...

¡Nos mudamos!

¡Nos mudamos!


Encuentra todas las actualizaciones en http://raquelabendvandalen.com/


Este sitio no se actualizará más de aquí en adelante

viernes, 15 de noviembre de 2013

"El lenguaje, intento usarlo materialmente" – Entrevista a Enrique Winter por Raquel Abend van Dalen


Eres poeta, narrador y traductor. ¿Cómo conviven en ti estas tres formas de escritura y, en el caso de la traducción, de reescritura?

Al principio fueron monogamias sucesivas, escribo poemas desde hace dieciséis o diecisiete años, comencé a traducir hace nueve, cuando me dejaron de gustar las versiones en castellano de autores que amaba en inglés, como John Keats o Philip Larkin, y la novela, si bien la pensé antes, la he escrito sólo en el último año.
Desde que dejé la jornada completa de funcionario, las tres constituyen una poligamia que –admito– a mi cuerpo le queda grande. Por ello conviven gracias a estancos de días o semanas. Cuando traduje a Charles Bernstein, por ejemplo, me dediqué exclusivamente por dos meses, de la mañana a la noche. Ni miré la novela, mientras libro a libro me adentraba en sus formas de expresarse y en sus mecanismos de construcción de los textos hasta casi pensar como él, pero en mi idioma. Por supuesto que apenas terminé, mis poemas estaban pegándose codazos por salir –era tanto lo aprendido– que fluyeron solos, uno con la fragmentariedad de lo que traduje, los demás, me imagino, con robos más inconscientes, sutiles. Es cierto lo de la reescritura, creo que ya venía escribiendo esos poemas míos dentro de las mismas traducciones. Es un calentamiento, tal como lo es leer o apreciar artes visuales o la profundización de las relaciones humanas.
La novela me tiene particularmente activo, expectante, pues al concentrarme en la descripción de las escenas he descubierto obsesiones que desconocía en mí, dando paso a un imaginario más tórrido y distinto del de mi poesía.

Con tu libro Atar las naves ganaste el Festival de Todas las Artes Víctor Jara en Chile. ¿Qué elementos de este proyecto te llevaste a tus otros dos libros publicados, Rascacielos y Guía de despacho?

Atar las naves es un libro muy contenido, apretado, es el cuello del embudo entre el derrame adolescente, impuesto más por la cultura que por un mundo propio y que me alegro haber mantenido inédito, y el derrame en el que me encuentro ahora, que creo ya es una voz, por precaria que sea. De Atar las naves me llevé casi todo a los demás libros, el uso central de las imágenes en tanto argumentos, la conciencia métrica y rítmica, la sensualidad, los dobleces del subtexto, la noción del libro entero como una arquitectura narrativa.

¿Cuáles elementos quedaron sólo en tu primer libro y por qué?

Atar las naves tiene cuatro secciones, resumibles en la infancia coercitiva, la imposibilidad del viaje o del retorno, la seducción y luego el tiempo como inamovilidades. Creo que estos temas, si es que los trato en los libros posteriores, es sólo desde sus consecuencias. Veo en Rascacielos los recorridos desesperados por ser los otros en una estructura coral, que constituye el viaje que Atar las naves negaba. Es en un sentido laxo, más político, profundiza las tensiones entre los personajes, en búsquedas hacia la despersonalización más propias del teatro. Y en cuanto a la escritura, Rascacielos me parece más arriesgado, proceso que creo continúa en Guía de despacho, donde al fin suelto el verso y que puede leerse desde los resultados de ese viaje, donde las relaciones humanas responden a la misma fugacidad de las burocráticas y comerciales. La estructura está cada vez menos a la vista en secciones, pues paso a establecerla en los correlatos internos de los mismos poemas.
Son las sinceras inquietudes de cada momento las que cambiaron más de un libro a otro, por el ineludible contenido experiencial, y hay intensidades un poco más ingenuas o disciplinadas en Atar las naves que hoy no me provocan las pulsaciones intensas que sí me produce la apertura del lenguaje y las posibilidades de representación, alteración y producción del mismo, por ejemplo. Claro que esta relativa conciencia de la rarificación de lo que escribo, la intento sin desentenderme de la calentura y de la comunicabilidad de las emociones, que son tanto o más complejas.

Le das importancia a lo sonoro en tu escritura. Los versos y oraciones que escribes no sólo tienen sentido como significado o imagen, sino que además podemos encontrarles sentido melódico. ¿Cómo surgió este interés? 

