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domingo, 11 de enero de 2015

"Las personas comprometidas con la poesía están obligadas a escribir al margen" – Entrevista a Yolanda Pantin por Raquel Abend van Dalen


¿Te consideras una poeta que escribe desde los márgenes?

Escribo desde el lugar que me toca y con lo que tengo en la mano, con lo que he heredado de mi tradición literaria y al mismo tiempo, porque soy muy curiosa y me gusta viajar, buscando nutrirme de lecturas ajenas a mi tradición literaria. Las personas comprometidas con la poesía están obligadas a escribir al margen, desde los márgenes, fuera de las tentaciones del poder.

Pienso en la experiencia del grupo Tráfico y en la parte protagónica que tuviste en él y te pregunto: ¿crees posible la creación de un grupo literario venezolano en la actualidad?

Los grupos literarios son experiencias que mueven la voluntad, las pasiones, y  las creencias de la juventud. Los poetas cuando jóvenes actúan “imantados” y así se van juntando como se juntan las personas  cuando se reconocen. Quizás ahora no sea necesario juntarse físicamente y los jóvenes se encuentran en la red y un “like” les basta para continuar con sus indagaciones. Si es así, los grupos literarios serían algo del pasado.

¿La lectura y escritura de poesía te han permitido tener una visión más permeable del mundo?

No lo sé, creo que sí. Pero yo creo que esa apertura que dices la aprendí de mi padre, volcado sobre los mapas de la tierra en atlas de otras épocas cuando muchos países tenían otros nombres y otras eran las fronteras. Cuando viajo lo hago con sus ojos, tratando de identificar los accidentes geográficos de acuerdo a la ruta que lleva el avión, mirando muy atentamente por la ventanilla: ríos, lagos, montañas, islas. Es una pasión infantil y también es un tributo.

¿Por qué crees que algunos narradores desprestigian el valor de la poesía?

Porque no tienen oído para la música extraña que se desprende de la poesía y quizás eso los desconcierta. Tienen oído para escuchar y para comprender lo que traen las historias con sus personajes. Yo los entiendo porque leer poesía es tan exigente y tan difícil como escribirla, no veo diferencia entre una cosa y otra, de hecho la lectura y la escritura de poesía se confunden y se deslizan la una dentro de la otra en un préstamo continuo.

Dios tiene un puesto importante en tu obra. Dios y un escenario casi místico: ángeles, criaturas, sacrificios. ¿Qué me puedes contar de esto?

Una respuesta rápida seria que provengo de una familia católica de profunda fe pero eso no sería suficiente para explicar las misteriosas presencias alrededor. Ahora que lo pienso, si mi padre nos enseñó a ver el mundo afuera, con mi madre aprendimos a ver lo que hay adentro.

¿Qué sientes que con el pasar del tiempo no ha cambiado en la forma de examinar tu propio trabajo?

Nada ha cambiado en lo profundo. Soy una persona con una visión del mundo muy infantil. Sin embargo, mi último libro deja atrás las dicotomías radicales que tejen los niños para tranquilizarse (blanco/negro, adentro/afuera,  pueblo/ciudad, luz/sombra, bueno/malo, dios/el diablo) y se ordena de acuerdo a razones más sensibles y  menos intelectualizadas.

La memoria de la casa, de la infancia, de la escritura y el escritor e incluso del país recorre tu obra poética. ¿Qué pasa cuando no hay memoria? ¿Es la memoria consciencia?

No sé si la memoria es conciencia pero todo mi trabajo se puede leer desde el temor de  “la borradura”, la pérdida de todo aquello que conocimos, la laguna mental de la memoria. Por otra parte, leo también lo que he hecho como un “borrador”, cuando nada pretende ser definitivo, y todo queda en promesa, en apuntes de trabajo.

¿Quiénes son los fantasmas de la casa?

Mis muertos familiares que en el amontonamiento de los años son también los muertos del país. Tengo desde que era niña conciencia trágica del lugar que ocupamos, y que vivíamos  como un secreto, de allí la angustiosa pregunta que nos habían prohibido responder: ¿de dónde vienen ustedes?  Esos fantasmas me dictan sus mandatos y muchas veces escribo para sosegarlos.

La figura del otro como doble del yo está presente en tu poesía. ¿Qué buscas en esta figura?

