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viernes, 19 de septiembre de 2014

"Lo erótico flota siempre por encima de mi obra" – Entrevista a León Felix Batista por Raquel Abend van Dalen


¿Qué lugar le das a la sátira en tu escritura?
Sátira, exactamente, no sé si haya en mi escritura, salvo en cierta atmósfera lúdica que me fascina recrear, en la que me gusta nadar. Pero me distancio de lo burlesco y de las moralinas: no son terrenos donde camino fácil. Mucha ironía y algo de parodia, seguramente sí aparecen.

¿Y a lo erótico?
Lo erótico sí que ha sido medular en mi escritura, al grado de que escribí distribuida en 3 libros lo que considero una Erótica (como quien escribe una Metafísica o una Política). Esos libros fueron “Negro eterno” (1997), “Vicio” (1999) y “Burdel nirvana” (2001), editados posteriormente en Argentina (2006) en un solo tomo bajo el título de “Prosa del que está en la esfera". Fue una etapa medular para mí, cerrada con esa publicación. Pero lo erótico flota siempre por encima de mi obra, como nata sobre el café con leche.

Cuéntame sobre tu diccionario–poemario, al cual titulaste Delirium Semen.
Ahí tienes la parodia extrema: tomar entradas de Diccionario, con sus correspondientes usos, acepciones, origen, etc., terminología exclusivamente erótica, ordenarlas alfabéticamente, pero presentar bajo el título textos densos y personalísimos, bajo un manto (o una sábana) erótico. Es un libro que me fascina, y al parecer también a mis lectores, que no se cansan de hablar de él (bueno, al fin coincidimos). Fue publicado en México por la fabulosa editorial Aldus en 2010. Allá lo presentaron Rocío Cerón y Héctor Hernández Montecinos, mientras que en Santo Domingo lo presentó Adolfo Castañón. Trae un prólogo de Hernán Bravo Varela. La edición está completamente agotada, y eso lastima. Ojalá se pudiera sacar otra edición.

Dime: bolero, balada y poesía.
El propósito de “Negro eterno” fue ese mismo: el trazado en la experiencia personal de la incidencia de las canciones populares vertida en poemas. No hay dudas de la posibilidad de recrear una línea vital de cada uno de nosotros montándola sobre las melodías y las letras que nos fueron moldeando. El nombre Negro Eterno le viene de una cápsula de tinte de pelo, negrísimo, muy de modo en mi niñez dominicana. Mi abuela se teñía las canas con esas pastillas. Lo cierto es que los desgraciados por amor descubrieron que el negro eterno era un veneno infalible, y abundaban las noticias de suicidios con canciones y negro eterno. Fue además el primer libro con el que me sentí cómodo, como que había encontrado (o estaba en vías de encontrar) mi propia voz poética.

¿Qué lecturas recuerdas que te hayan nutrido más como escritor?
A esta edad, ya he leído muchísimo (aunque sin duda siempre es menos de lo deseable). Hay autores que me han marcado por épocas, cortas o largas; pero por fortuna para nosotros los lectores el caudal de buenos escritores es inagotable. Recuerdo que he amado por épocas, y algunos para siempre, a Pessoa, a García Vega, a Beckett, a Herberto Helder, a José Kozer, a Clarice Lispector, a Paul Celan, a Lezama Lima, a René Char, a Perlongher, a Alberto Girri, a los poetas de el OULIPO, a David Huerta, a Octavio Armand, a Ashbery, a todo L=A=N=G=U=A=G=E, a Octavio Paz, a Francis Ponge, a Jorge Guillén, a Ramos Sucre, a Ekeloff, a Perec, Rilke, Cummings, Hughes, Sedar Senghor, Cesaire, Walcott, ¡uf!, no termino nunca… Y, claro, libros específicos que sería supernumerario enumerar.

¿Es verdad que escribes a mano y semidesnudo?
Pues, sí, y con tinta roja. Ya he cogido un par de neumonías por escribir sin ropa en invierno.