Mi obsesión con la música antecede a la de la poesía, y no concibo a ésta sin la primera, tal como muchas culturas lo han hecho por milenios. El lenguaje, intento usarlo materialmente, como un expresionista abstracto ve la pintura, en tanto pasta, con volúmenes independientes del mundo exterior. Esto es algo que se intensificó sólo después de muchos años escribiendo. Hay relaciones intuitivas y sonoras, imágenes que conducen a sentidos equívocos, etcétera, que me interesan bastante. Pienso en las aliteraciones, rimas internas y encabalgamientos, por ejemplo, como herramientas para armar atmósferas sonoras, que a su vez desplacen la persuasión del lenguaje del poder y de la publicidad hacia otras persuasiones, otras maneras de decir y sentir que cumplan así mejor la necesidad política del texto de lo que lo haría la pura denuncia.
Son elementos de los que me preocupo para que el lector venga a consumar el texto abierto, claro que desde el placer, desde el baile que esos sonidos le hicieron adentro.

Siguiendo este tema, ¿cómo surgió el proyecto de acompañar a tu escritura poética con música?

Ese proyecto fue idea del músico Gonzalo Planet, de allí la firma Winter Planet para el disco Agua en polvo –descargable gratuitamente en http://www.portaldisc.com/gratis.php?id=5415–, quien había acumulado ideas para un disco solista, luego de años en agrupaciones en las que participaba más de los arreglos que de la composición. Así que fui yo el que llegué a acompañarlo a él.
La oralidad es parte importante de mi trabajo, pues propone una de las vías de la musicalidad de la que hablábamos antes, desde la respiración. Es, por cierto, una de muchas posibles sonoridades, como una interpretación de una partitura, que puede tocarse en tiempos distintos.
Entre varios aspectos interesantes del disco, el proceso me llevó a pensar ritmos para poemas que ya lo tenían y luego, por los videos –disponibles en Youtube–, imágenes, distintas de las ya escritas. Fue como derivar en matemáticas y me llevó a pensar en otra perspectiva textos que creía terminados.
Escribí tres guiones, uno para los poemas y la música que formarían el disco, otro para los audiovisuales y hasta uno para las luces de las presentaciones en vivo. Aunque los poemas ya existían, la narración de éstos en Agua en polvo es enteramente distinta y tiene sentido que así sea.

¿Qué ocurre con tu escritura cuando traduces poesía? 

Se permea, porque sólo traduzco lo que admiro. Se ensancha, más bien, con otras formas de decir. Toma conciencia de los procedimientos y del artificio que nutren aun la poesía más transparente.

Trabajaste como editor durante ocho años en Chile. ¿Cómo influyó la lectura de textos para posibles publicaciones en tu propia escritura? ¿Ayudaba o entorpecía a la creación?

La ayudó en el rigor del borrado, pues pude desplazar al ojo propio la inevitable visión de la paja en el ojo ajeno. Creo en la edición, como creo en los talleres, casi indispensables para aprender a leer críticamente y a limpiar, pero luego de eso, creo que hay que dejar de hacer tanto caso, pues casi ninguna de las escrituras indispensables habría aguantado una pregunta por la abundancia o la pérdida del hilo, por ejemplo. En Ediciones del Temple intenté que eso no pasara, publicábamos escrituras muy diversas y a menudo inconclusas, porque también se trataba de autores jóvenes. El único entorpecimiento para la mía que veo allí, es haber priorizado de más a los contemporáneos, postergando lecturas de clásicos, con los que me sigo poniendo al día. Pero eso corre también para mis otros estudios y oficios, a los que igualmente debo un imaginario.
El conocimiento de diagramación, diseño e imprenta me sirven hasta el día de hoy para molestar a los pobres editores con mis propios libros. Pero en realidad estar al otro lado, cualquiera que éste sea, da empatía: desde que trabajé una vez de encuestador que respondo todas las encuestas, desde que fui editor que valoro y agradezco la tremenda generosidad de quienes lo son, cualesquiera sean sus defectos.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Estoy terminando las revisiones de pruebas de ambas antologías que traduje, Blanco inmóvil de Charles Bernstein y Decepciones de Philip Larkin –en colaboración con Bruno Cuneo y Cristóbal Joannon–, que presentaremos en Guayaquil, Valparaíso y Santiago, respectivamente, los primeros días de diciembre.
Primer movimiento, que reúne mis tres libros y el disco en un solo volumen, entró ayer a imprenta en Nueva York. En tanto que mañana en McNally Jackson presentaré Skyscrapers, que es el primero de ellos en ser traducido íntegramente al inglés, por Mary Ellen Stitt.
Me sacudí de lo anterior con el encierro en el que terminé una primera versión de mi novela esta semana, de la cual actualmente recibo lúcidas observaciones de mis queridos compañeros y en base a las cuales la trabajaré en el verano austral. En torno a ella, estoy leyendo más narrativa que otros géneros.
Cada vez que me canso de la novela, vuelvo a mis libretas y al conjunto de poemas inéditos, que me entusiasma ahora, entre otros motivos, por su carácter tangible y su ternura en un exceso de imágenes fijas y sensaciones ambiguas que –espero– puncen y acaricien.


