte, política o diversión. Es una plataforma de excelencia. Lo es de promoción cultural tanto en cuanto tomemos a la cultura como manifestación común de las actividades humanas. Por ViceVersa han pasado en estos 11 meses, desde médicos, deportistas, fotógrafos hasta embajadores, cronistas y diplomáticos. Contamos en este momento con casi 200 colaboradores entre todas las secciones del corpus. Esos colaboradores pueden estar en Chicago, Brooklyn, Miami, Montreal, Madrid, Berlín, Lima, Buenos Aires, Barcelona o Londres. Los une su ímpetu y su talento. Ver y potenciar semana a semana tanto esmero no puede sino ser muy gratificante.  Además del rol de Editor Asociado, mi colaboración en el contenido está compuesta por entrevistas, principalmente. En un momento de mi vida pasé a tomar todas las mañanas mi celular, su cargador y la grabadora. Entrevistar ha sido y es, un placer enorme.


¿Cómo percibes el cambio del panorama cultural neoyorquino?

Nueva York es el cambio hecho ciudad. Tengo suerte de que la mesa en que me senté a contestar estas preguntas siga donde estaba cuando llegué. No creo que esté ocurriendo “un cambio” específicamente. Desde la experiencia, hispanoparlantes que vivieron aquí en los 80´s dicen que en aquel entonces había muchísimas librerías enteramente en español. Hoy en día hay secciones y contadas. Con eso lo que quiero decir es que hablar de una “invasión latina” me parece una falsedad. Aquí están todas las invasiones juntas, asiáticas, africanas, europeas, oceánicas, todas. No siento ningún cambio que no tenga que ver con los de la época, es decir, el mundo de Apple, CVS y todo aquello. Parece que lo “alternativo” o “under” que regía la escena, ha mutado también en nuevas formas de diversión ligadas al consumo. Pero eso está pasando en todo el mundo. Laptops invadiendo los cafés, en fin. La amenaza no está en las sintonías sino en la pérdida de las diferencias, en la homologación de todo, en que todos los distritos y todos los vecindarios tengan la misma red de farmacia, comida o servicios. Eso me parece un cambio peligroso. Por otro lado, siempre habrá alguien haciendo “lo que no se debe” cosa que en algún momento fue el cuasi slogan de la ciudad. El panorama es que no hay panorama. Ahora es más fácil que alguien publique, imprima y distribuya su obra sin salir de su casa. Es verdad que quizás, ya la ciudad no sea tan mítica y esos estándares agredan su particularidad asemejándola a otras grandes y modernas “hechuras” del capital.



Tienes una relación muy cercana con la música, especialmente con la que privilegia el uso de la palabra. ¿Cómo se presenta para ti la relación entre lengua y música?

Con toda la música. Bueno, lo primero que habría que decir es que la música es un lenguaje, mucho más universal que la literatura. Se puede escuchar música (cualquier música) sin instrucción musical, en cambio un analfabeto no puede sino naufragar frente a un párrafo en cualquier idioma. Las frecuencias, los intersticios, los ritmos, están en todas partes. El momento en que una tradición es transmitida oralmente, con ciertas cadencias y sobresaltos, susurros o estridencias, se está conduciendo lo humano a través de la música. Ahora, con la palabra, quizás el siglo XX tuvo una exaltación de la canción que llevó a la canción pop de tres minutos y medio que impera en la radio y que amenazó a una obra como Like a Rolling Stone. Las arias y la Ópera ya tenían una “canción” pero no había radio ni tarimas de TV. En ese sentido, creo que a partir del siglo pasado y de la influencia de (unos cuantos, fundamentales) compositores, se empezó a construir un género que me encanta e influye mucho, que es el que aludes. Algo pasa en el mundo cuando aparece alguien como Dylan con ese fraseo tan particular, o un Stevie Wonder, Mercury, McCartney. ¿Cuántas cosas pasan en Subterranean Homesick Blues? ¿y en A day in the life? ¿Maestra Vida? Yo crecí en un ambiente donde había muchísima música. Mucha salsa, por ejemplo. Yo creo que en mi vida, hay una canción detrás de todo. La música me ha permitido descubrir y disfrutar cosas muy complejas, ajenas a mi conocimiento. Por ejemplo, hay algo en Innuendo, de Queen que habla de la muerte sin traerla a colación. Los dinosaurios, de Charly García, cuando tienes 15 años y tu papá acaba de morir es algo que te cambia la vida. Allí porque hay párrafos e imágenes claras, pero la música “La” está compuesta de frases, igual de profundas y expresivas. Bach, Mozart o Rachmaninov. Allí sí nos vemos más comprometidos porque hay que ver lo que unos pocos minutos de esos colosos pueden hacer en nosotros. Ahogo y gloria.