¿Ves como una “cárcel” el adaptarte a una tradición de poetas dominicanos?
Adaptarse no es opción ni alternativa. A veces este estado te desborda. Lo que sí es opción es tratar de romper con estéticas castrantes, limitantes o reductivas, como es el caso de la que corresponde a mi generación poética dominicana: la de los 80s, llena de camisas de fuerza retóricas. Yo sí me inscribo en una tradición poética dominicana más amplia, antigua y trascendente: aquella que va desde Vigil Díaz y Zacarías  Espinal, pasa por La Poesía Sorprendida  y Manuel del Cabral, y  llega hasta Cayo Claudio Espinal y Alexis Gómez Rosa, y desemboca en Neronessa.


¿Y a los neobarrocos (o neobarrosos)? ¿Por qué?
El caso del neobarroco es distinto: no te adhieres a él: te insertan arbitrariamente ahí, lo cual es mucho más peligroso, pero más elegante (en el sentido de que el llamado neobarroco cuenta con nombres impresionantes y por su traza internacional, luso y latinoamericana). Pero, a mí no me seducen las etiquetas de ningún tipo, aunque dejo a los críticos hacer. Me da lo mismo, me importa un bledo, me importa un pepino y me lo como en ensalada. La poesía pasa y sigue, rebasa esas limitantes. Léaseme a la luz con que a usted le dé la gana.

¿Qué buscas al desmitificar el concepto de “poeta”?
Busco acercar al poeta a nuestros tiempos. El poeta ha sido tradicionalmente el rapsoda de su atmósfera, así que sólo basta mirar en derredor de cada uno para hallar la realidad elevable hasta el poema. Nada de mesianismo ni de endiosamientos: el poeta es un hombre, la poeta una mujer, gente de carne y hueso, alguien corriente que crea objetos llamados poemas con el lenguaje. Además, una cosa es el poeta y otra cosa los poemas, éstos últimos libres de doblar el lomo o pagar impuestos, sublimes en su estar estético.

¿En qué consistió el “Atentado poético” que dirigiste en Nueva York, año 2003?
Aquello fue una tentativa de sutura de la herida, a dos años del derribo de las Torres Gemelas. Nueva York es la ciudad donde he vivido la mitad de mi vida, espacio natal de mis hijos y de mi poesía (escribí y publiqué mi primer libro viviendo en esa ciudad). El atentado poético era una acción tan simple como convocar a todo el mundo a dejar abandonado un libro en parques, paradas de buses, vagones de tren, restaurantes, etc,, para que fuese recobrado por hipotéticos lectores interesados. No imaginé en la convocatoria que mi atentado sería replicado en varias partes del mundo, siendo algo tan local, focalizado, en el dolor de una ciudad. Una iniciativa inútil, si se quiere, y hasta maniquea si a uno le apetece. Pero reactiva a un estallido vital, eso sí fue.

También te dedicas a impartir talleres. ¿Cómo afecta esto tu escritura?
Imparto talleres, pero ya no tanto, sobre todo a partir de mi vida de editor. Hace más de 10 años que estoy al frente de la Editora Nacional del Ministerio de Cultura dominicano. Ese oficio sí que es complicado para cualquier escritor. Tantas y tantas horas leyendo cosas que no te interesa leer sino por trabajo… eso es duro. Pero a la vez me gratifica bastante. Imagínate: trabajo hasta pulir un libro, llevar un manuscrito en bruto a diamante. ¿Qué más se puede pedir? Mantengo mi escritura lejos de mi oficio.

¿Qué es la EXcritura?
Excritura es lo que hago desde mi segundo libro, “Negro eterno”: escribir y excribir (es decir, borrar) mis libros, para escribirlos otra vez. Lo he hecho casi con todos, y aparecen ediciones en distintos países de los excritos que antes fueron escritos. La excritura más reciente es “El hedor de lo real en la nariz imaginaria” (Ruido Blanco, Quito), y creo que en ese libro me excedí. Está compuesto por excrituras parciales de otros 3 libros. Una locura que me excede.

¿En qué estás trabajando ahora?
Estoy enfrascado en traducciones y en varios libros propios a la vez (así escribo siempre), al menos 3. Publiqué “Música ósea” (Cascahuesos, Perú, 2014), y sin embargo he seguido escribiéndolo, no terminó con la edición.  El principal de estos libros en proceso –o al que más fe le profeso– es una especie de autobiografía poética motivada por mi llegada a los 50 años de edad, lo que ocurrirá el 30 de octubre de 2014. 
50 es una cifra digamos que redonda y singular. No creí que viviría tanto, y ahora siento que estoy empezando a vivir. Ese milagro merece al menos un libro ¿no?