Enrique Winter (Santiago de Chile, 1982) es autor de Atar las naves (premio Festival de Todas las Artes Víctor Jara), Rascacielos (beca Consejo Nacional del Libro y la Lectura), Guía de despacho (premio Concurso Nacional de Poesía y Cuento Joven) y –junto a Gonzalo Planet– Agua en polvo (premio Fondo para el Fomento de la Música Nacional), reunidos en Primer movimiento. Es, además, traductor de las antologías Blanco inmóvil de Charles Bernstein y –junto a Bruno Cuneo y Cristóbal Joannon– Decepciones de Philip Larkin. Sus poemas y videos integran un centenar de publicaciones en seis idiomas. Fue abogado y editor de Ediciones del Temple, hoy es becario del magíster en escritura creativa de la Universidad de Nueva York.

martes, 5 de noviembre de 2013

"Lo predador está en lo que me reconcilia con lo terrible" – Entrevista a Jacqueline Goldberg por Raquel Abend van Dalen


Posees una obra poética consistente y amplia. ¿Dónde comienza tu relación con la poesía?
Se inició con lecturas adolescentes muy básicas y que pudieron haberme hecho daño: Pablo Neruda y Rubén Darío. Luego en bachillerato descubrí a Vicente Gerbasi y por fortuna muy poco después a Paul Celan. A los 10 años había comenzado a escribir brevísimos cuentos que se negaban a ser poesía. Pero a partir de los 15, hace casi 32 años, definitivamente me sumergí en la poesía y de ella emigro para coquetear con otros géneros en los que, de todas maneras, la poesía nunca deja de orientar el lenguaje.

Tu poesía está principalmente formada de poemas parcos, sea en su extensión o en su tono. ¿Esto es algo que buscas o que se da naturalmente?
Es lo único que puedo hacer. Tengo algunos textos de largo aliento, de una poesía narrativa, cuentos, ensayos, reportajes. Pero como bien dices, el tono que prevalece es parco. Me interesa la frase exacta, deslastrada de proezas: sin gramática, como dijo Marguerite Duras.

Tu poesía está atravesada por una experiencia de lo corporal como un campo de batalla. Se trata de algo más bien particular en el contexto de la literatura venezolana. ¿Dónde tiene su origen?
Mi vida toda está atravesada por el cuerpo y no como pose intelectual. Comencé a temblar a los cuatro años y desde entonces no he dejado de hacerlo. Las razones científicas son pocas y no hay medicamentos que mitiguen el sismo de mis manos. Mis horas concientes desembocan en el cuerpo, en mis temblores, en aquello que el cuerpo impide u obliga. Era lógico que el tema pasara a la poesía, con los años deslizada en la conciencia de otros vericuetos como el sexo, la maternidad, la ciudad, la materialidad de la palabra a la que raras veces accedo escribiendo a mano, precisamente porque tiemblo.
La poesía venezolana, sobre todo la escrita por mujeres, ha hecho del cuerpo un código. Pero en mi caso, si bien hay influencias de la tradición con la que me corresponde dialogar, se trata de un sin remedio.

¿Cómo se vive el verbo predador?
El verbo está al asecho perennemente. A veces se encueva, otras persigue, recapitula huellas. Lo predador está en lo que me reconcilia con lo terrible y me enseña a persistir sin pudores, máscaras, resentimientos. El verbo se mantiene a raya. Tenemos un pacto de no agresión. Juntos somos predadores de vocablos sin tiempo.

Uno de tus proyectos de escritura consistió en tomar fragmentos de testimonios de supervivientes del Holocausto para ponerlos en verso. ¿Cómo fue la construcción de este mosaico de voces? ¿Cómo afectó a la tuya el tener que asimilarlas?
Hace mucho que trabajo lo que se denomina “poesía documental”. Y también hace mucho que vivo del periodismo. Las voces ajenas se me hacen cercanas y a veces propias. Me gusta el trabajo de modelarlas sin traición. Ese libro. “Nosotros los salvados” (https://www.smashwords.com/books/view/308471) salió simplemente tomando fragmentos de los testimonios del libro “Exilio a la vida”, también de mi autoría. Hallé frases bellamente terribles dentro de párrafos históricos y las fui colocando aparte, simplemente asombrada ante la manera de decir de los testimoniantes. Luego fueron tantas que exigieron ser libro. 