Juan Luis Landaeta, Caracas (1988) En 2008 resultó ganador del I Concurso de Poesía y Cuento de la Escuela de Derecho de la UCAB con "Comercio Carnal". En 2009 recibió una Mención de  Honor en el III Premio Nacional Universitario de Literatura por el libro "Destino del Viento". En 2011 con el libro "La conocida herencia de las formas" recibe una mención especial en el I Premio Nacional de Poesía Eugenio Montejo. Es abogado egresado de la Universidad Católica Andrés Bello en 2012. Cursa actualmente la Maestría de Escritura Creativa en Español ofrecida por New York University y es Editor Asociado de ViceVersa Magazine en Nueva York.







martes, 7 de julio de 2015

"No creo que los géneros artísticos tengan nada puro" – Entrevista a Víctor García Ramírez por Raquel Abend van Dalen

¿Cómo comenzaste la escritura de tu libro de ensayos Todos cantando, todos tomando?

Fue un proceso discontinuo porque no escribí ninguno de los textos pensando en el libro en el que se convertirían. La unidad que constituyen apareció después. Al principio tenía sólo notas inconexas, fragmentos que me vi obligado a condensar, amplificar o desechar cuando entré el taller de ensayo de Armando Rojas Guardia. La agudeza y generosidad absoluta de Armando fueron fundamentales para mí. En ese momento me animaban dos cosas: huir de la escritura que respondiera a propósitos definidos de antemano y evitar utilizar explícitamente los recursos conceptuales que había adquirido en mis estudios.
Los temas de los cuales hablas en este libro son poco convencionales dentro de la ensayística venezolana. ¿Qué te llevó a escogerlos?
Podría decirte, sin mentir, que se trataba de escribir sobre mis diversiones. Lo divertido, en cualquier caso, es que los objetos que abordo tienen en común ser encrucijadas discursivas, rincón de chismes. Por eso cada ensayo atiende sólo de manera estratégica al objeto en cuestión, su verdadero interés está en los discursos sobre ese objeto. Me interesa el chisme que el objeto propicia. En buena medida, detenta un impulso de eso que técnicamente se llama “metacrítica”, es decir, el chisme del chisme. Aún hoy sigo interesado en las imágenes e ideas que se producen en esa zona donde los verbos “criticar” y “chismear” se confunden.   
Aparte de tu labor de creación literaria, también haces vida académica. Ahora cursas el Ph.D. Program in Hispanic and Luso-Brazilian Literatures and Languages. ¿Cómo compaginas ambas labores?
La vida académica me roba casi todas mis energías porque es mi trabajo. Pero lo disfruto mucho y, para ser honesto, alimenta mi creación literaria. Ya tendré la oportunidad de robarme tiempo académico para concretar algunos asuntos pendientes en términos creativos, pero por ahora no me preocupa mucho compaginarlos. Para mí la distinción no es tanto en las labores, sino en el resultado.
¿Qué temas te obsesionan?
Creo que mi relación con las cosas en general, no sólo con la escritura, es muy poco obsesiva. Nada me abarrota la cabeza por mucho tiempo. El mundo me parece mucho más interesante que cualquiera de mis pensamientos.
En tus ensayos escribes sobre cine y sobre música, desde la Tigresa del Oriente hasta Antony and the Johnsons. ¿Cuál es el desafío al escribir sobre estos temas dentro del género de ensayo?
Como no buscaba afirmar cognoscitivamente nada sobre los objetos que escribí fue un placer moverme por esos temas. Los abordé con una seriedad vandálica. En estos textos, la cita envenenada, el adjetivo impreciso y las interpretaciones arbitrarias tienen tanta legitimidad para mí como la información más exacta y corroborada. Lo que me interesaba era vagar alrededor de los diversos objetos, viajar en los discursos que los mismos desprendían. Es algo que te lo permite un género como el ensayo: el género del errante. No es casual que la imagen del viaje está presente en casi todo el libro y una amargada voz de turista cierre el conjunto. Por ello, no me siento muy responsable por lo que digo en el libro, como quien viaja no se siente muy responsable por el paisaje que se le ofrece ante los ojos. Me libero así de la tontería de estar de acuerdo conmigo mismo. Digamos que abordé la escritura como una suerte de actuación.
La restricción, o el “desafío”, fue más bien en materia de estilo: me di cuenta, al momento de seleccionar y revisar los textos, que quería conjugar voces distintas, hacer un libro con energía coral. En ese sentido, elegir objetos que pertenecen a campos relativamente disímiles ayudaba mucho pues me obligaba a variar las voces. En el caso de la Tigresa del Oriente lo que hay es la voz del cronista pop, informado y superficialmente erudito, y en el de Antony and the Johnsons me importaba darle vida al fan-a-muerte. En el texto sobre Anticristo de Lars von Trier, buscaba presumir de cierta “objetividad”, jugar a la réplica, al contrapunteo. Todos los ensayos se mueven un poco entre el homenaje y la parodia; me gusta la equivocidad que esto puede hacer emerger. No se trata de si pienso lo que digo o si lo que digo es cierto, sino de atajar y jugar con lo que se dice.