Busco abrirme al dialogo y no quedarme hablando sola en el monologo poético. Cuando era joven y leía buscando lo que hacía falta para seguir escribiendo, encontraba en el teatro lo mismo que en la poesía, algo que todavía no sé pero que está como un grano de misterio en las conversaciones. También me desdoblo para poder escucharme con distancia y tratar de entender el mensaje que trae la poesía.

¿La poesía solamente puede expresarse en lengua materna?

Eso dicen y debe ser verdad porque es una semilla del lenguaje que quedó sembrada y a veces resuena en nosotros y se desprende con su música igual que un aluvión que baja de una montaña.

¿Crees que la migración de escritores venezolanos al exterior permitirá una internacionalización de la literatura venezolana? ¿Que quizás la situación actual de Venezuela cambiará la forma en que se vive la narrativa y la poesía venezolana dentro del país y en el exterior?

Eso no es importante, ¡eso son distracciones! Una debe quedarse quieta en su rincón y desde allí escuchar, pensar y escribir con libertad que es lo que toca.

Recordando a Ratón y Vampiro me pregunto: ¿alguna vez has pensado en escribir literatura infantil de nuevo? ¿Qué relación encuentras entre la escritura de Ratón y Vampiro, tu libro infantil, y el resto de tu obra?

Tengo muchísimas ideas por ahí, cuentos escritos o por escribir, historias que pueden encontrar o no editor en el futuro. Estoy consciente de que editar libros para niños es sumamente costoso en un mercado muy competitivo. Con respecto a la relación que hay entre Ratón y Vampiro y mi poesía, yo lo veo como algo natural: es la misma mirada infantil la que le da voz a los personajes y expone claramente las dicotomías de mi universo poético hasta disolverse como ocurre ahora.

¿Qué estás leyendo en estos momentos?

Hace tiempo que perdí la gracia de la poesía en el sentido que decía del préstamo entre la lectura y la escritura y, además, perdí la remota posibilidad de entregarme al pacto de la ficción. Por razones que no viene al caso explicar, me cuesta muchísimo leer: no encuentro el espacio, ni el tiempo mental. Fuera de la poesía y de la narrativa me quedaría el ensayo pero esas son palabras mayores... Puedo leer crónicas que es un género menos exigente, sobre todo, crónicas de viajes.

¿Es la poesía ficción?

El tiempo cuando pasa es un relato, pone toda a la distancia con mano compasiva, no borra ni adormece pero permite ver con nitidez el sentido de la vida. Hasta la muerte es diáfana cuando se comprende. Hay que tener oídos para poder escuchar ese relato que la poesía devuelve en un golpe de lenguaje y que mi madre llama “la oración silenciosa”.

¿Qué opinas del Spanglish?

No soy purista y de ninguna manera creo que la poesía es un reducto del idioma para salvarlo. No. Es algo que viene de adentro y está hecho de pedazos, como el idioma que usamos para comunicarnos en continua transformación.

¿En qué estás trabajando actualmente?


Pude escribir y terminar hace poco un libro que titulé Bellas Ficciones y que reúne un conjunto de poemas que estaban dormidos dentro del poso de lecturas, el sedimento del que sacamos cosas de vez en cuando. Los poemas estaban allí sin yo saberlo, esperando que algo los tocara. Y así fue cuando nacieron mis tres nietos el mismo año y se despertaron junto con ellos otros niños, animales domésticos, perros, gatos, caballos queridos, todo lo que es la fragilidad de la existencia leída en un cuento, “una mentira luminosa” como dice Antonio Gamoneda.


Yolanda Pantin: Nació en Caracas en 1954. Ha publicado Casa o Lobo (1981), Correo del Corazón (1985), La Canción Fría (1989), Poemas del Escritor (1989), El Cielo de París (1989), Los Bajos Sentimientos (1993), La Quietud (1998), El Hueso Pélvico (2002), Poemas Huérfanos (2002), La Épica del Padre (2002), País (2007), 21 caballos (2011).  En 2014 la editorial Pre-textos publicó País, poesía reunida  1981-2011. En 1989 recibió en Caracas el Premio Fundarte de Poesía. Fue becaria de la Fundación Rockefeller en Bellagio Study Center. En 2004 recibió la Beca Guggenheim.