Cuéntame un poco sobre la novela que ganó el año pasado el Concurso Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana.
Está por entrar en imprenta en las próximas horas. Es un libro esencialmente transgenérico: es una novela en tono de verso, que parte de acontecimientos históricos y que se apoya en una exhaustiva investigación sobre la Villa Savoye, también conocida como “Las horas claras”, título al libro. Lo demás lo dirá algún lector en breve y en secreto los muchos editores que lo rechazaron por no entender las pisadas del siglo XXI.


¿Cómo se dio el proceso de escritura de Las Horas Claras, acompañada de una investigación sobre la Villa Savoye?
El libro se gestó exactamente en octubre del año 2004. Mi esposo, arquitecto, hizo la correspondiente peregrinación a la Villa Savoye. Estuvo ocho horas dibujando, tomando fotos. Recorrí la casa, me recosté en un chaise longue de Le Corbusier, leí, dormí una siesta. Y ya dando vueltas aburridas volví a una pequeña exposición donde había una carta de Madame Savoye dirigida al arquitecto en la que especificaba cómo anhelaba su casa. Y supe que allí había una historia. Apenas regresé comencé a investigar y viendo que muy poco encontraba, escribí a la Fundación Le Corbusier en París. Al día siguiente estaban en mi buzón de correo electrónico casi una docena de cartas manuscritas por la señora Savoye dirigidas a Le Corbusier. Y supe que debía escribir esa historia. Luego me tomó unos tres años la investigación sobre la casa, los personajes, la época. La escritura quizá me llevó un año, luego vendrían dos años más de corrección, pulitura, envío a editoriales, más pulitura y el Premio.

¿Por qué decidiste tomar estos hechos históricos y transformarlos en Las Horas Claras?
Por que había allí una catástrofe que me pedía hurgar en las mías.  Había una mujer misteriosa, un arquitecto célebre e imperfecto, una época compleja, París. Todos hemos deseado inventar una casa. Todos hemos padecido o tememos padecer el derrumbe de una casa. Quizá solo puedo narrar a partir de la realidad, favor o desgracia que me otorga el trabajo periodístico.

¿Cómo se dio la construcción de estos personajes?
Es cierto lo que dicen todos o casi todos los escritores: los personajes van pidiendo una voz, un rostro, una vestimenta. El escritor solo los escucha. Esta respuesta es tramposa, pero no puedo detallar lo complejo que es el proceso creativo, sobre todo porque hay personajes reales que sumergí en la ficción.

¿Qué opinas de la llamada "prosa poética"? ¿La ves como un género en si mismo o crees que toda prosa debería tener una dosis importante de poesía?
La prosa poética es una de la muchas manera de lleva la poesíaal espacio de la computadora y/o el papel. Solo eso. La novela es otra cosa, es narrativa, es una historia contada, una atmósfera. Me interesan sobre todo narradores con textos que asomen poesía, con pulcritud en el lenguaje.

¿Cómo viviste la escritura de esta historia que le da tanta importancia a la casa, al espacio propio, de creación y existencia, y que narras desde una sociedad que esta perdiendo sus lugares simbólicos?

La escritura de Las horas claras ocurrió en medio de una permanente sensación de vértigo, con punzadas en el estómago que me obligaban a detenerme, beber agua y volver. No hay metáfora alguna en la novela relacionada con el país, al menos no con el que teníamos cuando la escribí. La lectura y el momento actual ofrecen otros espejos. Es un proceso normal, los libros se leen mientras se leen y se relacionan con el tiempo narrativo a la vez que con las circunstancias que nos rodean. No está en mis manos la mirada del lector. La Villa Savoye, de alguna manera, tuvo un final feliz: se recuperó, podemos visitarla. Lo que hoy estamos viviendo en Venezuela son grietas y goteras que ahogan y quizá exigirán un derrumbe definitivo para que luego se emprenda una reconstrucción con los planos originales y propuestas adecuadas al presente por venir.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?
Una amiga sefardí muy supersticiosa me enseñó a no hablar de mis proyectos. Ella es sabia y le hago caso. Pero hay proyectos, ya es mucho decir en tan oscuros días.