Sinécdoque Sardinata, uno de tus ensayos, tiene un componente narrativo importante. ¿Crees que hoy en día sigue siendo posible una distinción tajante entre los géneros literarios? ¿Crees que alguna vez estos géneros literarios fueron "puros"?
La verdad es que rara vez puedo ensayar sin narrar: tengo vocación de escenógrafo de ideas. “Sinécdoque Sardinata” es una crónica que utiliza el recurso de la autoficción en un registro infantil. Tal voz infantil y el marcado carácter testimonial le imprimen cierta aura de inocencia, manipuladora, por supuesto. Por eso fue divertido hacerlo. Allí la tensión narrativa es fundamental pero no para resolver un cuento, sino para llegar a unas cuestionables conclusiones seudo-humanistas contra la violencia.
Por otro lado, los géneros literarios, como todas las distinciones conceptuales, son esquemas ideales que forman parte de nuestra tradición. Nos permiten jugar a (des)ordenar. Me gustan especialmente los géneros “muertos” que se van acumulando en la historia de la literatura, esos que se supone ya nadie volvió a usar. También me llaman la atención las mutaciones de los que siguen vigentes. Son tantas las categorías y subcategorías que habría que ser un botánico de la literatura para hablar con relativa autoridad sobre este tema. Y si miramos a los vecindarios de la música y las artes plásticas, las recientes distinciones genéricas son tan abrumadoras y fascinantes que sólo leer los nombres puede provocar dolor de cabeza. El surgimiento de un nuevo género implica siempre un cambio en la geografía de las artes, ayuda a desbaratar lo conocido. Por ejemplo, la práctica del “apropiacionismo” en las artes plásticas trastoca un montón de nociones conservadoras sobre lo que es un autor, la originalidad, el contenido. Por supuesto que no creo que los géneros artísticos tengan nada puro: se comportan como los territorios de los países, como las “culturas” y por ello están destinados a emerger, hundirse, invadir, ser invadidos, morir de pobreza o abusar de su fortuna. La pureza –o la autenticidad– en cualquier ámbito ha sido históricamente un ideal peligroso, aunque esté lleno de buenas intenciones. Estos calificativos cuando se usan para distinguir tajantemente no responden a la realidad que nombran sino a un defecto de vista de quienes los emplean. Como lector tiendo a imaginarme las obras como seres individuales y no como ejemplos de un género. Reducir la obra a su clasificación genérica es como reducir una persona a su contexto; lo primero me aburre, lo segundo me da asco moral.
¿Has pensado en escribir narrativa?
Algunas tonterías sin terminar tengo por ahí.
¿Cómo tus estudios en filosofía influyen en tu manera de pensar y escribir? ¿Qué autores te han marcado especialmente?
Lo más importante para mí fue la fortuna y el privilegio de disfrutar durante años del diálogo formativo con mi querido y recordado profe Ezra Heymann. Gracias a él comprendí que la filosofía era fundamentalmente el arte de la conversación, de la afinación del pensamiento y no un asunto de autores. Con él, incluso la escritura tenía un lugar secundario frente al agudo ejercicio del diálogo vivo y la lectura atenta.  
Temáticamente, desde hace años, estoy interesado en las formas literarias de la filosofía y en la literatura como forma de pensamiento, como forma de “filosofía”, en su sentido más amplio. En términos de ideas, lo más importante en mi formación ha sido la dosis de escepticismo, de distancia, con respecto a las posibilidades del propio pensamiento; al hiato hay entre éste y el mundo. “La mente es un hueso”, decía Hegel, es decir, se resiste a sí misma con terquedad y dificultad. En muchos sentidos, no he dejado de ser un alumno de primer semestre, aún estoy impresionado por esas primeras lecciones en las aulas de la UCV, en las que se me mostró que como no podemos estar seguros con respecto a lo que pensamos no queda más remedio que seguir pensando, imaginando, divagando, conceptualizando.
¿Actualmente cómo es la labor de pensar y escribir con respecto al mundo que nos rodea?
No sabría responder esto en términos generales. Pero es una pregunta fundamental en mis dos ámbitos formativos: el de la filosofía académica y el de la crítica cultural. Entre estos territorios hay muchos hiatos que justamente tienen que ver con los modos en los que atienden esta pregunta. El desajuste entre pensamiento y mundo es el nervio de la filosofía. Personalmente, me interesa más el fracaso que el acierto de nuestras aproximaciones conceptuales, o imaginarias, al mundo. Aunque no siempre es preferible, me parece más valiosa la experiencia de un “¡Bah! Esto no es como pensaba”, que aquella que me confirma mis juicios. Creo que si no está presente este desajuste y fracaso de nuestros esquemas de pensamiento, corremos el riesgo de confundir nuestras ideas sobre el mundo con el mundo.

