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domingo, 9 de junio de 2013

"La poesía es un placer y todo lo demás sale de ahí" - Entrevista a Alejandro Sebastiani por Raquel Abend van Dalen


Manejas varios géneros literarios simultáneamente. En tu plaquette Posdatas, manejas por igual la prosa y el verso, sin embargo, más allá de este poemario también te dedicas al ensayo, a la crítica literaria y a la escritura de diarios. ¿Cómo logras el equilibrio entre estos registros? 

No hay tanto equilibrio sino inestabilidad, un ir y venir –un jaleo– entre los registros; de pronto, hay algo con el deseo…o las manifestaciones de un mismo impulso expresivo (esto último se lo escuché a Victoria De Stefano y me fascinó). No veo –ahora– contradicción entre la prosa y el verso. Hay, sí, un sentido del ritmo, casi musical. A veces, estoy oyendo una melodía y me pregunto: ¿cómo sonará esto en palabras? Hay cosas que pueden decirse en un poema y no en un ensayo, en una entrada de diario y no en un relato. No importa la forma sino el tránsito. Pasa o no pasa. Cuaja o no. Eso sí: mi interés principal está en la poesía y trato de encontrarme con sus manifestaciones en otros lugares (no podemos reducirla al poema nada más). Algunos científicos, a su manera, son poetas. Y esto ya lo advertía Perse cuando ganó el Nobel en 1960 (“sostienen la misma interrogación sobre un mismo abismo, y únicamente difieren sus modos de investigación”). Entonces, la poesía es un placer y todo lo demás sale de ahí. Ahora bien, el interés por “ensayar” se afinó con mis estudios en Letras. Me gusta suponer que intento un tipo de ensayo, más o menos personal, a veces juguetón. Quisiera andar más cerca de la imagen y un punto lejos de lo meramente conceptual (encontrar eso que Gerbasi llamó “documento de los sentidos”). Ahí, en ese arte ensayístico –y, digamos, rapsódico– hay varias corrientes: Lezama, Gramcko, Ossott, Rojas Guardia, Borges, Zambrano, Sucre, Paz, Montejo, Armand, Sarduy, Rossi, Cadenas, Palacios, Castillo Zapata, Pitol, Silva Estrada.

¿Sientes que los géneros literarios que manejas se trasvasan entre sí?

En mí no estoy seguro. A veces pienso que sí. Pero lo pienso ahora. Es una sospecha que no exploro. En literatura, parece, y quizá en todo lo demás, hay certezas que no sirven de mucho. Trato de hacer un ejercicio de la mirada a partir de algunas afinidades, dudas, incertidumbres…y desde ahí, supongo, me acerco a la poesía. Tampoco me siento en pleno manejo –o posesión– de algo. Ahora, sobre esta pregunta, puedo decir algo más desde mi experiencia de lectura: en un momento determinado –y en buena medida gracias a Roberto Pérez León– empecé a notar que la poesía no es algo que se queda solamente en el poema. Ver cómo aborda –desborda– otros géneros me pareció un ejercicio estimulante. Pensemos en esos vasos comunicantes a partir de Gramcko, Breton, Rilke, Nabokov, Lispector, Duras, Yourcernar (aunque estas últimas no son, “formalmente”, poetas, piensan y se expresan como tales, pensemos en La pasión según G.H, Fuegos y Memorias de Adriano). Para mí, hay un libro que concentra lo que intento decir: La muerte de Virgilio, de Hermann Broch. Es la desmesura: ahí está el equilibrio y el desequilibrio, la historia y el mito, la prosa y el verso, la imagen y el concepto, la escritura toda. Por momentos olvido que debo “entender” y solo me dejo llevar. Que un escritor te lleve a ese trance es fascinante. Rompe con nuestra educación del pensar y para mí eso es digno de celebrarse.

¿Cuáles son las ventajas y peligros de la poligrafía?

El polígrafo funda un territorio y yo más bien voy en una expedición. Hay una entrega instintiva, simplemente. Y con ella, supongo, riesgos. Las imágenes me van llevando y trato de escuchar. Ahora que me lo preguntas, a veces me gusta pensarme como alguien que “traduce”: va y viene de distintos lugares y en el camino –¿hacia dónde, hacia sí mismo?– irá encontrando sonidos que alguna vez, si acaso felizmente, desembocarán en la página. ¿Que si salió prosa, verso? ¡No importa! Solo voy migrando-mirando. Desde luego, es un modo algo caprichoso de asumir la escritura. Tengo una gran urgencia caleidoscópica. A veces sin buscarlo tanto, algo en mi inclinación va tras eso. Lispector decía: “Hay que entregarse a la desorientación”.