Jacqueline Goldberg nació en Maracaibo, Venezuela, en 1966. Doctora en Ciencias Sociales y Licenciada en Letras. Desde comienzos de los años noventa su trabajo discurre entre la literatura y el periodismo. Es autora de una vasta obra que incluye poesía, ensayo, literatura infantil, reportaje y género testimonial. Ha laborado en diversas revistas gastronómicas y generales y ha redactado folletos, anuncios publicitarios y materiales de muy diferente orden. Ha obtenido importantes reconocimientos en varios géneros. Su trabajo poético aparece incluido y reseñado en antologías en Rumania, Corea, España, Puerto Rico, Argentina, Perú, Chile, Estados Unidos, México, Cuba y Venezuela. 

miércoles, 30 de octubre de 2013

"Tal vez todo escritor se siente extranjero en algún momento" - Entrevista a Dinapiera Di Donato por Raquel Abend van Dalen

¿Cuál fue tu primera aproximación a la poesía? ¿Cómo ocurrió?

Ocurrió al oír un poema para niños de Gabriela Mistral escrito en los años veinte, Meciendo. “Elmarsusmillares” soltaba una suerte de música que desplegó la red entre tiempos mentales y materiales, a partir de una línea de palabras cuyo sentido inmediato estaba cerrado para mí, porque a mis tres años de edad yo no había visto nunca el mar. Algo entre palabras se abrió paso y completó lo que me faltaba para disipar aquello que ahora sería de dominio psiquiátrico y que entonces llevaba el diagnóstico de asuntos bronquiales. Vivía en  una infancia violenta. Al asombro siguió un arropamiento en la masa sonora más real porque me suspendía en lo simultáneo,la experiencia de varios yoes, sin angustia. 

El poema aseguró también mensajes de cuidados, con  el poderoso mundo de las palabras. Pero no únicamente en el sentido de usarlas como calmantes. Lo hipnótico y lo encantatorio o apelativo ritual, de palabras que hablan en nombre del gran pre-saber no queda ahí. No. También habla la poesía en nombre de nadie. Lo que en principio podría definirse como materializar un contacto psicofísico con la naturaleza o vía de acceso a la vida intuitiva también te pone en una tarea interminable e invisible. Muchas veces modificada por el acercamiento a los poetas establecidos, los maestros generacionales, las figuras de influencia que cada época promueve, de tipos de poetas dementes o sabios que no decidimos a voluntad sino que van y vienen en nosotros. El poema de Mistral que me invitó de niña a la poesía quedó ahí pues ya de adulta no pude volver a leerla, sugestionada por  el prejuicio historiográfico de mi tiempo que la colocaba en el panteón de las maestritas y poetisas desautorizadas.


El mar sus millares de olas
mece, divino.
Oyendo a los mares amantes,
mezo a mi niño.
El viento errabundo en la noche
mece los trigos.
Oyendo a los vientos amantes,
mezo a mi niño.
Dios padre sus miles de mundos
mece sin ruido.
Sintiendo su mano en la sombra
mezo a mi niño.




Gran parte de tus estudios los realizaste en Paris. ¿Cómo influyó esta ciudad en tu escritura?

Vivir en Paris me permitió explorar lo extranjero de mi deseo de escritura que en mí tomaba varios registros.  Había tantas capas en mi deseo. Una tensión que ya me era particular, entre lenguas de disímiles contextos y géneros literarios que de otra manera hubiera reprimido en el intento de ganar la aceptación inmediata como autora. La escritura crítica o consciente se volvió algo que me debía primero a mí misma. Y además de llevar una doble presión de género femenino e identidad sexual cargaba con la de mi origen rural y multicultural. París no me obligaba a responder a expectativas sociales e historiográficas, que desde mi condición personal no hubiera podido vivir a fondo en mis ciudades de origen. Una escritura que des-oculta y no únicamente asienta o entretiene o refleja políticas privadas y públicas, mi periferia de París permitió que lo intentara.


Tus estudios doctorales en Nueva York, se centraron en la investigación de la representación de los estereotipos del personaje escritora. ¿Qué puedes contarme de esto?