En el ámbito de la crítica, especialmente en los así llamados estudios culturales, mi espacio de formación actual, la situación me parece distinta porque hay cierta demanda de pensar “lo que está pasando”, lo “urgente”. Por ello no es difícil conseguirse con textos que exudan una suerte de triunfalismo conceptual. Todos descubren algo. Es muy divertido si uno no se lo toma muy en serio. Por supuesto que hay contribuciones maravillosas y acertadas, pero con frecuencia parece que sus autores olvidaran que dichas contribuciones son de orden conceptual. Soy un escéptico de la reducción del mundo a un texto legible y, mucho menos, completamente compresible. La textualización del mundo, como metodología crítica, me parece una suerte de idealismo irresponsable. Para mí, la crítica debe ser más el testimonio de una derrota que de un acierto, de un merodear que de un dar en el blanco; sino es que quiere reducir el riesgo de pagarse y darse el vuelto a sí misma. Por otro lado, la actividad crítica cultural tiene la virtud de exigir y formular explicaciones donde la filosofía sólo parece capaz de preguntar. Ambas actividades me parecen fundamentales. Lo que realmente es muy difícil de determinar es cuándo es más importante una pregunta que una explicación y viceversa. Hay quien lee sólo buscando explicaciones y hay que lee sólo buscando preguntas. Los primeros no paran de comprender, los segundos de maravillarse.
 ¿El estar viviendo afuera de tu país de origen ha influido en tu forma de pensar y escribir?
Seguramente, pero de un modo poco perceptible porque aún estoy en la fase de turista-hedonista. No ha pasado tiempo suficiente, quizás.
¿Estás trabajando en un nuevo libro?
Sí. Idealmente se trata de dos proyectos más o menos claros: muy distintos entre sí. Pero, la verdad, no son más que un puñado de textos incompletos. Vamos a ver si me enserio un día de estos y los culmino.


Víctor García Ramírez (Maracay, Venezuela) Licenciado y Magister en Filosofía por la Universidad Central de Venezuela, en cuya Escuela de Filosofía se desempeña como profesor en el Departamento de Teorética desde el 2006. En el año 2011, ganó el premio de autores inéditos de Monte Ávila Editores con el libro de ensayos Todos cantando, todos tomando, publicado en 2013. Con “La dicha en la esclavitud”, uno de sus más recientes ensayos, obtuvo una mención en el VIII concurso de ensayo Caminos de la Libertad (México). Actualmente el Ph.D. Program in Hispanic and Luso-Brazilian Literatures and Languages en la City University of New York.

miércoles, 27 de mayo de 2015

“Las Patricias de Hanni” – Entrevistas a Patricia Van Dalen y a Patricia Guzmán por Raquel Abend van Dalen



Se me ocurrió entrevistar a dos mujeres que fueron muy cercanas a la maravillosa poeta venezolana Hanni Ossott, pues desde su muerte ha ido naciendo el personaje “Hanni Ossott”, que se ha ido alimentando de anécdotas sobre su vida, muchas veces modificadas por cada nuevo narrador que las cuenta. 
Siempre he estado especialmente aferrada a la poesía de Hanni, no solo porque ella estuvo muy presente en mi infancia, sino porque sus poemas fueron de los primeros en encaminarme hacia la literatura.
A continuación comparto las respuestas de las dos Patricias:


PATRICIA VAN DALEN


Fuiste alumna de Hanni Ossott en el Instituto de Diseño Fundación Neumann. ¿Cómo comenzó tu amistad con ella?

Me fascinaba su clase, era mi favorita de las diferentes materias que tuve en los primeros años del Instituto, entre 1973 y 1975. A pesar de que el salón de clase se llenaba de alumnos, sentía de alguna manera que yo era la única que estaba concentrada en lo que Hanni decía -- o dejaba de decir. Esto ocurrió en dos lugares, en un salón de un edificio industrial en Los Ruices, en el primer año, y en el segundo año, en un cuarto con pupitres y dos ventanas que daban al jardín de una casa en la Alta Florida, un espacio bañado de una luz muy especial con un gran pizarrón verde y a Hanni usualmente en una esquina de pie. Me parecía intrigante su manera de irnos llevando por los libros que ella consideró incluir en este seminario. Alicia en el País de las Maravillas fue uno de los temas, también Por el camino de Swann de Proust, Las Elegías de Duino de Rilke, Un golpe de dados de Mallarmé, ¡ah! y Las Olas de Virginia Woolf, todos dejaron huella en nuestra psique.
Tal fue la influencia que Hanni tenía sobre algunos de nosotros, que por mi parte luego de ya no estar en su clase, quise conservar el diálogo, las preguntas y su compañía. Cuando Hanni se preparaba para mudarse a Grecia, ya éramos amigas. Recuerdo que vivía en Chuao en un apartamento luminoso, y que me quedé con muchos de los catálogos de exposiciones que ella conservaba en su biblioteca cuando empacó sus cosas para la mudanza a Europa. Comenzó luego una correspondencia periódica, cada vez más cercana. Hanni se mudó luego de un año, creo, de Atenas a Hampstead, Inglaterra. Ya vivía yo en Paris a principios de 1980, cuando recibí su llamada desde el norte de Londres para invitarme al matrimonio con Manuel Caballero. Esto selló nuestra amistad que continuó durante el resto de su vida.