León Félix Batista (Santo Domingo, República Dominicana, 1964), ha publicado los libros de poesía El Oscuro Semejante (1989), Negro Eterno (1997), Vicio (1999), Burdel Nirvana (2001, Premio Nacional de Poesía “Casa de Teatro”), Mosaico Fluido (2006, Premio Nacional de Poesía “Emilio Prud'Homme”),  Pseudolibro (2008, Premio Nacional de Poesía “Universidad Central del Este, Se borra si es leído, poesía 1989-99 (2000); Crónico –segunda edición de Vicio– (Tsé-Tsé, BsAs, 2000), Prosa del que está en la esfera (Tsé-Tsé, BsAs, 2006, Universidad Autónoma de Santo Domingo, 2007), Inflamable (La Propia, Montevideo, 2009), Delirium semen (Aldus, México, 2010),  Caducidad (Amargord, Madrid, 2011),  Sin textos no hay paradiso (Gamar Editores, Colombia, 2012) y Música ósea (Cascahuesos, Perú, 2014).
Está incluido en más de una decena de antologías de poesía publicadas en diversos países, entre ellas Zur Dos (última poesía latinoamericana, Bartleby, Madrid, 2005), Jardín de Camaleones (la poesía neobarroca en América Latina, Iluminuras, Brasil, 2005) y Cuerpo Plural (antología de la poesía hispanoamericana contemporánea, Pretextos, Valencia, 2010). En 2003 se publicó en Brasil la antología español-portugués Prosa do que está na esfera. Ha sido parcialmente traducido al inglés, sueco, alemán, italiano e indi.
Fue director de la editorial “Cantus Firmus” en Nueva York, donde vivió 18 años e hizo estudios académicos en Mercy College y Maestría por la Universidad Autónoma de Santo Domingo. 

lunes, 1 de septiembre de 2014

"Prefiero asumir una escritura desde el cuerpo" – Entrevista a Claudia Salazar Jiménez por Raquel Abend van Dalen


Tu novela "La sangre de la aurora", ganadora del Premio Las Américas 2014, comenzó siendo un breve texto para una clase de ficción con la escritora chilena Diamela Eltit. ¿Cuándo y por qué decidiste retomarlo para convertirlo en un proyecto más extenso?
Fue en el mismo momento en que presenté ese breve texto para el taller, pues la reacción casi unánime de los participantes era que ese texto era el germen de una novela. Yo también lo pensé así y decidí continuar la escritura, lo que implicó iniciar también el proceso de investigación y documentación. Desde que presenté aquel pequeño texto en el taller de ficción hasta que se convirtió en “La sangre de la aurora”, pasaron casi 6 años.

¿Cuéntame sobre esa M de Mujer que está en los nombres de las tres protagonistas: Marcela, Melanie y Modesta? ¿Quiénes son ellas?
Son tres mujeres que provienen de clases sociales y contextos muy distintos. Tres mujeres con sus propios deseos e ideas sobre el mundo, la vida y la comunidad. Me interesaba crear estos tres personajes como una expresión de la diversidad de la experiencia femenina atravesada por ese momento de violencia extrema en el Perú. Si elegí sujetos subalternos (mujeres, lesbianas, indígenas) como personajes centrales fue porque, precisamente, intentaba ver qué otra mirada se podría elaborar sobre el conflicto armado, para mostrar las fracturas aún no resueltas en la configuración de la nación peruana.

¿Cómo vives la relación entre cuerpo y política?
Es una relación que está encarnada en la vida cotidiana y trato de referirme a ella en mi escritura. Es un aspecto que está planteado de manera central en la novela: la sexualidad y el orden del deseo. Sabemos bien que las relaciones entre sexualidad y poder configuran matrices de dominación que afectan todos los ámbitos. Desde ese punto de vista, la sexualidad femenina, que es obviada, temida, odiada, desconocida o repudiada, es un lugar privilegiado para plantear otras miradas sobre la historia. Si revisamos el corpus de la literatura peruana sobre el conflicto armado peruano (y quizás la de toda nuestra tradición literaria) vemos que la mirada femenina aún necesita seguir siendo explorada,  así que hay ahí un trabajo pendiente.  
En “La sangre de la aurora”, diría que se trata de escribir el cuerpo desde el cuerpo mismo. Plantear una dicotomía cuerpo-escritura o cuerpo-discurso podría ser inoperante, así que prefiero asumir una escritura desde el cuerpo, como una postura política donde se hace necesario romper con ciertos discursos y gramáticas dominantes.