Has publicado varios artículos y entrevistas en la prensa, revistas web y blogs. ¿Cómo combinas la labor de periodista con la de escritor?

En rigor, no hay tal combinación. De vez en cuando me solicitan colaboraciones. Por lo demás, nunca he trabajado formalmente en una sala de redacción. La única vez que hice algo parecido, hace unos diez años, fue en un semanario: La razón. Después de hacer mis pautas, tenía que esperar las correcciones. En esas horas muertas, mientras aprendía algo de ajedrez, ponía el oído a lo que hablaba Jesús Sanoja Hernández con los escritores que tenían la costumbre de reunirse allí.

Has publicado ensayos bajo seudónimos. ¿Estás construyendo un heterónimo?



A veces me atrae la heteronimia. Por ahí andan paseándose algunas voces volubles. Es un divertimento. Así empezaron los carteos entre Giacomo Scardanelli y Aleister Creeley (diario Tal Cual). Por otro lado: yo no creo, al menos para mí, en esas teorías casi brujiles de Pessoa sobre los heterónimos. Solo advierto un estado lúdico, una suerte de ebriedad: algo anda revoloteando y trato de atenderlo; quizá, como una antena, intento dar con una señal. Cuando estoy ante un texto muy reescrito, dejo de reconocerlo, le pongo otro nombre. Así, a rajatabla, la noción de propiedad en literatura me resulta algo dudosa. Un escritor, me agrada pensar, es un extraño palimpsesto, el resultado –y el encontronazo– entre muchos influjos, la metamorfosis y la antropofagia.

Tus diarios serán publicados próximamente por Bid&Co. Editor. Siendo los diarios una escritura íntima por definición, ¿por qué escoger publicarlos, especialmente tratándose de tu primer libro?

La opción de publicarlos fue muy fortuita. Apareció. Y tras pensarlo un poco, me pregunté si tenía algo que perder. Y la respuesta fue no, no tengo (es posible que en el futuro me arrepienta de esta liviandad). En todo caso, Derivas, mi diario correspondiente al año 2010, ya no era tan “privado”. Digo esto porque lo presenté como trabajo de grado. Tampoco considero una idea radical de intimidad en el diario, sobre todo si está escrito por alguien que lee.

¿Pueden los diarios no ser literatura una vez publicados?

Cada diario, en sí mismo, encarna un modelo distinto y no todos pueden leerse igual; ahora, si es o no literario, dependerá de quien lo escriba y sus búsquedas. Yo lo veo en la encrucijada de los géneros: colinda con el ensayo, la narración personal…y cierto rapto lírico, al menos en Pizarnik lo siento así. A veces es solo fragmentario, caótico. Una escritura meramente catártica, pongamos, quizá no sea muy literaria, pero seguro tiene por ahí su “venenito”, ¿no? Tampoco “debe” escribirse el diario todos los días: puede tener baches, saltos, silencios…hay una tensión con la materia.

Aparte de ir y venir en los modos de la escritura, también te dedicas al trabajo visual a través de los collages. ¿Qué relación hay entre éstos y tu quehacer literario? ¿Por qué collage y no pintura o escultura?

La pintura y escultura exigen una preparación, una disciplina y un pulso anímico que no tengo. Ambas me sobrepasan. El collage, en cambio, es con lo que puedo. Me gusta ver cómo se producen nuevas combinaciones y texturas a partir de elementos en principio disímiles. Siempre ando en una “cacería”, hay algo muy divertido en la elección de los materiales y los soportes; el momento de rasgar y pegar me lleva a territorio extraño, casi festivo. Todo lo anterior, visto así, es muy parecido al ejercicio de observación que supuestamente debe hacer un escritor. ¿No? También hay textos algunos en mis collages. Allí, supongo, hay un diálogo y un impulso (¿volvemos con De Stefano?). Después de todo, en la escritura hay algo de com-posición y juego, impresiones que van asentándose, entran en una superficie y van fugándose.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?
Un poemario y una serie de collages.