Nuevamente, quise acercarme a la máscara escritora para comprender subterfugios y formas de manifestación de la violencia simbólica. En realidad es un tópico muy explorado en las academias del mundo entero pero que yo necesitaba abordar como parte de mis procesos personales.
Estudiar forma parte de mi pasión de lectora. Yo persistí toda la vida leyendo no solamente a escritores canónicos sino también a autoras.  En Upata leí a Irma Acosta y escuché de Teresa Coraspe. En Paris, escrituras como la de Clarice Lispector,  las de europeas y norteamericanas y otras en español, me impactaron,  como las de  Elisa Lerner, Victoria de Stefano, Nivaria Tejera, Alejandra Pizarnik, Carmen Laforet, Antonieta Madrid, Laura Antillano, Rosa Chacel,  Ana Rosa Angarita, María Luisa Lázzaro, Lourdes Manrique, Mariela Álvarez, Antonia Palacios, Marilyn Contardi  y  Lourdes Sifontes Greco. Siempre me preguntaba cómo algunas autoras se imaginaron a una mujer que escribe, ya en la reproducción como en  la ruptura del modelo de  autora y si éste modelo variaba. Quise indagar en el  proceso desdoblado en sus personajes de autoras. Tomé como escritora emblemática de partida  a Yolanda Oreamuno, para entretejer alrededor de ella  mis pensamientos.

¿Te consideras una escritora extranjera?

No realmente. Tal vez  todo escritor se siente extranjero en algún momento. Depende  de su manera de formar parte o no de una comunidad política. La extranjería geográfica, acorde con estadísticas, sería relativa a una circulación  por los espacios que frecuentan los escritores con sus lectores, en un tiempo y espacio particulares. Sonar de algo o no sonar de nada te haría más o menos extraño o ajeno a un lugar específico.
La familiaridad o extranjería personal se desprende también de las  habilidades sociales. En el decenio de los noventa, a mi regreso de París  intenté existir públicamente a través de la participación  en  concursos  literarios. Al cabo de 11 o 12 años viviendo en el país y habiendo ganado alrededor de 10 premios, se editaron tres libros que puedo llamar  “las ediciones perdidas” ya que no lograron saltar hacia los lugares donde se producían lectores y lecturas. Pero ser una escritora “ausente” no me hacía extranjera. 

También es posible que esta falta de habilidad psico-social mía me ha constreñido  a ser siempre una escritora periférica. Pero se me hizo ver que las escritoras “extranjeras” en Venezuela y en el mundo han sido legión. Muchas impusieron su pose de autora nacional, a través de estrategias periodísticas, diplomáticas o de profesoras sin que ello significara tampoco que se leyeran fuera del estrecho círculo de amistades. De allí inventamos entre amigas poetas la broma de  llamarnos escritoras de la legión extranjera, cuando nos sentimos  parte de una comunidad de escritoras invisibles (no siempre tenemos ese sentimiento), incluso olvidadas, mayores o anti-producto de moda, las escritoras de poca publicidad. Personas lúcidas me hacen ver que no necesariamente elementos psíquicos o socio-económicos y sexistas determinan  la “extranjería” de algunos autores  sino que se debe a las políticas de estado y a las privadas que lógicamente derivan de proyectos comunitarios en el campo cultural en los que intervenimos o no.


Tus poemarios tienen relatos que los sustentan y forman ciclos. ¿Esto se va dando sobre la marcha o lo planificas con anticipación?

No planifico nada. La persona poética se va haciendo entre palabras y toca identificar y organizar los libros alrededor de voces. De pronto una se aparta y da paso a otra o a otras y puede empezar otro libro o conjunto de textos. Mis libros de poemas van reuniendo  partes de mis días. Un parte suele ser un escrito ordinariamente breve, que por el correo o por otro medio cualquiera se envía a alguien para darle aviso o noticia urgente. Partes de guerra, partes médicos, informes de lecturas. Tal vez no pasan de ahí. Porciones también de los escombros que llevamos y barremos. La parte que nos toca. Fragmentos que aspiran a un orden. A fin de cuenta ordenarme yo.

Desde el primer texto de poemas editado, Libro de Rachid, donde se recogieron ecos de Ella Maillart y Annemarie Clarac-Schawarzembach, grandes viajeras y escritoras que emprendieron un viaje juntas en los años 30, de quienes supe por primera vez leyendo un relato de esa aventura, reportada por Ella Maillart en  La vía cruel. Hablaron las voces de la pasión y la camaradería de las amantes que eran además escritoras y visionarias que coinciden en un tiempo de transición, en los bordes  de épocas. Hacen el duelo de ellas mismas y de un mundo y también lo celebran a través del sexo y el amor. Yo sigo tomando notas.

Recientemente ganaste The Paz Poetry Prize con el poemario Colaterales. ¿Me puedes comentar un poco sobre este libro? ¿Será publicado en formato bilingüe?