¿Cómo fue el proceso de selección de los hechos históricos que tomaste para trabajar la novela?
Para escribir “La sangre de la aurora” fue muy importante el trabajo de documentación en los archivos de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, que reúne más de 16 mil testimonios. Más que los detalles históricos, me interesaba capturar el clima de terror y violencia de aquellos años. Mi interés no era reproducir miméticamente los hechos, ese tipo de realismo no me llama la atención. Sí quería tomar las tensiones micropolíticas que subyacían a esos hechos, intentar dar cuenta de las razones por las que se llegó a esos extremos de violencia, qué había detrás de los actos de perpetradores, víctimas y del poder y, centralmente, cómo esos hechos impactaron los cuerpos de las mujeres.

¿Cómo se golpea con el lenguaje?
Para golpear con el lenguaje hay que romper la gramática, entendida no solamente como pura organización lingüística sino también como un medio de articulación de sistemas de dominación, así que ese golpe del lenguaje no habría que verlo como una medida efectista sino como una manera de incomodar al lector para hacerlo consciente de estos sistemas, de darle un espacio para que él mismo ponga de su experiencia al momento de la lectura. Que se sumerja en el texto, que ponga también el cuerpo.

Hiciste la selección y el prólogo del libro, recién publicado, “Escribir en Nueva York. Antología de narradores hispanoamericanos”. Cuéntame de este proyecto.
Es un proyecto que tenía en mente hace algunos años y pudo concretarse gracias al interés de la Editorial peruana Caja Negra. Mi idea ha sido reunir textos de ficción y no ficción de escritores hispanoamericanos que hubieran vivido al menos un año en la ciudad de Nueva York y que tuviesen un nuevo libro publicado recientemente. La antología pretende dar cuenta de la movida literaria en español que se desarrolla actualmente en la ciudad y que, me parece, se distancia de ciertos reclamos identitarios que marcaron la escritura en español de décadas anteriores.

¿Te sientes afiliada a una tradición de escritoras peruanas?
Si tuviera que afiliarme a una tradición de escritoras, trascendería los límites geográficos (aquí pienso sobre todo en Virginia Woolf, Marguerite Yourcenar, Clarice Lispector, Marguerite Duras y Elena Garro). Pero haciendo honor a tu pregunta, me siento cercana a escritoras peruanas como Mercedes Cabello, Clorinda Matto, Blanca Varela y Laura Riesco.

Qué me dices: Feminismo y literatura.

Son dos aspectos muy importantes de mi vida, entre los cuales hay mucho de complemento. Creo que los feminismos buscan la igualdad de hombres y mujeres frente a la ley y en la vida social, para lo cual es importante recuperar las experiencias femeninas. Como te comentaba en una pregunta anterior, creo que la representación de estas experiencias en nuestras literaturas es aún un trabajo pendiente. Obviamente no pienso que la literatura deba tener una orientación panfletaria en este sentido, sino que puede hablar de estas experiencias a través de una propuesta estética, de un cuidado trabajo con el lenguaje y proponiendo una intervención en los imaginarios.
También hay que recordar que ser mujer no nos hace escribir necesariamente experiencias femeninas o desde una perspectiva feminista. Yo entiendo la “mirada femenina” como la mirada del Otro, del diferente, del que no ocupa un lugar central en las estructuras de poder.