Alejandro Sebastiani Verlezza: periodista, licenciado en Letras (UCV, 2013). Textos suyos han sido publicados Prodavinci, Imagen, Ateneo, Letralia, Corriente Alterna, El Universal, La Razón, El Nacional  Tal Cual y Voces nuevas (Celarg, 2005-2006). Participó en la IV edición de la Semana de la Narrativa Urbana, así como también en las exposiciones colectivas Ciudad volátil: arquitecturas transitivas de la vanguardia caraqueña (La Caja, Centro Cultural Chacao, 2011) y Confluencias (UCV, 2012). Actualmente cursa el diplomado en Estudios Liberales de la Universidad del Valle San Francisco y se desempeña como docente en el instituto ICREA.  Posdatas es su primera plaquette editada por El pez soluble (2011).

viernes, 24 de mayo de 2013

"Soy un recolector" - Entrevista a José Delpino por Raquel Abend van Dalen


Dicen que te tomas un tiempo más bien extenso corrigiendo tus textos, es decir, que deben tener bastante historia.

Escribir, para mí, es una actividad obsesiva hasta el agotamiento. Al principio me generaba padecimientos, pero desde hace algunos años más que todo disfruto mucho la escritura, aunque deje en ella toda la energía de semanas en unas pocas horas. Escribir es para mí una actividad de exploración y combinación; y no porque escriba todos los días; vuelvo a ella cada tanto. Realmente, soy un escritor que acumula frases y percepciones, ideas y restos. Soy un recolector. Ando por ahí trabajando todo el tiempo en posibilidades no realizadas de letras; trabajando en borradores irreales, en frases potenciales. Quizás por eso me gusta tanto caminar, descubrir cosas, sintonizar. A veces me parece que un escritor en estos tiempos debe ser algo así como un receptor de radio.
Digamos entonces que mi obsesión con la escritura tiene básicamente dos caras. Una cara es constante: la cara de la recolección incansable, del escudriñamiento del presente, la historia, de la memoria; cara que depende marcadamente de la exigencia de una especie de culto profano a la necesidad y el azar. La otra cara de mi obsesión con la escritura es la de las teclas, la del impulso, la el rapto ritualizado y la combinatoria insistente. Es esa labor de construcción, pero también de extracción y proyección, la revisión de notas, de trazos, el desarrollo de tentativas, de tanteos. 

¿En qué consiste tu método de escritura poética?

Escribo cada tanto, pero cuando me siento, puedo pasar 12 horas componiendo uno o dos textos sin parar; o dos días seguidos de trabajo en varios textos. Escribir un poema me puede tomar varias horas previas de nada, de divagación, de vacío, de dilipendio del tiempo. Incluso cuando escribo de corrido, luego vienen muchas versiones de los poemas, de combinar, mover; de leer y releer una y otra vez todo en voz alta. Suelo visitar cada poema en varias ocasiones después de algunos meses o años, y repetir el trabajo incansable de retar al poema, de combinar y recombinar, para probar sus asís resistencias y sus posibilidades. Hay poemas más seguros desde el principio y otros que son más como maquetas titubeantes… exploraciones iniciales que empiezan a tomar forma sólo meses después.

¿Cuál es la historia que está detrás de Fanes? ¿Es un libro concebido de antemano como conjunto coherente o es una recopilación de poemas?

Fanes es mi primer libro y tardé 6 años en escribirlo (2003-2009). Es un libro objeto que se disgrega, que explora los movimientos disgregatorios de la palabra, la imagen y el deseo a medida que avanza en sus cantos. Se fue haciendo a sí mismo, poco a poco fue tomando forma. Yo fui parte de ello y forcejeé, pero no tuve todo el control del asunto. No es un libro concebido de antemano, es un proyecto que fui haciendo ladrillo a ladrillo, por medio de una meditación verbal cada vez menos sosegada, cada vez más violenta; “meditación” en relación al deseo, el cuerpo, la imaginación, la fragmentariedad y el azar. Desde el principio (2002-2003), hay algo que siempre tuve bastante claro, incluso cuando Fanes no se llamaba Fanes sino El mordido pecho del que mira: tenía claro que buscaba un libro ritual, letánico, que intentara crear una mitología del padecimiento, y que intentara hilvanar una paradójica “religiosidad” profana, profanadora. 
Realmente empecé a escribir poesía en serio en 1998, a los 17 años y, en ese sentido, este primer poemario, luce tardío… producto de un muy largo proceso. Pero lo cierto es que en él se manifiesta una continuidad de 11 años de exploraciones. De hecho, podría decirte sin duda que Fanes surgió de la destrucción de mis tres primeros intentos de libros: La fiebre de los ojos y otros dos con títulos impresentables que no te diré de ningún modo. Poemas destruidos como “Germen” o “Parque” sirvieron también para empujar esta idea.