Fotografía por Lisbeth Salas.

viernes, 12 de diciembre de 2014

"La reflexión es algo que tiene que existir en todas las zonas de la creación" – Entrevista a Amparo Osorio por Raquel Abend van Dalen

Desde la publicación de tu primer poemario Huracanes de sueños (1983-1984), has continuado una larga trayectoria como poeta. ¿Qué sigues buscando al escribir cada una de estas obras?

No creo que exista una respuesta formal a ese demonio de la escritura que nos acompaña y que en cierta medida nos acongoja de manera permanente. Quizá haya una oculta ceremonia, metafísica por intraducible, que nos lleva siempre a esa búsqueda de la palabra que permanece silencio.

Tienes una formación como periodista. ¿Qué rasgos de esta labor se cuelan en tu obra literaria?

Debo aclararte que toda mi formación tanto poética como  periodística y ensayística, es completamente empírica. Yo me enfrenté al periodismo casi a los 15 años cuando tuve la necesidad de mi primer empleo y de allí surgieron otras oportunidades en esa misma rama. Para entonces ya había escrito innumerables poemas desde la infancia, algunos de los cuales fueron publicados en aquel medio, -quizá por un gesto de generosidad absoluta del editor-,  así que mi obra literaria desde entonces y aún hoy, ha sido una suerte de péndulo en el que oscilan los diversos géneros de la escritura.

Siento una especial fascinación por el título de la antología La casa leída. ¿Cuál es su historia?

La casa leída es una antología elaborada a cuatro manos junto con Gonzalo Márquez Cristo, y en ese libro quisimos rendir tributo a aquellos pensadores universales que han sentido la casa y sus espacios como máximas encarnaciones de lo raizal y lo cósmico.
La casa… ¡Ah! ese simbolismo perfecto que como decimos en algún fragmento de nuestro prólogo “…es la infancia del hombre, también la propiciadora de un presente en el que ocurre la mitad de nuestra vida. Allí habita una efectiva y cotidiana forma de la esperanza, que se reviste de todo su poder para criticar a la intemperie y al esplendor temerario de la noche…”
Yo nunca tuve una casa ni viví en una casa. Pertenezco a esa generación que debió resignase a los apartamentos y sus espacios encogidos. Siempre soñé con ella, con una chimenea para disipar el frío, con un altillo para esconder los sueños, con una habitación amplia donde existieran libros del techo al piso y una cómoda silla para la lectura abrazada por una lámpara quizá como la de Aladino iluminando las letras, con un jardín lleno de flores y un patio para que también existiera la casa de mi perro, en fin… soñé tanto su cocina aromada de especias expandiendo la albahaca y la yerbabuena en cada amanecer, soñé sus ventanas para contemplar el horizonte, soñé en ella un árbol con el diario trinar de los pájaros y la real ausencia de esta imagen de magia que con el transcurrir de los años se convirtió en una de mis grandes nostalgias, hizo que eligiera a la poesía como la casa de mis palabras, a la luna como la casa de mis sueños, a la lluvia como la casa de agua que lavaba mis penas, a la ciudad como la casa mayor con sus  múltiples rostros, en fin, quizá todo esto sea mi Casa leída por esa ausencia que se sabe ausente… 

¿Qué se quiebra, qué se reconstruye en ti al leer a otros poetas?

Hay una extraña analogía en ese “quebrarse” y ese “reconstruirse”. Cuando el alma en su intento de asir las zonas más profundas de la otredad entabla un monólogo exquisito con lo que va más allá del poema, tiembla ante esas insondables preguntas que jamás tienen respuesta y es quizá allí donde un algo o un mucho de nosotros se quiebra. Sin embargo y a su vez, esa vigilia que nos procura el asombro, el hecho misterioso de entrar a la zonas vedadas donde intuimos en su llama más viva la descarnada entraña del demiurgo –esa vigilia, repito-, contiene los eslabones que nos permiten siempre y de manera definitiva reconstruirnos en el fervor de la lectura.

Además de poeta, también te desempeñas como ensayista. Normalmente el ensayo es considerado el género literario donde la reflexión tiene el mayor peso. ¿Crees que esto lo acerca o lo separa al oficio poético?