¿Qué influencia ha tenido el cine en tu escritura?
Un influencia muy importante, casi a la par de la fotografía, dado que gran parte de mi escritura se desarrolla a partir de imágenes. Incluso hay quienes que me han dicho que “La sangre de la aurora” es una novela muy visual, muy cinematográfica. Si bien mi mayor influencia artística viene de la literatura, el cine ocupa un lugar importante, de la mano de directores como:  Kubrick, Lynch, Campion, Tarantino, Kurosawa, von Trier, Potter, Buñuel, Wong Kar Wai, Kieslowski, Aronofsky, Renoir, entre muchos otros.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?
Después de la novela, he estado escribiendo varios relatos breves (cuentos y microficciones) y estoy comenzando una novela corta.

Claudia Salazar Jiménez (Lima, Perú) Es escritora, crítica literaria y gestora cultural. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Es Doctora en Literatura por la Universidad de Nueva York (NYU). Dirigió la revista literaria Fuegos de Arena. Ha fundado y dirige Perufest, el primer festival de cine peruano en Nueva York. Es catedrática en Sarah Lawrence College. Editó las antologías Escribir en Nueva York (Lima, 2014) y Voces para Lilith (Lima, 2011). Sus relatos han aparecido en diversas publicaciones electrónicas y en las antologías: Basta. 100 mujeres contra la violencia de género (Lima, 2012), Denominación de origen: Perú. Antología de cuento peruano (Bogotá, 2014) y próximamente en 201. Lado B 201. Lado B (Lima, 2014) y Al final de la batalla, de próxima aparición. La sangre de la aurora (Lima, 2013) es su primera novela y es ganadora del Premio Las Américas a la mejor novela en español publicada en 2013. Actualmente vive en Nueva York.

domingo, 10 de agosto de 2014

"Lo marginal es lo que plantea las mayores preguntas" – Entrevista a Sergio Chejfec por Raquel Abend van Dalen


Si tuviera que utilizar un adjetivo para describir tu escritura sería: lo marginado. ¿Estarías de acuerdo conmigo?

No sé si estaría de acuerdo pero es una palabra que me interesa porque la encuentro incitante. Siempre miré con curiosidad y admiración lo marginal, y lo sigo haciendo. No por una condición topológica, sino porque lo marginal es lo que plantea las mayores preguntas; es lo que siempre interroga al centro. Por otra parte, así como no me gustan los protagonistas típicos o centrales para mis relatos, tampoco me gusta pensar mis cosas como protagonistas centrales de algo. Prefiero los costados y bordes, y toda la gama de palabras asociadas a ellos, desde la noción de acoso, pasando por la idea de amenaza, de invisibilización y, por qué no, de exclusión.

¿Has comenzado a escribir un cuento que termina transformándose en novela? ¿O viceversa?

En general las historias de mis relatos toman la forma de novela o de cuento dependiendo de la extensión.  A veces decido interrumpir un relato y es así que termina siendo un “cuento”. Podría continuarlo y sería una novela. Creo que ello ocurre porque desde mi punto de vista los relatos son básicamente narraciones y, en tanto tales, son también agregaciones de momentos.

¿Escuchas música mientras escribes? ¿Qué géneros?

A veces escucho música. Cuando lo hago, es clásica o jazz. He escrito libros acompañado de grabaciones específicas. Y cada vez que vuelvo a escucharlas revivo la experiencia de esa escritura. Esa reminiscencia de la propia composición que pasa por la recuperación musical es una de las experiencias más tremendas, porque está, digamos, entre lo conceptual y lo espiritual.

¿Si tuvieras que escoger alguna de tus novelas para que fuera adaptada a un guión de cine, cuál sería? ¿Por qué?

Depende del cine del que se hable. En general, creo que mis novelas resultarían difíciles de adaptar al cine. Eso hace que, a la vez, acaso pudieran adaptarse muy fácilmente. Quiero decir, mis novelas no están sostenidas en una trama de intriga, o de episodios progresivos. Pero a la vez me gustaría mucho ver el resultado de esa experiencia, porque pienso que mis relatos, aun cuando no sean típicamente cinematográficos, están a su modo absolutamente atentos a la visualidad.

Un libro de otro autor que te hubiera gustado escribir.
Me hubiera gustado escribir El silenciero, de Antonio Di Benedetto. Pero ese deseo, el de haber querido escribir un libro que pertenece a otro, en realidad es el deseo de reescribirlo: queremos apropiarnos de ese relato y sobreescribirlo: anotarlo y dirigirlo hacia lo que fue nuestra lectura.