¿Cómo influyeron sus clases en tu percepción del arte y del color?

No sabría decir si sus clases influyeron de manera directa en mi percepción del arte, porque además no era arte lo que estábamos supuestos a estudiar en el IDD, sino diseño, que es otra cosa. En todo caso, cuando ella fue nuestra profesora, la parte que me resultó más significativa fue la relacionada con la literatura universal, que nos despertó el imaginario, el juego con las palabras, y desarrolló nuestra sensibilidad; nos abrió las puertas a otros niveles de conocimiento.
En cambio, la palabra arte no la recuerdo como parte de su vocabulario, aunque por supuesto tratamos temas como la comunicación visual y los fundamentos del diseño, y del arte, con libros como Punto y Línea sobre el Plano de Kandinsky. Pero no me extraña que no recuerde sino las clases sobre grandes obras literarias, y no aquellas en las que se hablaba del arte, porque usualmente me siento más cómoda con otras lecturas; con las que emiten resonancias poéticas, por ejemplo, y aquellas que estimulan la imaginación.

Siento que el arte me fue ajeno durante mi formación en el Instituto. Hanni, ya en tanto que amiga, más que hablarme de arte lo hacía sobre música (Eric Satie), poesía (sobre todo la suya), cocina (“Patricia, cocinar solo tiene sentido después de los treinta años”), sobre su familia, el mar, las flores del apamate, el parque de Hampstead, sobre tantas cosas de lo cotidiano, describiendo detalles de su vida con precisión. Hanni no desperdiciaba palabras: decía frases que suenan a sentencia, anunciación, a oráculo. Siempre con certeza. Aún así, llegó a decirme que también había que aprender a hablar pistoladas. A Hanni le dio curiosidad cuando comencé a dibujar hacia 1983, cuando fui dejando la aspiración de ser ilustradora para irme acostumbrando a la idea de que tal vez sería artista. Me observaba expresarme con creyones y pinturas y, cuando le pedía su opinión, no se refería tanto a la parte estética de mi trabajo, sino más bien a cómo yo lo hacía, mi gestualidad, la energía, y de aquellas fuerzas que percibía en los primeros trabajos. Años después fue a Hanni justamente a quien pedí escribiera los textos de al menos tres de los catálogos que se imprimieron en ocasión de exposiciones individuales mías. Yo confiaba en su criterio y era para mí el mayor de los privilegios el que pusiera en sus palabras lo que mi trabajo le producía, que pudiera leer mi obra y traducirla en términos verbales para los demás.



En la época en la que viviste en Paris, comenzaron una correspondencia de cartas Hanni Ossott, el artista plástico Roberto Obregón y tú. Cuéntame sobre esto.

En el libro “Sala Mendoza 1956-2001”, en la página 168, hay una fotografía que nos recoge a los tres conversando, escena que se repitió muchas veces en varios lugares de Caracas desde mediados de los 70 hasta principios de los 80. Era 31 de diciembre de 1980, en un hostal de los Alpes Franceses, y allí estábamos un grupo de amigos venezolanos, pero Hanni y yo nos apartamos para ir a escribirle a Roberto, que era nuestro amigo común, al que extrañábamos por igual. Hicimos un cadáver exquisito que le enviamos por correo. Esa fue la única vez que le escribimos juntas, en el mismo trozo de papel. Por cosas del destino, y gracias a una persona que sabía apreciaría muchísimo conservarla, me fue devuelta esa carta y la conservo ahora entre mis tesoros. Así como todas las cartas entre Roberto y yo, y Hanni y yo, y en casi todas se mencionan a su vez el uno y el otro. Me encantaría saber de las que se escribieron Hanni y Roberto… No conozco ese lado de la ecuación.

¿Cómo influyó su poesía en tu obra como artista?

Es difícil de explicar. Creo que la Hanni dentro de mi sistema estructural, de referencias y parámetros que delinearon valores a seguir, fue de las principales personas que me dieron permiso para ser artista. Que es algo que vino muy lento, y casi como un defecto de fábrica habiendo estudiado en una escuela de diseño gráfico. Era natural que después de imbuirme en su escritura, su pensamiento, su personalidad, y bautizarla alguna vez como una “madre intelectual”, el producto de mi propia cosecha se construyera sobre la base, uno de cuyos pilares fue Hanni.  A veces frágil, a veces implorante, o lapidaria, muchas veces descriptiva mostrándonos los objetos y la naturaleza, siempre escribió desde lo más adentro de su propio centro; contundente, completamente honesta y descarnada.
Recuerdo por ejemplo el día en que escribió Del país de la pena. Lo escribió de un solo tirón en una noche de noviembre de 1985 hasta las cuatro de la mañana. Me lo leyó si no ese mismo día, por ahí cerca. Cómo no me va a influir su portentosa escritura. Tuve su aprobación, la de ella, la que sabe, desde el comienzo de mi nuevo interés en eso que se convirtió en la pintura. Saberla de mi lado me dio seguridad. Fue también Hanni quien me invitó a dar clases, dijo que era importante que lo hiciera. Y gracias a su empuje enseñé a ver Color en el Instituto de Diseño Neumann, que era la materia que requería de un nuevo profesor. Así que esto también forma parte sustancial de quien soy como artista, pues Color ha sido por más de treinta años el elemento identificativo y recurrente en mi obra.