Cuando llegué a Estados Unidos la conciencia de sordera que me abrumó impuso los gestos de La sorda. Me empeñé tanto en bajar el volumen de los ruidos que me habían invadido en mi vida en Venezuela que de pronto me quedé sin audio. Me ayudó a no desesperar el contacto con una monja sorda del siglo XV y un poema de Mary Oliver, The Journey y en general sumergirme en los estudios de literatura. Una noche, leía Los Milagros de nuestra señora, de Berceo, considerado el primer poeta en lengua castellana  y viendo una pintura renacentista donde aparecía el patrono de los traductores, Jerónimo de Estridón, escribiendo en una cueva, surgió el comentario de que en Italia en 1816 identificaron fragmentos de la obra del patriarca detrás de las páginas imperfectamente raspadas de las Institutas de un jurisconsulto romano.

El patrón de los traductores terminó sus días en una gruta cerca de Belén y Berceo el  poeta traductor también escribió sobre esas santas emparedadas en un cuarto. Pensando que  los  traductores y algunas mujeres eran así, viajaban finalmente entre lenguas y allí se quedaban quietos, el año 1816 me empezó a obsesionar. Mientras en  Italia encontraban palimpsestos, me pasaba los días como limpiando escombros. Sentía  que aquellos escolares de los seminarios buscaban entre las letras y el río de imágenes para atravesar  narraciones de una  ciudad particular que cada quien llevaba por dentro. La que de pronto surgía para mí, desde 1816 al sur, era la del  año de los decretos registrados como  La guerra a muerte por el  dominio territorial. 
Una voz decía “vengo desde mis expropiaciones”, un mendrugo y su  rabia, imitación  perezosa de  falta de patria, ese confinamiento para patriotas.  Las poblaciones se  diezmaban entre ellas, los artistas, letrados y estadistas,  alucinaban con modelos de  topógrafos y estrategas, inventariando antes de borrar la belleza de los productos regionales  que en otras zonas tórridas quebradas desaparecerían antes. En Europa, 1816 fue en un año sin verano. Suiza violentada por las escarchas de nieve de mayo  vivió saqueos y hambrunas. Turner nos dejó  una pintura con  los  inquietantes  ocasos de un  siglo que conoció cielos cenizosos y fríos,  una  atmósfera contaminada  por una erupción volcánica de Indonesia. Los artistas que  tenían sueños de opio y cadaverina,  para poner a raya la pesadilla  que flotaba en las aguas pintaban  a los abandonados  a su suerte, que se mataban enloquecidos por la sal, se entre devoraban  y daban que hablar.

Los museos guardan  aquellas visiones.  Le radeau de la Méduse de Géricault persiguió  las imaginaciones  que los poetas recomponían hasta sintetizar sueños reparadores. John Keats estudiaba entonces medicina para atajar las enfermedades pulmonares y brotaban de las plumas los aliens melancólicos. Yo perdí mi cabeza un tiempo y mi cable a tierra fueron  entonces los libros  2001-2011, La Sorda, Colaterales y Las Habladas. Mis amigos vinieron a interrumpirme, por fortuna, el presente es sobrecogedor. Porque nada ha sido como creí. Ni los confinamientos ni la esperanza ni las palabras que me han sido dadas como puñados de arena y de agua. Devuelvo todo. Tomar caminos o ciudades colaterales, pérdidas colaterales. El libro sale también en inglés.

¿En qué proyecto estás trabajando ahora?

Espero la edición de algunos libros, entre ellos uno de relatos.  

Dinapiera Di Donato es narradora y poeta venezolana (Upata, Venezuela, 1958). Cursó una licenciatura, maestría y DEA en estudios hispanoamericanos en la Université de Paris VIII (Francia). En Venezuela fue profesora agregada en laUniversidad de Oriente. Cursa estudios doctorales en el Graduate Center de Cuny y enseña español y francés en universidades de Nueva York. Ha obtenido, entre otros, el Premio de Poesía Ateneo de Guayana (1986), el Premio de Narrativa Bienal Daniel Mendoza del Ateneo de Calabozo (1989), el Premio de Narrativa X Bienal José Antonio Ramos Sucre (1990), el Premio de Narrativa Alfredo Armas Alfonzo (1994) y el Premio de Narrativa Concurso Literario Universidad de Oriente (1997). Fue colaboradora de diarios y revistas venezolanas y de la revista Correo de la Unesco. Relatos y poemas suyos han aparecido en antologías como:Timor: do poder das armas a força do amor (Portugal, 2002), Las voces de la hidra, la poesía venezolana de los años 90 (Venezuela, 2002), El hilo de la voz (Venezuela, 2003) y Aquí me tocó escribir (España, 2006), entre otras. Ha publicado Noche con nieve y amantes (Fundarte, Caracas, 1991), La sonrisa de Bernardo Atxaga (Fondo Editorial Predios, Upata, 1995) y Desventuras del ocio (Fondo Editorial del Estado Sucre, Cumaná, 1996). Además tiene varios libros inéditos.