La reflexión es algo que tiene que existir en todas las zonas de la creación. Pienso, sin embargo, que es en lo poético donde debe fulgurar su mayor impronta. Mi visión -muy personal por cierto-, de cada uno de los géneros literarios, es que a ellos debe entrarse como a un rito en el que gota a gota  se desplieguen esos signos que conducen al origen de la reflexión, a lo primigenio de su etimología latina “reflectus”, y es allí precisamente donde la palabra que va o aquella que recibimos, deben contener como en un prisma, todo el peso de la certidumbre, de la interrogación, del asombro, toda la magia y la desgarradura, porque es en su vórtice donde gravita lo innombrable. Así entonces en cada línea de este oficio escritural, nada debe separarlo de ese tránsito secreto por las vibraciones del misterio de la poesía. Ella, por lo tanto, no debe ser escindida, pues es en su seno donde han nacido y se enriquecen de manera constante las purificadoras aguas del pensamiento.

Cuéntame del proyecto Común presencia Editores.

A 25 años del primer alumbramiento, Común Presencia sigue siendo un acto de profunda fe en la poesía y en los valores metafóricos que ella encarna. Nació como una Revista cultural cuya pretensión se basaba en crear espacios de difusión para las diversas manifestaciones del arte. Luego se ramificó en una pequeña editorial que ha dado albergue a los diversos géneros literarios llegando ya a 180 títulos publicados y en la actualidad, acorde con su propia naturaleza integrada por múltiples vasos comunicantes, es la precursora también del periódico virtual Con-fabulación, que cuenta con más de 100.000 seguidores en diversas latitudes del mundo, y que ininterrumpidamente acaba de arribar a su No.  355.

Tengo entendido que estás trabajando desde hace años en la escritura de una novela. ¿Por qué no te suelta este libro?

Ya lo hizo. Itinerarios de la sangre, mi única novela y que rondó en mí por más de 22 años, pertenece  a la estirpre de un viaje en el que se refleja mi camino interior, sin mapas prefijados ni pretenciones con esta o aquella estación profética. Es unaa criatura a la que le di todo mi aliento, y ahora parte quizá en busca de su propia esencia.

¿En qué otros proyectos estás trabajando ahora?

Hace tiempo me ronda un libro de largo aliento en el que vengo ya trabajando. Preferiría sin embargo y por una secreta discreción que sus detalles por ahora queden en el anonimato. De lo único que estoy segura es que no tardará ese tortuoso y temerario tiempo que me llevó la finalización de mi novela.


Amparo Osorio (Bogotá). Poeta, narradora, ensayista y periodista colombiana. Ha publicado los libros: Huracanes de sueños (1983-1984); Gota ebria (1987); Territorio de máscaras (1990); la antología La casa leída (1996); Migración de la ceniza (1998); Omar Rayo Geometría iluminada (entrevista, 2001); Antología esencial (2001); Memoria absuelta (Universidad Nacional de Colombia (Bogotá, Colombia 2004); Memoria absuelta (Lustra editores, Lima, Perú 2008); la antología Estación profética (2010), Grandes entrevistas de Común Presencia (coautora, Premio Literaturas del Bicentenario, Bogotá, 2010); Oscura música (Universidad Externado de Colombia, Bogotá, Colombia 2013) y la novela Itinerarios de la sangre (Bogotá, 2014).

miércoles, 26 de noviembre de 2014

"Poder es siempre una cuestión de armonía interna" – Entrevista a Mercedes Roffé por Raquel Abend van Dalen


En tus primeros libros abundan los poemas de largo aliento, mientras que en los últimos los poemas son más cortos, divididos en apartados y secciones. ¿Qué señala ese cambio? ¿Qué proceso lo marca?

Creo que cada poema busca su forma, su aliento, su propio ritmo. Tal vez por eso haya momentos, etapas, en que la respiración es otra. Aun así, Las linternas flotantes, que es un libro relativamente reciente, del 2009 —y que precede inmediatamente a Carcaj : vislumbres, donde predomina el poema corto, el verso escueto—, es un libro en el que prevalece el poema de largo aliento. A tal punto que no sería difícil leer todo el libro como un solo poema.
En cambio, sí, en Carcaj (2014) la poética central es otra: son poemas de una mayor concisión, de una mayor desnudez de la palabra, de líneas en su mayoría notablemente breves.

De igual manera, tus primeros libros incorporan a los poemas una serie de voces que en principio le son ajenas al texto. Además, se trata de poemas abundantes, fluidos, mientras que los últimos tienen un manejo contenido del lenguaje poético, casi minimalista. ¿Cómo se relaciona este proceso con el anterior?