¿Por qué lo titulaste Fanes?

Fanes es un nombre de la mitología que no suena ya a nada, que no recuerda nada, que se ha vaciado y queda como huella. En la portada del libro aparece como una marca que alude al deseo y que terminó siendo el título. El libro también podría llamarse Naipes, o Caída. Pero se terminó llamando Fanes y así parece un objeto esotérico falso, un objeto religioso ficticio.

¿Quiénes fueron tus referentes a la hora de escribirlo?

Mis referentes eran disímiles: Baudelaire, Huidobro, Octavio Paz, César Vallejo, T.S. Eliot, Nerval, Rimbaud, Artaud, Hanni Ossott, Juan Sánchez Peláez, Armando Rojas Guardia, Celan, Michaux, Kerényi. Poco a poco la pretensión de construir poemas desde la exploración contemporánea de alguna posibilidad de lo mítico fue convirtiéndose en la imposibilidad contemporánea del mito; en esa medida el libro se adentra, a medida que  avanza en el tiempo y en sus páginas, en la dispersión del canto, en la fragmentariedad y la combinatoria de la imagen y sus sonidos. El canto es cadáver vivo sobre el espacio de la hoja, cuerpo artificial y tentativa de mostrar la imposibilidad del mito, la ficción del mito y cualquier tentativa religiosa como salida de emergencia de la historia.

En tus textos se hace evidente un manejo de la imagen sin afán explicativo o denotativo. ¿Cuál es tu intención?

Primero está la pretensión de hacer una poesía que explore lo real en la tensión de la imagen, en la tensión de la paradoja y de lo posible. La imagen, en ese sentido no es nunca una explicación, sino más bien una “apertura”, una apuesta sobre las cosas, una gnosis profanada y tentativa. Luego, en un segundo momento está el abandono de toda posibilidad de construir una palabra auténtica, esencial o más verdadera. Las imágenes tensionan la existencia, abren puertas, pero no estoy nada seguro que se trate con ellas de develar o revelar el Ser ni nada por el estilo. Tampoco la imagen poética me parece algo absolutamente autónomo, ni tan sólo un juego o un artificio. Me parece que toda imagen poética se desangra en la contingencia de la historia y de la Historia. Mi precaria intención es pensar con imágenes y paradojas lo real, que es inaccesible de cualquier modo pero que puede atravesarse en la combinación de los desconciertos.

En tu libro, textos cortos se alternan con textos largos. ¿Siempre fueron de esas longitudes?, ¿tienes preferencia con respecto a la extensión de los poemas?

Últimamente los poemas largos y medianos me interesan más que nada en el mundo, pero no tengo preferencias definitivas. Tiendo, eso sí, a irme a los extremos. Necesito el poema muy corto y el poema muy largo para generar recorridos, para dejarle al lector esos contrastes. En el caso de Fanes, esa variedad de longitud creo que hay que entenderla en relación a la gran variedad de registros, de voces, por las cuáles uno se va deslizando, un poco hechizado por cierto tono letánico de falsa monotonía y falsa constancia. En Cercados Rotos, el próximo libro, esta variedad es radicalmente mayor.

En cuanto a las lecturas que haces cuando estás trabajando en un libro de poesía, ¿te restringes a un género en particular?

En general nunca me restrinjo. Leo fragmentariamente, discontinuamente (con fugacidad o detenimiento, depende) todo lo que me cae en las manos o en el disco duro. Y en eso hay un poco de azar, un poco de tanteo exploratorio y un poco de la contingencia de mis otros trabajos: la docencia y la investigación en la universidad. Mi interés en la mitología, en la literatura latinoamericana, en el teatro, en la música y el cine, en la sociología y la antropología de la palabra escritura, en ciencia y la tecnología contemporánea y en la teoría crítica, son motivaciones que nunca han estado divorciadas de mi poesía. Leo mucha poesía, pero también textos teóricos y ensayos.