lunes, 28 de octubre de 2013

"Siempre estuve muy interesado en la realidad, en por qué las cosas son como son" – Entrevista a Rafael Osío Cabrices por Raquel Abend van Dalen

¿Cómo comenzó tu interés por el periodismo?
Siempre estuve muy interesado en la realidad, en por qué las cosas son como son, y en cómo podrían ser mejores. Me hice lector habitual de prensa en la adolecencia. Al final del bachillerato elegí Comunicación porque sentía que abarcaba mis distintas aptitudes (las que entonces creía que yo tenía), y en medio de la carrera, con las prácticas, encontré que el periodismo de prensa era el que me interesaba, porque me servía para escribir, para aprender a escribir, y para conocer el mundo.

¿Por qué escoges la crónica como medio periodístico y literario?
Por su amplitud de recursos y formatos, y por la posibilidad que ofrece a alguien que ha leído mucha ficción pero que empezó a publicar haciendo periodismo.

En tu opinión, ¿cuáles son los límites de la crónica? ¿en dónde termina la crónica y comienza el cuento?
Los límites entre la crónica y el cuento son la proporción de ficción. Cuando lo esencial de lo que cuenta ese texto es inventado, es un cuento y no una crónica.

En tus libros siempre está presente un interés particular por lo urbano. De hecho, tu blog se llama Mejor ciudad. ¿Qué buscas en las representaciones del espacio urbano? ¿Qué te impulsa a reflexionar en torno a ellas?
El que yo vivo en una ciudad y lo mismo la mayoría de mis lectores, como desde 2006, la mayoría de los seres humanos. Es en la ciudad donde nos toca, por lo común, ser personas y relacionarnos con los otros. Es en la ciudad donde hay que estudiar cómo ocurren las cosas y si se pueden mejorar.

Tu libro Salitre en el corazón, retrata una visión de la Cuba de principios del siglo XXI. ¿Qué te llevó a escribir este proyecto?
Una asignación en El Nacional, en 2001. Me pidieron ir a la isla y hacer una serie de reportajes. Tres años después, me pidieron hacer un libro de esas crónicas. 

En una oportunidad dijiste: "Hacer periodismo en Venezuela es como escribir bajo la lluvia, es como tratar de escribir una actualidad que nunca deja de modificarse". ¿Qué buscan las crónicas recopiladas en tu último libro Apuntes bajo el aguacero?
Buscan rendir testimonio y reunir preguntas en torno a varios temas, el principal de los cuales es cómo los venezolanos hemos acusado recibo de las transformaciones del país. Cómo estos años de chavismo nos han hecho sentir, vivir, relacionarnos de manera diferente. Estoy explorando ahí los matices del cambio y los matices de la percepción del cambio. Es la historia golpeando sobre las personas comunes y sobre el espacio. Y también, en esos artículos están mis ideas sobre el país, ideas que no son en absoluto originales.

¿Has considerado llevar tu escritura a otros géneros literarios?
Lo he hecho siempre: la cosa es que no publico. Solo he publicado periodismo, entre todas las cosas que he escrito, porque es lo que me parece que tiene el nivel necesario para publicarse (y la oportunidad de que alguien lo publique y además pague por eso).

¿Por qué te gusta leer? 
He leído siempre y no me pregunto por qué lo hago. Es como respirar. ¿Por qué te gusta respirar?

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?
En varios al mismo tiempo, ninguno de los cuales tiene nada que ver con algo que haya publicado ahora. Estoy fajado buscando mi voz en otros géneros. Ojalá la encuentre.

Rafael Osío Cabrices (Caracas, 1973). Graduado en Comunicación Social en la UCAB en 1995, fue reportero de El Nacional y jefe de redacción de la revista Primicia. Ha dictado varios talleres de crónica y ha trabajado como periodista y editor freelancer desde 2005. Desde 2006 a 2014 coordinó la revista El Librero. Tuvo desde 2004 hasta 2012 una columna en la revista dominical de El Nacional, Todo en Domingo.

Además de varios libros corporativos y de haber participado como colaborador en textos colectivos, publicó en 2003Salitre en el corazón: la vida cotidiana en la Cuba del siglo XXI(Debate), en 2006 El horizonte encendido: viaje por la crisis de la democracia latinoamericana(Debate), en 2008 La vida sigue(Los Libros de El Nacional) y en 2013 Apuntes bajo el aguacero: cien crónicas empantanadas (La Hoja del Norte en versión impresa y Cognitio Books en versión ebook).