Creo que la diferencia entre mis primeros libros y aquellos que, yo diría, empiezan con La ópera fantasma (2005), es que en los primeros predomina un juego intertextual, un juego que incorpora, como bien decís, voces no solo procedentes de otros textos sino también de la conversación y del habla coloquial, en tanto que a partir de cierto momento el diálogo se establece con otras cosas, no solo con las lecturas o con una cierta tradición literaria, sino con otros saberes, otras manifestaciones de la cultura —la etnología, las artes plásticas, la música, el teatro, el ritual— y, en cierto modo también, con otras culturas, otras tradiciones.


¿Qué importancia le das a la ironía en tu obra poética?

Pienso que en mi poesía la ironía viene no tanto a establecer la posibilidad de una distancia —a sugerirle al lector la saludable medida de mantener una distancia con lo que lee y con su propio posible patetismo— como a desestabilizar ciertos sistemas excesivamente establecidos de creencias, incluso dentro de la literatura o perpetuados por ella. Creo que en mi caso no se trata tanto de cierta ironía posmoderna —que a veces encuentro un poco reaccionaria en su insistente reír, como defendiéndose de antemano de lo que literalmente sostiene—, sino más bien de un recurso desestabilizador, desestabilizador en principio del lugar que se le pueda asignar a la voz poética en tanto autoridad.

En tu poesía abunda una propensión a lo abstracto, de donde las imágenes derivan su potencia. Pienso en libros como Las linternas flotantes, La ópera fantasma y Carcaj: Vislumbres. Cuéntame de esto.

Tal vez sea que en mi poesía aun los elementos concretos, cotidianos, si aparecen, están al servicio de una situación o un sentido que tenderían a lo trascendente. Por trascendente entiendo ciertas preguntas centrales sobre el ser humano, como el lugar de la ética, del bien y del mal —con todos los matices intermedios—, y de sus vicarios en la Tierra: el amor y los odios; ciertas preguntas por el origen de lo que somos y por el destino de cada almita individual, con todos sus temores, su pasión, sus juegos, sus audacias. Estos son algunos de los interrogantes más recurrentes. Es decir, que aun cuando pueda partir de preocupaciones muy inmediatas y materiales, mi tendencia parecería ser a considerar esos hechos, esas urgencias, en el marco de lo que somos en tanto seres que aún se preguntan por su razón de ser en el mundo. Ese es el estado de vulnerabilidad en el que vivimos.

¿Tocas algún instrumento musical? 

No, ninguno. Me gustaría poder tocar muchos instrumentos de viento y de percusión a la vez, como hacen algunos maestros de música antigua o de música autóctona, con instrumentos adquiridos en distintas partes del mundo y otros aun creados por ellos, no tradicionales. Iba a decirte que es precisamente lo que nunca hubiera logrado estudiando, como estudié, en el Conservatorio Municipal de Música, de Buenos Aires, donde con miedo se le preguntaba al maestro de armonía si pensaba que los Beatles eran “buenos músicos”. Y sin embargo no es así. Tal vez dependiera más de la época que del tipo de institución, porque muchos de los que hoy practican precisamente el tipo de música que a mí me gustaría poder tocar, han tenido en un principio una educación musical (clásica) bastante semejante a la mía. Solo que luego supieron darle un cauce distinto, poner esa formación al servicio de otra cosa, de un arte con otras raíces. Cantar también me gustaría mucho. Antes lo hacía, de jovencita. Y todavía lo extraño.

Memorial de agravios es un libro donde se reflexiona en torno al hecho mismo de la escritura, escrito en textos que funcionan a la vez como poemas en prosa, aforismos y una especie de ensayo fragmentado. ¿Puede un texto pertenecer a varios géneros literarios al mismo tiempo?

Poder es siempre una cuestión de armonía interna; es decir, de que el texto o la obra musical o la instalación se sostenga en sí misma, dentro de los parámetros que propone. Es decir, poder se puede todo en tanto la obra imponga por sí misma la legitimidad, la validez, la necesidad incluso, de esa forma nueva o mixta o múltiple en la que se ha creado. En la vida real, lo más frecuente es que nos encontremos con obras que, aun si acusan cierta hibridez, cierta mixtura, se enmarquen dentro de un género en función de algo muy difícil de desoír o ignorar, que es la fuerza de una dominante, de una o varias dominantes que se identifican con un determinado género más que con otros.