Un libro que te guste releer.

Me gusta releer autores, no libros en particular. La relectura te permite sortear el formato libro y hacer operaciones transversales. Digamos, cuando se relee uno puede leer fragmentariamente, intermitentemente, sin sentir que se pierde nada en particular. Incluso diría que en eso consiste la relectura: actualizar zonas de lo leído y dejar en la sombra lo leído en el pasado.



Tengo que preguntar esto: ¿cómo impactó el haber vivido en Venezuela en tu escritura?

En Venezuela escribí más de lo que escribí en otro sitio. Antes de llegar a Venezuela yo era un escritor medio larval, aproximativo; podría haber dejado la escritura. Si no la dejé, creo que se debió, en parte, a estar fuera de mi país, y en parte a estar en un país como Venezuela, tan distinto y tan parecido a la Argentina. Creo que Venezuela es un país apto para albergar Robinsones. Por una extraña combinación de circunstancias culturales, ambientales y humanas, uno puede desarrollar un proyecto individual con una minimización extrema de interferencias. O podía, no sé cómo será ahora, aunque mi impresión es que en ese aspecto las cosas no han cambiado demasiado.

Impartes talleres de escritura creativa en la New York University. ¿Esto ha cambiado tu forma de experimentar la literatura?

Algunas cosas han cambiado, otras no.

¿Tienes a alguien de confianza a quien enviarle tus textos cuando los terminas de escribir?

Por suerte sí tengo alguien en confiar mis textos. Pero no siempre estoy demasiado pendiente de sus comentarios. A veces los tomo como indicadores de que hay cosas no muy claras o bien resueltas en determinados niveles. O sea, muchas veces el comentario no me sirve tanto como mirada u opinión sino como señal de que algo está haciendo demasiado ruido. 

¿De qué manera vinculas gastronomía y literatura?
Nunca se me ocurrió vincularlas. Lo más sencillo sería hablar del goce, por ejemplo, que ambas pueden proveer; o de la idea de alimentación o metabolismo que se puede asociar a ellas, lo que es claramente muy previsible. Pero hay dos aspectos que creo más interesantes. Por un lado, la cosa social de la gastronomía o la comida específicamente: cuando se come uno está predispuesto a contar o recibir historias, aun bajo la forma de diálogos mínimos. Es una socialidad que incorpora eventualmente micronarraciones. Por otro lado la idea de la caducidad. La comida se echa a perder; más si hablamos de gastronomía, que significa comida preparada para comer. Creo que lo mismo puede decirse de la literatura: en general tiene una fecha de vencimiento que ignoramos. Pero la analogía no puede ser automática, porque hay literaturas que parecen caducas, o vencidas, y de pronto algo se despierta y se vuelven activas. En todo caso, me interesaría ese vínculo diferencial de ambas prácticas con los efectos del paso del tiempo, que en general son fatales.

Suelo empatizar inmediatamente con la mayoría de los personajes de las historias que escribes en distintos géneros (crónica, cuento, novela), creo que se debe a la nitidez con la que están descritos, compuestos por una combinación muy potente de fuerza, ternura, incomodidad, curiosidad y asombro ante su propia realidad. ¿Qué es lo más importante para ti en la construcción de un personaje?

Me gusta la noción de incompleto. Cuando los personajes son incompletos pueden llegar a parecer un poco inacabados, obviamente, y por lo tanto algo artificiales. Tengo la impresión de que cuando son artificiales, los personajes son más reales. No quiero generalizar; sólo hablo de la relación con mis personajes. Por lo demás, estamos muy acostumbrados a encontrar personajes que apelan a una identificación del lector clara y lo más rápida posible. Es cuando interviene el arquetipo y la llamada profundidad psicológica. No digo que esté mal, sólo que a mí no me sale bien; más allá del hecho de que me inclino hacia formas que busquen desestabilizar un poco lo que puede parecer natural.

¿Tienes alguno en mente que hayas querido utilizar pero que aún no tiene historia?