En poemas publicados recientemente a través de medios electrónicos se nota que estás acudiendo a un cúmulo de referencias cotidianas que no están en Fanes, ¿qué estás explorando?, ¿hacia dónde estás escribiendo?

En efecto, el agrietamiento y la dispersión de mi escritura, desde 2007, está dando lugar a textos con referencias concretas, identificables, de distinta índole, y que remiten a otros espacios de lo cotidiano, de la historia, de los hábitos presentes, de nuestras perplejidades del aquí y ahora con nombre y apellido.

Esto se realiza de diversas formas en los poemas: por inserción, por montaje, por collage o recreación, por apropiación, mutación o traducción, por alteración, contaminación, y un cúmulo de técnicas que no he logrado definir, ya que son una posibilidad en apertura. Se trata un poco de hacer visible los entretelones de la producción poética, y de convertir esos entretelones y entresijos en la verdadera pulpa de la escritura, en la maquinaria de los versos.

Estoy trabajando con fuerza en ello desde 2010. Pero ya empecé a avisorar esa posibilidad en 2007. El último poema de Fanes, “XII”, de manera velada,  y algunos apuntes y versos escritos entre 2006 y 2009, son los textos que inician esa búsqueda nueva. La propuesta comenzó a tomar más clara forma en textos como “Guaire” y “Agradecidos de la nada”, escritos en 2010, entre Caracas y Madrid. Creo que mi dislocación entre las dos ciudades terminó de contribuir al proceso.

En esta dirección tengo ya dos libros de poesía en marcha, Cercados Rotos y Poemas inducidos, además de un blog de ensayos, apuntes, poemas, improvisaciones y grabaciones, Autopista Inmóvil. El blog está apenas en sus inicios, y los primeros textos tuvieron mucho que ver con los acontecimientos políticos de marzo-abril de 2013. Poemas inducidos es un proyecto secreto de poesía que tiene que ver con mi melomanía, con mi obsesión por la música y con una serie de técnicas de contaminación y alteración que estoy poniendo en práctica.

Cercados Rotos lleva más camino andado y debería salir a la calle a finales de 2014. Allí, a través de toda esta propuesta de montaje y mixtura obscena que ya te he descrito, busco quizás lanzar una mirada al presente babélico. El verso es aquí es una máquina de espeleología, una cámara combinatoria, una herramienta filosa de disección espacio-temporal; una grúa, un riel, un vehículo aéreo para hacer recorridos violentos a través del espacio y el tiempo. La idea es experimentar vías para pensar la historia presente, sin inmovilizarla, para pensar la historia en su inmanencia, en el aquí y en el ahora histórico y sus genealogías posibles; en el aquí y el ahora de Caracas, y de otras ciudades y lugares de Venezuela y el mundo. Es un intento, también, para pensar e imaginar la experiencia contemporánea y la práctica de la vida sin esencializarlas. En esa dirección, la metáfora del verso-cámara me parece decisiva y esclarecedora.

Está anécdota puede ayudar a entender el camino que transito ahora. En 2006, estuve 6 meses en un trabajo bastante intenso en ente del Estado; al mes, tenía que visitar dos ciudades distintas del interior. En esa época, entre los aeropuertos, los aviones, los autobuses, los hoteles, los taxis y una suerte de erupción simultánea de memorias de mi infancia y adolescencia, fue que empecé a maquinar Cercados Rotos. En cierta forma ese estado de movilidad sigue siendo el motor del libro.


José Delpino (Maracaibo, 1981) vive en Caracas desde 1997 y se dedica a la poesía y al ensayo. Entre sus intereses más acendrados están la poesía, el cine, la literatura, y la teoría crítica y cultural. Su primer libro, Fanes (2010), ganó el III Premio Nacional Universitario de Literatura (2009) y fue publicado por la editorial Equinoccio. Sus textos han aparecido en diversas revistas y blogs de Venezuela (Letralia, Las Malas Juntas, El Cautivo, Poesía, Arepa y El Salmón), España (Quimera y Alhucema) y Chile (Afinidades Electivas y Los Poetas del 5). Actualmente es investigador y profesor de literatura en la Universidad Simón Bolívar (Caracas) y trabaja en dos libros de poesía, que se titulan Cercados Rotos y Poemas inducidos. Con cierta frecuencia, publica ensayos, poemas y traducciones en su blog, Autopista Inmóvil.

lunes, 29 de abril de 2013

"Siento que la poesía siempre es voz y al ser voz es, al mismo tiempo, eco" - Entrevista a Camila Ríos Armas por Raquel Abend van Dalen


¿Qué cambió en ti como poeta entre Muralla intermedia y Ecos?