¿Sentiste un cambio importante en tu escritura al convertirte en extranjera? ¿En Madrid, Nueva York?

Cuando me trasladé a Madrid, en 1978, llevaba empezados todos los proyectos que iba a desarrollar allí, que eran tres: El tapiz, Canto errante y una serie que mantuve inédita hasta hace poco: Microcosmos. Todos esos proyectos ya tenían una voz, un perfil muy definido, antes de salir de Buenos Aires. Años después pensé que tal vez la tesitura de algunos de ellos, especialmente Canto errante, viniera de mi estadía en Madrid y de mi lectura allí de todo el ciclo de tragedias griegas. Pero tal vez no fuera así, y solo fuera algún dejo de la voz profética de Olga Orozco o de otros poetas argentinos cercanos a los neorrománticos.
Pero las dos situaciones que mencionás son muy distintas, no solo por la disparidad de las lenguas, sino porque en Madrid viví menos de dos años y en los Estados Unidos ya llevo casi 30.
Yo creo que en los Estados Unidos lo que influyó en mi escritura no fue tanto el sentirme o el saberme extranjera, sino otras cosas, algo como un fenómeno doble: por un lado, el acceso a ciertas lecturas a las que me parece que no me hubiese sido posible acceder desde Buenos Aires; por el otro, la posibilidad de mantener una saludable distancia con la comunidad poética (de ambas latitudes). No que las ignore o no las haya leído. No que no las haya frecuentado personalmente con todo interés y un cariño innegable —especialmente hacia la comunidad hispanoamericana. Es que en el momento de estar en mi estudio, el murmullo cesa, y lo que se oye es el más musical de los silencios. Y eso me parece vital para la poesía.

¿Por qué decidiste quedarte a vivir en Nueva York?

Es una hermosa ciudad. Y si uno empieza a bajar por el East Side hacia el sur, puede llegar caminando a Buenos Aires.

¿Qué es lo más importante para ti a la hora de traducir un texto literario?

Creo que lo decisivo para mí es tener la sensación de que les estoy acercando a los poetas y lectores hispanoamericanos algún tipo de concepción del hecho poético en el que no habían pensado. Eso en cuanto a la poesía. Con la prosa es distinto. Ha habido distintas razones para traducir textos tan disímiles como los relatos de Odilon Redon y Notas sobre el pensamiento y la visión de H.D. Pero tal vez ahora mismo, si fuera por mi propia elección, me centraría en la traducción de ensayos de poética de distintos artistas. Lo que en cierto sentido es un movimiento similar a lo que me sucede con la traducción de los poetas: intentar acercar alguna meditación sobre la propia creación que pueda resultar fecunda para mis pares, mis amigos, y otros artistas o escritores hispanoamericanos.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Tengo un nuevo libro entre manos. Va bastante adelantado, pero todavía le falta. Va a estar dividido en varias secciones, como lo estuvo La ópera fantasma, cada sección dedicada a explorar una poética básicamente distinta, desde algunas formas provenientes de las tradiciones indígenas hasta alguna incursión en el absurdo. También tengo pendiente entregarle a mi editor de Quebec un ensayo de poética. Y además de la conducción habitual de Pen Press, ahora mismo empiezo a estar a cargo de una colección de traducciones para la editorial Amargord, de Madrid, que se materializará, esperamos, en el 2015.

Mercedes Roffé. Buenos Aires – Argentina, 1954. Ha publicado en poesía: Poemas (1977), El tapiz (bajo el heterónimo Ferdinand Oziel, 1983), Cámara baja (1987), La noche y las palabras (1996), Definiciones mayas (1999, 2000), Antología poética (2000), Canto errante (2002), Memorial de agravios (2002), Milenios caen de su vuelo. Poemas 1977-2003 (2005), La ópera fantasma (2005, 2012) y Las linternas flotantes (2009); y en traducción: Bendiciones gnósticas, de Leonard Schwartz (2002),  Poemas para el juego del silencio, de Jerome Rothenberg (2004), El amor de los objetos, de Martine Audet (2008), Una historia incomprensible y otros relatos, de Odilon Redon (2010), El trabajo del sueño, de Jerome Rothenberg (2013) y Caraj: Vislumbres (2014)

Fotografía: Isabel Cadenas Cañón