 Sí, tengo varias ideas. No son necesariamente ideas “argumentales”. Diría que no lo son en absoluto. Son más bien formatos, temas, climas o vagas ideas de momentos narrativos. Son también “cuesiones”. Pero así como hay autores que por cábala no adelantan el título de lo que aún no terminaron, tiendo a no mencionar mis temas. No es tanto una superstición como el temor a que si lo describo, baje mi interés, o incluso mi confianza. Algo parecido a lo que ocurre cuando contamos un chiste varias veces y notamos que pese a nuestro esfuerzo el relato pierde elocuencia.

En tu narrativa hay un espacio importante para el detalle. Si por ejemplo un personaje se está afeitando, sabremos qué temperatura y color tiene el agua, cómo se acumula el pelo que cae, qué marca es la hojilla. Me da curiosidad: ¿a veces te pones a hacer lo que narrarás a continuación o sólo es un excelente ejercicio de memoria e imaginación?

Para mí es una cuestión de imaginación. No una imaginación vinculada con la fantasía y las peripecias, sino una imaginación de tipo conceptual, si puedo decirlo así. Me gusta que las cosas o acciones sobreentendidas se vean de pronto acosadas por las interrogaciones que suscitan. Es una manera de transmitir preguntas por el estatuto de la realidad.

¿En qué proyecto de escritura estás trabajando ahora?

Estoy escribiendo más de una cosa, varias. Eso me tiene desconcertado, más bien atribulado, porque no es lo que me pasa por lo general. Antes me gustaban las narraciones abiertas. Temo que ahora también me gustan los proyectos abiertos, lo cual tiene sus riesgos.  


Sergio Chejfec nació en Buenos Aires en 1956. Narrador, poeta y ensayista. Autor de Lenta biografía (1990), Moral (1990), El aire (1992), Cinco (1996), El llamado de la especie (1997), Los planetas (1999), Boca de lobo (2000), Los incompletos (2004), Baroni: un viaje (2007), Mis dos mundos (2008), La experiencia dramática (2012), Modo Linterna (2013). Ha publicado también dos libros de poemas: Tres poemas y una merced (2002), Gallos y huesos (2003); y un libro de ensayos, El punto vacilante (2005).

viernes, 8 de agosto de 2014

"La literatura es una forma de superstición" - Entrevista a Enza García Arreaza por Raquel Abend van Dalen


A diferencia de otros narradores de tu generación, sueles darle un lugar importante al uso de imágenes y metáforas en tu prosa. ¿Por qué?

La literatura es una forma de superstición. Nada consta pero todo se cree. Es una invitación a darnos importancia mientras uno se recuerda a sí mismo que todo está perdido.

¿Has pensado en utilizar esta cualidad para la escritura de una obra poética?
No lo he pensado porque creo que no tengo un momento de meditación exhaustiva sobre qué forma o no tendrá el texto. He tratado de ser muy esquemática antes de afrontar el trabajo de composición y veo que no me ha funcionado. Tampoco es que espere recibir algún tipo de inspiración ni nada por el estilo, es que tal vez también estoy acostumbrada a esos dos extremos, el del cuento y el del poema en versos: básicamente, además, son esas las lecturas que hago. Me atengo a mis inclinaciones, aunque, sin duda, el cuento también es el lugar de los impulsos líricos y el poema el lugar de pequeñas historias universales. 

En tu escritura hay una presencia frecuente de elementos foráneos, por ejemplo: los zorros y los abedules, que al mismo tiempo contrastan con la enorme atención que le prestas a los elementos que podríamos llamar autóctonos, pertenecientes al imaginario venezolano. ¿De dónde surge este interés?
¿De dónde? ¿Será de Google, que todo lo dice y nada se guarda? Sí, bueno, me han dicho que es inapropiado que maneje referentes extranjeros, que en lugar de escribir sobre abedules escriba sobre samanes. Yo me río. Qué sé yo, todas esas cosas, zorros y matas foráneas, indios y cosacos, Mahler o Aldemaro, todo ha sido parte de mi formación humana. Y ni siquiera Google, ¿no? Bastó El Principito hace años para saber qué era un zorro o una película de Tarkovski en casa de un novio para ver por primera vez un abedul. Y conozco gente que ha visto zorros y abedules, o incluso cosas de este país que jamás he visto: la literatura es esa tercera nación imaginaria donde nos reunimos a pesar de todo. 