Se ha ido creando una especie de leyenda literaria alrededor de la muerte de Hanni Ossott. Muchos asumen o quieren creer que se suicidó: lectores atrapados por el mito de la "poeta suicida". Sin embargo, sus seres cercanos saben que no fue así. ¿Qué piensas sobre esto?

Yo no estaba en Caracas cuando falleció Hanni. Manuel me llamó por teléfono y recuerdo que dándome la muy triste noticia me dijo que Hanni se había atragantado con una galleta hacia las nueve de la noche del 31 de diciembre, y que con ese ataque de tos le había venido un paro, no se si cardíaco o respiratorio. Que él me había incluido en el Obituario que se publicó en la prensa nacional, como parte de la familia de Hanni.
Hanni no se suicidó, si lo hubiera hecho así lo hubiera comunicado su esposo. Fue mucho más simple que eso, fue con algo tan amoroso y hogareño, ¿literario?, como comer galletas, en su casa, acompañada de Manuel y de Ulises, su gato. Nunca tuve la impresión de que a Hanni le interesara el suicidio, no hablaba de eso, no escribió sobre eso que yo sepa. Y a Hanni las cosas o le interesaban, o no le interesaban, no había medias tintas. Yo no sabía que existía la duda; me parece que esa leyenda más que inexacta, es ilógica. No estamos ante alguien que escondería algo así, me refiero a Manuel.


En las Obras completas de Hanni Ossott hay un texto crítico de Patricia Guzmán y una de tus obras como portada. Tengo entendido que la escogió el esposo de Hanni, Manuel Caballero, con quien también tenías una amistad cercana. ¿Qué significó para ti acompañar su obra completa?


Fue Bernardo Infante en abril de 2006 quien me escribió planteándome que Manuel y él estaban comenzando a preparar la publicación de las obras completas de Hanni, y que consideraban que una obra mía debía ir en la portada de uno de los dos tomos que se pensaba hacer (el de poesía-traducciones, y el de ensayos), además de una edición de serigrafías de mi autoría que acompañaran al libro. En febrero de 2008 le envié por email el proyecto definitivo a Bernardo, proyecto que aprobaron y que se imprimió en la editorial Bid & Co. Fue inmenso el impacto emocional al ver esta pieza realizada especialmente para Hanni ya en la portada troquelada de las Obras Completas. Al principio extrañé los colores originales de esa imagen que creé a partir de una fotografía digital de un detalle de una instalación mía de banderitas de vinil anaranjadas, rojas y rosadas, pero luego comprendí que tal y como había quedado era el tono que debía tener, más sobrio. Así lo habría querido Hanni, una portada más enigmática, menos literal, menos “chillona”. A medida de que pasa el tiempo esta suerte de alianza entre mi trabajo y la escritura de Hanni en el objeto libro (que entiendo está agotado en las librerías), cobra más importancia; para mí es un símbolo de nuestra amistad, y de algún modo su bendición a mi obra. Es un raro privilegio, por único, poderla acompañar de esta manera, proyectando en la portada de este libro potente, cuyo prólogo es de nuestra querida amiga común Patricia Guzmán, una imagen cuyo origen estuvo signado por toda la cultura que Hanni me legó. El 13 de julio de 2008 se presentó el libro Obras Completas en el Centro Cultural Chacao, de Caracas.

¿Cómo recuerdas a Hanni Ossott?

Como un ángel, bella, delgada, de pantalones azul marino y blusa celeste de rayas blancas; un estilo de peinado tipo francés, corto, el pelo lacio y rubio; un perfil semejante al de Romeo en la película de Zeffirelli. El físico de ella era único, yo no conocí nunca alguien como Hanni. Como sacada de un libro o de una película. Siempre la percibí iluminada, de una inteligencia refinada, lúcida, cruel a veces pero sin maldad. Los ojos de Hanni ocupaban la mitad de su cara, y su mirada transparente venía siempre cargada de una intensidad singular, franca, inquietante, nunca banal. Fumaba, mucho, y lo hacía con estilo. Se vestía conservadora con zapatos clásicos de cuero, bellos zapatos y carteras sobrias que hacían juego, color caramelo. No usaba joyas, apenas zarcillos pequeños, el anillo de casada, y un sencillo collar. Y una sonrisa discreta, como de quien está contenta. ¡Me gustaría mucho poder conversar de nuevo con ella!