La concepción del libro como un cuerpo orgánico, con una estructura. Muralla intermedia, mi primer libro, lo veo como un poemario – en el sentido de recopilación de poemas. Por supuesto unidos por temáticas, pero que en su nacimiento no fueron concebidos bajo una estructura. Ecos es un libro diseñado. Esto es para mí la diferencia esencial. Claro, están otras, como la temática y el registro de voces.

¿Qué imágenes se desencadenan en tu imaginación cuando escuchas la palabra "eco"?

Cuevas, árboles y una serpentina blanca que se mueve de un lado a otro y no podemos tomar.

¿Recuerdas la primera vez que, de niña, descubriste este fenómeno acústico? ¿Lo que sentiste en ese momento, o en tal caso, lo que crees que pudiste haber sentido?

Mi recuerdo más viejo relacionado al eco es la lectura del cuento infantil El Rey Mocho. En ese cuento, al rey le falta una oreja pero nadie lo sabe y él decide contar su secreto en unos huecos hechos en la tierra de un bosque. En ese mismo bosque crecen cañas de azúcar y cuando la gente empieza a tocar las cañas de azúcar, lo que sale en forma de eco es su secreto.

Hay poemarios que requieren de una lectura en orden, ya que hay un hilo conductor, ¿dirías que esto pasa con Ecos? ¿hay una historia escrita?

Yo soy fiel creyente (y practicante) de la lectura desordenada de poesía. Ir leyendo en el orden que uno quiere. Sin embargo, sí creo que Ecos es un libro para ser leído de acuerdo a la estructura que fue escrito. Al menos leer cada parte (que yo llamé “eco”) en su totalidad. Pero siempre el lector puede leer como le provoque y darle su propio sentido. Ya eso se escapa de las manos de quien escribe. 

Siempre esperamos que el lector entienda lo que queremos decir, aunque generalmente interpreten por sí mismos algo de lo que no nos habíamos percatado. ¿Qué esperas que descubran en Ecos?

Que se descubran a ellos mismos en alguno de esos Ecos.

¿Sientes que el Eco es una imagen que te ve con curiosidad?, ¿que intenta acompañarte como un gato callado en tus escritos?

Siento que la poesía siempre es voz y al ser voz es, al mismo tiempo, eco, proyección, reverberación. Así que de alguna manera siempre hay eco alrededor, siempre hay algo que te recuerda a otra cosa, y esos entrelazados mentales, son, para mí, también ecos.

¿Crees que hay algo de la situación actual venezolana en tu poesía?

Quizás no explícitamente pero sí creo que lo hay. Creo que es imposible abstraerse de dónde se vive. Si tengo que escoger algo de la situación actual que creo hay en mi poesía, sería dolor. Dolor como motor de la escritura. También impotencia.
También hay silencio: a veces lo que sucede me abruma tanto (por no decir consume) que me anula el impulso de escribir. Pero esos momentos de silencio también los aprecio, porque se condensan muchas cosas en algún lugar de nuestra cabeza para luego salir como marea.


¿Dirías que todos los poemas tienen su propio eco? ¿eco porque tienen vida?

Todo poema tiene su propio eco porque cuando es leído – e interpretado por el lector – se convierte en otro poema: en el eco del poema inicial. Y así ad infinitum.

¿Has pensado en el Eco como lo que resuena en cada uno de los lectores después de escuchar o de leer poesía?

Mejor no puede haber sido dicho.

¿Cómo se produce el Eco en Camila?

A través de lo visual. Los sueños que recuerdo, una fotografía que me impacte, una película, incluso una escena en la calle. Un sentimiento de dolor, tristeza, molestia, angustia, decepción, felicidad. El eco se produce con todo aquello que reverbere en mí y que genere la necesidad de escribir. De ponerlo en papel. El eco también puede ser visto como aquello que uno conoce, - y escucha o siente – pero que no es posible asir. La poesía para mí es eco porque siempre, por más que lo intentemos, será inasible.