En algunos de tus cuentos suelen haber hechos que tienen un aire sobrenatural. Por momentos se borra el límite que separa lo cotidiano de lo fantástico, por ejemplo, en tu cuento Yggdrasil. Cuéntame sobre esto. 
Me muevo hacia una nostalgia por lo misterioso, desde cómo dos palabras cambian de sentido cuando se juntan o cómo dos o tres o miles de personas cambian de rumbo cuando se cruzan. Al menos yo vivo en erupción entre una cosa y otra, entre la perplejidad y cierto sentido lógico que no se distrae en ensoñaciones. Mi oficio se emparenta con mi amargura y con mi capacidad de ilusionarme. 

En tu escritura narrativa puede hallarse abiertamente la presencia de lo erótico. ¿Qué lugar le das como tema?
Le doy el mismo lugar que al resto de mis tópicos, el mismo lugar que a la muerte, lo fantástico, lo cínico, lo absurdo, lo real. No me veo a mí misma como una escritora de narrativa erótica. De hecho, creo que me molestaría la etiqueta. A mí me gusta lo que se desprende del sexo y cómo influye en lo demás, como su revés metafísico nos toma tiempo y asalto, pero reducir el estilo de mi obra o de mi vida misma a ello me resulta irresponsable y flojo, por no decir ladilloso. 


¿Zorros?
Una metáfora es una casa y viceversa. Yo encontré una que me conmoviera y contuviera, con mis convicciones y ambigüedades. Una vez escribí un cuento al que hasta ahora he podido ser leal.  

Has estado escribiendo poesía y pronto será publicado tu primer poemario. Cuéntame de esto.
Se llama El animal intacto. Mis poemas acompañados por mis dibujos. Es el resultado de cuatro poemarios previos que mutaron y se aniquilaron.

¿De qué manera alternas el dibujo y la literatura?
Conviven permanentemente, desde que recuerdo. Tenía diez años la primera vez que "anoté" una idea y en realidad se trataba de un garabato, seguramente un perro o un caballo que parecía perro.

¿A qué autores relees?
Pamuk, Nabokov, Saroyan. Montejo, Blake, Juarroz. Patricia Guzmán, Ida Gramcko, Katherine Mansfield. 

Caracas y Puerto la Cruz son ciudades que aparecen bajo una luz casi mítica en muchos de tus relatos. ¿Cuánto de estas ciudades es símbolo y cuándo es realidad concreta?
No lo sé, no quiero saberlo. Padecerlas ya es bastante difícil como para insistir en esas fronteras. Mito y realidad nos sirven y nos configuran según necesitemos. He allí un paisaje tragicómico y enfermo, pero mejor lo dejo de ese tamaño.

¿Cuál es la relación entre la escritura de Enza García Arreaza y la música?
La música es lo único bueno de verdad. Uno quiere creer en esas cosas y comprometerse.

Dime: Mahler
El compositor que me gusta más. Ya no necesito ponerle adornos a la idea.

¿Qué detestas?
Detesto que vivamos tan mal e infelices en este país.

¿Cómo es tu relación con el Tarot y con las prácticas de adivinación en general?
No creo que se pueda adivinar nada utilizando una serie de cartas con dibujos. Pero sí creo que las interpretaciones nos entretienen, como un chisme o una obra maestra. Uno siempre quiere que al alma le acontezcan las cosas.

¿Es la magia un género literario?
No. La magia no existe. Lo que sí existe son nuestras necesidades.



¿En qué estás trabajando ahora?

Estoy trabajando en esperar que editen El animal intacto y El genio del tiempo. Y en el libro que sigue, cuyo nombre ignoro.


Enza García Arreaza, Puerto la Cruz, 1987. En 2004 obtiene el VII Premio literario Cuento contigo de Casa de América, Madrid. En 2007 gana el V Concurso para autores inéditos de Monte Ávila Editores con el libro de cuentos Cállate poco a poco, publicado en 2008. Forma parte de la antología De la urbe para el orbe de Alfa Editorial y de la antología Zgodbe iz Venezuele (Historias de Venezuela) de Sodobnost International. En 2009 obtiene el III Premio Nacional Universitario de Literatura con el libro de cuentos El bosque de los abedules, publicado por Equinoccio. Plegarias para un zorro aparece en 2012 por bid & co.