PATRICIA GUZMÁN


¿Cómo conociste a Hanni Ossott? ¿Ya habías leído su obra antes de comenzar la amistad?

Antes de poder decir cómo la conocí, debo aclarar además que mi relación con Hanni fue gestándose lenta y progresivamente. La primera vez que nos vimos fue en febrero de 1987, en casa de la poeta Elizabeth Schön, quien tuvo el bello e inolvidable gesto de ofrecernos a mi esposo Nicolás y a mí un almuerzo entre amigos comunes, invitados por ella, como despedida por nuestro viaje a París, ciudad donde yo cursaría estudios de doctorado mientras Nicolás seguiría sus investigaciones científicas en el Instituto Pasteur. 
Una mañana de noviembre al cierre de 1997, la sombra del jardín del fondo de la casa editora Monte Ávila, en Altamira, nos volvió a juntar y compartiendo una pequeña mesa con María Fernanda Palacios y Rafael Cadenas celebramos la aparición de El circo roto.
Eslabones entre Hanni y yo, también fueron sus hermanas, particularmente Süsse e Ingrid y muy especialmente su compañero de vida Manuel Caballero, quien el 14 de febrero preparaba un desayuno especial para Hanni por su cumpleaños al que solía invitarme, entre otras ocasiones.

Además de amigas eran colegas. ¿Cómo funcionaba esa relación entre dos poetas de sensibilidad tan fina?

Intuyo, Raquel, que lo que llamas muy acertadamente “sensibilidad tan fina” quizá haya sido un rasgo que Hanni reconoció en mí con el que podía sentirse afín.
Si bien yo también escribo poesía, no me atrevería a considerarme a la altura de Hanni. Ella en una ocasión me dijo que le habían gustado los dos libros míos que había leído –se refería a De mí, lo oscuro y a Canto de oficio, mis primeros títulos- porque no eran “mentirosos” y porque le hicieron ver como yo me tomaba en serio el sufrimiento y la escritura.
Una de las referencias a la que le otorgo mayor valor, es la que le escuché decir al poeta Armando Rojas Guardia en ocasión de la presentación de mi libro Con el ala alta, en la librería El Buscón: “Otro tanto podría afirmarse de la asidua aparición del ángel en estas páginas, el cual por supuesto nos remite al Rainer María Rilke de las “Elegías de Duino”, cuya traducción nos ofreciera Hanni Ossot, tan cara a Patricia por muchos motivos”. No explícitos para mí, motivos que se me imponían como una inmensa disposición a entenderla y atenderla, a socorrerla, a desvelarme con y por ella, a temblar con ella, a afiebrarme junto a ella, a sentirme tan desvalida como ella, a mojarme los pies con ella en la “Playa sin fin”, a ascender a los acantilados para alcanzar la prístina flor Edelweiss, “florecilla apasionada/entreverada entre las rocas”, ante la cual le escuché declarar su ansia de “un cielo alto/rocoso/pleno de dioses”.

Todos conocen y admiran a la poeta, ¿cómo era la amiga?

No puedo decir con claridad cómo era la amiga, porque el lazo de amistad entre Hanni Ossott y yo estuvo circunscrito al ámbito psíquico y poético y no al ámbito del diario devenir.
Si bien compartimos un café y almorzamos alrededor de una misma mesa el motivo que nos reunía -excepto la celebración de su cumpleaños que antes mencionara- era de orden poético: conversar sobre su obra y/o presentar un libro suyo.

De cómo era Hanni la amiga, pueden dar testimonio –entre las personas que conozco  y que sé que fueron sus amigas- especialmente Patricia van Dalen, María Fernanda Palacios, Arlette Machado, Laura Sardi Pérez-Matos, y Judit Gerendas, quien escribió un perfil de Hanni tan vívido que se me impone incorporar: “Recuerdo la luminosa figura de Hanni participando en la Renovación, serena y apasionada, tímida y llena de coraje. Era una de las más jóvenes, una niña casi. Delgada, grácil, muy bella, permanecía sentada escuchando en silencio, la cabeza inclinada a un lado, seguramente ya figurando infinitos. Luego intervenía, concisa, breve, tajante, segura de sí misma.”


¿Cómo la recuerdas?

La recuerdo como un gato, como su gato Ulises porque me quedó grabada la energía que se establecía entre Hanni y ese animal, cuando ella le miraba fijamente: ambos tenían los ojos azules –los de Ulises eran verdes “y en la tempestad, azules”, escribe Hanni en un poema sobre Ulises, en el que podemos entrever la asombrosa y enigmática manera cómo se proyectaba en el… “y te contorneas al borde del mundo” –y ella apuntó en otro instante: ‘…Me cruza una pendiente/ me traza un precipicio/ en el amor…’- .
Nadie osaría negar que los ojos y la mirada de Hanni era uno de sus atributos físicos más llamativos. Su mirada, de hondo alcance, de una fuerza avasalladora y de un poder sobrenatural, la condujo al unísono a una profunda introspección, a un continuo cavilar en el vacío de su propio abismo para llegar a descifrarse.
Al despertar el año 2003, Manuel llamaría a casa para darme aviso de que Hanni había fallecido en la Casa de reposo, tranquila y mientras saboreaba galletas de mantequilla con sabor a Alemania, a su infancia, a su madre. Con pudor, pero llamada a ser sincera, digo ahora que sentí su muerte como la de un miembro de mi familia consanguínea, y lloré cuando su hermana Ingrid me abrazó y permanecimos agarradas de manos mientras estuvimos en el velatorio. Y también cogidas de las manos estuvimos la tarde en que como otro gesto de amor de Manuel por Hanni hizo posible que sus cenizas fueran esparcidas en los jardines de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela, “porque era el único sitio donde ella era feliz”, explicaría quedamente Manuel.


¿Qué significa para ti ser una de las patricias de Hanni?

Ser “una de las patricias de Hanni” ha sido un privilegio. Y antes de proseguir creo conveniente explicar de dónde surge esa idea o esa especie de categoría. Surgió de una manera espontánea entre Patricia van Dalen y yo, mientras nos fuimos percatando de lo similar que son nuestros sentimientos por Hanni, de la huella que ella dejó en ambas, de las coincidencias entre el lenguaje plástico con que Patricia v.D. honra su memoria y mi lenguaje escrito –Patricia G.-.
No puedo recordar el momento exacto en que comenzamos a asumirnos como tales y a firmar de esa manera los mensajes que nos intercambiábamos. Ha sido un privilegio, un goce, una alegría doble para mí porque a más de sentir el enorme afecto que siento por Hanni, siento un gran afecto y una profunda admiración por el trabajo artístico de Patricia van Dalen y me halaga saberme su amiga.


¿Sientes que su escritura ha influido la tuya de alguna manera?


Raquel, de una manera diría enigmática, pues apenas leí su primer libro tanto ella como sus poemas desencadenaron en mí una especie de mimetismo psíquico que me condujo a escribir versos con “sus” palabras. Su  ángel fue mi ángel. Y cuando me llegó la enfermedad y tuve que entrar a un quirófano, antes, recuerdo que presa del miedo me persigné y dije: “porque se cierre la herida del ángel”. Acababa yo de escribir mi segundo libro, Canto de oficio, cuya dedicatoria reza así: “A Hanni Ossott por haberme mostrado la herida del ángel”.




En las obras completas de Hanni Ossott, editadas por Bid&co.editor, hay un texto crítico tuyo y una obra de Patricia Van Dalen en la portada. ¿Cómo surgió la idea de que ambas participaran en este libro?

Manuel Caballero, fue quien decidió confiarnos a ambas seleccionar, comentar e iluminar la obra de Hanni. Y así se lo sugirió a Bernardo Infante cuando se propuso publicar su obra. Imagino que Manuel nos eligió para tan maravillosa tarea por haber sido testigo de lo especial de la relación que cada una de nosotras sostuviese con Hanni.
La edición de las Obras completas de Hanni Ossott que nos reúne, ha pasado a convertirse para mí en una especie de libro de oro, en el que se asientan nuestros nombres en gesto de amor y admiración profunda por Hanni.  Soy la autora del prólogo y del epílogo y Patricia van Dalen de la imagen de la portada: un “Jardín de cayenas”, flores que Hanni adoraba.
Fue muy satisfactorio escuchar a Manuel decirme que los párrafos que tuve que escribir en la contraportada del libro, a manera de presentación de la edición, le parecían escritas por él. Escribí en la espalda de dicha edición, entre otras líneas, las siguientes: …”Aquí, entre estos Poemas selectos, se aviva el fuego aniquilador con el que Hanni Ossott (1946-2002) forja el silencio, el hueco, la iluminada cripta que alberga el indigente estar aquí, a lo largo de la noche descoyuntada y frágil que resguarda la ingrimitud del alma, temblorosa y sumergida en lo profundo, en lo más oscuro”.
En la portada de Poemas selectos nos salen al encuentro los Estallidos de Luz, de Patricia van Dalen, que emergen como la flor entera en que quiso devenir Hanni, brillando como cayena, o, tal y como declarara: “Creo que soy una trinitaria encendida/ una trinitaria fucsia/colgando sobre el muro”.

Espero que mis remembranzas de Hanni alcancen a transparentar las zonas ensombrecidas de su biografía, su vitalísima y apasionada manera de oficiar el diario vivir y en especial la poesía, la docencia y el amar. Sus poemas, que son un advenimiento, son igualmente evidencia contundente de que Hanni no abdicó ante ninguna idea de la literatura y de la vida ajena a la pasión.